Fotos

I've been looking so long at these pictures of you

That I almost believe that they're real

I've been living so long with my pictures of you

That I almost believe that the pictures are

all I can feel

The Cure, Pictures of you

 

Led Zeppelin II. Play.

Los días vienen siendo lo mismo sabe Dios hace cuánto. La misma mesa de madera roñosa, la cocina compartida con cucarachas y la botella de Santa Ana, indefectiblemente, con un fondo esperando ser tomado por nadie.

Mi vida.

También son las mismas las fotos desparramadas frente a mis ojos. Cientos, miles quizá, cada una cómplice de mi dolor, burlona rastrera de un pasado que nunca tuve.

El escenario es idéntico, decía, desde que tengo recuerdo. Sólo que recién a esta edad me doy cuenta.

La otra diferencia es que antes veía a las personas de las fotos.

Cuando se tienen 60 y pico… bueno, sencillamente ya no hay nada más que hacer. Es la peor edad para vivir, e incluso habría que pensar qué es vivir cuando se llega allí.

En mi caso, de todas formas, no sé si alguna vez viví. Creo que siempre observé. Observé cómo otros se enamoraban, observé cómo otros se arriesgaban, observé cómo otros peleaban, observé cómo otros reían, observé cómo otros estaban.

Otros. No yo.

¿No me creen? ¡Tengo fotos de todo!

Pero yo no vivía. Yo era más interesante, yo observaba y sentía. Mi mundo interior era mucho más valioso.

Era eso, sí. Pero también sabía que si me quedaba más quietito que el resto, nada podría pasarme.

Y, en verdad, llegué a los 63 y no me pasó nada.

 

Al superar las seis décadas de vida, uno se encuentra atrapado en un letargo sin fin. Demasiado viejo para producir. Demasiado joven para morir. ¿Y en el medio?

Una mesa, fotos y un Santa Ana.

Estás cansado, aburrido, desganado. Te empieza a doler el cuerpo, pero, más importante aún, te empieza a doler la vitalidad. Estás fuera de la partida. Y, tormentoso, paranoico, trastornado, sos visitado una y otra vez por los fantasmas. Se sientan a tu mesa, prenden un cigarrillo y te observan. Los malditos jamás hablan, y eso es lo que más te hace odiarlos.

En el fondo, quisieras ser uno de ellos.

O el que sonreía en las fotos.

 

Solía tomar imágenes de todo. Tengo mi vida retratada. Casamientos, salidas con amigos, cumpleaños familiares. Me gustaba salir en las fotos. Yo y alguien más, a veces muchos más. Pero yo estaba. Y tenía una sonrisa hermosa.

Ahora suelo observar esos retratos. En tardes como esta, en que el aire no corre, el tiempo no pasa y los milagros no existen, hundo mi cabeza en el mar de colores que tengo enfrente, intentando revivir cada uno de esos momentos. Recuperando los colores, escuchando las risas, indagando en mis viejas inquietudes. ¡Daría tanto porque la vida se hubiera detenido ahí!

Todavía suenan las músicas de aquellos años en mí, me sé todas las letras y los ritmos. Y recuerdo los nombres de los amigos de esa época. ¡Y las chicas…! ¡Tengo tantas fotos de mujeres hermosas de una vida que se me fue de los brazos aún antes de poseerla! Mujeres a las que nunca podría alcanzar, que por nada del mundo serían mías, pero para quienes yo siempre estaba. Y en las fotos, de tanto amor fraterno, hasta parecíamos parejas consolidadas.

Click.

 

Hace poco murió mi madre. Nadie está preparado para esas cosas. Nunca tuve papá, y supongo que la existencia es aquello que ocurre entre las ausencias y las pérdidas. Pero, ¡Dios mío!, cada ser significativo que nos abandona nos revela en espejo la terrible soledad de la cual nos mentimos.

La que ocultamos llenando la casa con fotos de esas personas. Sonriendo.

Estábamos desayunando y me dijo que otra vez se quedaba sin aire. Le pasaba seguido últimamente, así que le rogué que tratara de relajarse, que era nada más que otro ataque, y que de nada le servía ponerse nerviosa. Me tomó el brazo para hacerme reaccionar, nuestras miradas encontrándose sobre la misma mesa en la que ahora me lamento: “me muero”, soltó, los ojos inyectados en sangre y las venas del cuello a punto de estallarle.

Me levanté tan bruscamente que tiré la silla al suelo. Tomé a mi madre de las axilas y la llevé al patio trasero, mientras el ronquido en que se habían convertido sus vanos intentos de llevar oxígeno a los pulmones me indicaba que esta vez el paseo no iba a funcionar. Su cuerpo simplemente no quería más.

Afuera estaba apunto de llover, y más tarde me daría cuenta del poco viento que corría en esa mañana de verano. Mamá no tuvo tiempo ni siquiera para eso. Se puso rígida en un último espasmo, apretando muy fuerte su vestido verde con las dos manos. Luego, el silencio.

Me gustaría decir que hubo algo de poesía en el acto, que nos despedimos con la mirada, que ante la llegada de lo inevitable nos dijimos todo y nos perdonamos. Pero no. Sólo esto ocurrió, y de una forma tan descarnada que parecía que había un error, que no podía haber ocurrido. Desayunaba con mi madre dos minutos antes y volvería a entrara la casa en absoluta soledad.

Tomé conciencia que tenía un cadáver entre mis brazos, el cadáver esquelético de mi madre. Con todo lo que la había amado. ¿Qué se suponía que hiciera? Le di un beso y noté por la humedad de la mejilla que había llorado en el último momento…

 

Creí que estaba para grandes cosas en la vida. Tenía sueños, proyectos, ideales. Pero nunca me animé a nada.

Vuelvo sobre las fotos e intento pensar en dónde me perdí. ¡Era un chico tan feliz! Hasta era lindo, a mi manera. Y vivía en el mundo de colores que sólo se pinta en la juventud. Luego, los años destiñen ese mundo, como las fotos comienzan a hacerse borrosas.

Sonreía mucho, como decía antes, en cada foto. ¿Para quién sonríe uno al posar? No lo sé en los demás casos; yo lo hacía para gustar.

Sólo agradezco que ya no quede nadie para retratar esta escena…

© Juan Martín Serantes Peña

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