Un truco con él

Después de terminar el último vaso de vino, que sostenía estoicamente la última mano de un somnoliento partido de truco, Coretto repartió en su coche a sus amigos. Luego de dejar al último, dobló por Avenida Roca transitando los últimos trescientos metros hacia su casa. La lluvia era persistente. Gotas gruesas y continuas no alcanzaban a ser barridas por los cepillos del limpiaparabrisas. Una cuadra antes de su casa aceleró a fondo para alcanzar a cruzar el semáforo en amarillo, pero el camión recolector de basura se anticipó al verde. El impacto fue brutal.

 

Una barra al fondo, poca luz, música tenue. Local absolutamente vacío. De pronto alguien salió de alguna puerta y sonándose con un pañuelo blanco y arrugado la nariz lo saludó con una levantada de cejas. "Ya vengo", dijo. Se dirigió hacia la barra y tomando una botella de vino tinto sin etiqueta volvió. Se sentó a una mesa que pareciera haber estado aguardando a dos personas. Dando vuelta los vasos que allí estaban sirvió para los dos e invitó a Coretto a tomar asiento.

Su pantalón, remera y alpargatas, eran de color blanco, igual que el marco sus lentes y el sombrero. Metió la mano a lo profundo de su bolsillo y sacó un mazo de cartas.

—Bien Coretto, ¿quiere ser mano? —dijo mientras con la afilada y larga uña del dedo meñique de la mano derecha se hurgaba un cornete de la nariz.

—Estoy bastante en curda, ¿no? —fue lo único que le salió a Coretto.

—Mire, en curda o no, igual va a tener que jugar, ¿y sabe qué?, yo tengo un cansancio tremendo, no se imagina de cuánto tiempo, y no estoy para chacota. Corresponde que le  pregunte  y  le pregunto: ¿quiere ser  mano? —habló molesto el hombre de blanco.

Coretto sonrió y miró a su alrededor, no alcanzaba a comprender cuál era la treta. No quiso preguntar dónde estaba para no mostrar una guardia baja. Trató de pensar rápido, pero no cayó en la cuenta de nada. El hombre lo miraba fijo, esperando una respuesta. Coretto miró la hora. Su reloj estaba parado marcando las siete y diez. "¿Qué hora es?", preguntó.

—¡¿Para qué  lo quiere saber?! —dijo el hombre y se cruzó de brazos en forma burlona. Silencio. Luego comenzó a tamborilear los dedos en la mesa en forma impaciente.

—Bueno viejo, —dijo Coretto, enojado— dejate de joder y decime cuál es la broma. Ya está, muy divertido, ¡¿qué viene ahora?!

—Que me diga si quiere ser mano, o no.

—¡A vos... te mandaron lo muchachos...! Eso... te mandó González y el turco Amed! — rió Coretto más tranquilo.

—Qué González ni nada, ¿usted es o se hace? —se ofuscó el hombre de blanco y de un sombrerazo espantó un par de moscas que estaban a punto de posarse sobre el pico de la botella.

—Tengo sueño, viejito. Mi reloj está parado pero debe ser re tarde y entro al laburo muy temprano. Cortala con la jodita y decime de qué se trata, que esto no tiene nada de divertido.

—Sí, si, vamos a hacerla cortita... ¡en fin!... Cierre los ojos y deme la mano —dijo el hombre.

—¿Para qué?

Coretto sintió el apretón de mano y cerró los ojos involuntariamente. De pronto sintió una sensación de vacío, como si flotara. Cuando los abrió estaba en el aire. Desde arriba pudo ver, bajo la lluvia torrencial, su coche destrozado contra un camión de basura y su cuerpo a un costado. La gente se arracimaba para ver el accidente. Policías y médicos con capotas y paraguas lo rodeaban. Subieron la camilla a una ambulancia y una gota de agua le hizo cerrar los ojos nuevamente. Volvió a sentir la mano del hombre apretando fuertemente la suya. Al abrirlos otra vez estaba en la mesa de ese lugar con el hombre de blanco frente a él, quien con vino le salpicaba los ojos.

Se quedó en silencio un momento y al fin dijo: "No entiendo nada, ¿es un truco?"

—No Coretto, al truco lo vamos a empezar cuando usted me diga si quiere ser mano o no. ¿Me puede contestar por favor?, son reglas del protocolo.

Coretto no intuía lo que pasaba pero decidió seguir adelante con la supuesta broma para ver dónde desembocaba todo.

—No, no quiero ser mano.

—¡Bravo, por fin!, buena elección. ¿Con o sin? —volvió a preguntar el hombre.

—¿Flor?, elija usted.

—Protocolo Coretto.

—Ah, cierto —rió cómplice— con, entonces.

El hombre aprobó con un gesto y comenzó a mezclar las cartas. Coretto estaba impaciente. El hombre lo notó y mirándolo a los ojos dijo: "Tranquilo amigo, téngase confianza. Usted es bueno en la timba, ¿o no?"

Coretto asintió lento con la cabeza y resignado tomó un  trago de vino. Le pareció delicioso. De pronto pasaron por su mente las imágenes que acababa de ver. Su auto destrozado y su cuerpo bañado en sangre. Se puso nervioso y comenzó a transpirar mientras pensaba: "¿Estaré muerto?... No, ¡que voy a estar muerto...! Esto es un sueño... ¿Pero cómo voy a estar pensando dentro de un sueño si esto es un sueño? Un truco, de magia puede ser. El turco Amed es muy pesado con la magia, eso debe ser. Me hizo una joda... Me hipnotizó, capaz. Si es eso debo reconocer que es bastante bueno el truco, sí, buenísimo. Vamos a ver qué sigue..."

Una vez dadas las cartas el hombre de blanco comenzó a orejearlas. Coretto hizo lo propio. El hombre lo miró fijo y levantando las cejas dijo: "¡¿Bueno?!"

—Bueno, ¿qué? —preguntó Coretto—, si usted es mano.

—Pero ¿quién lo trajo?, ¿cómo se llama su vínculo?

Aquel hombre preguntaba con tanta seriedad que hubiera jurado que todo aquello era verdad. Coretto no supo qué decir. Al fin se decidió, y siguiendo la supuesta broma dijo: “Vine solo”.

—¡¿Solo?!

—Bueno, cuando acordé ya estaba aquí.

—¿Así que usted es uno de esos...? ¡¿Qué tal?!

—¿Qué tal, qué?

—Agnóstico el hombre. Nada de nada, ¿no?

—Y... no, nada.

—Por eso dudó tanto con el juego... —dijo burlón el hombre de blanco.

—¿Usted dice que necesito alguien al lado para jugar mejor?

—Vamos a ver. —dijo el hombre y quedó esperando.

—¿Y ahora qué?, ¿espera algo? —preguntó impaciente Coretto.

—Perdone, cierto que vino solo —comenzó a decir el hombre— lo que pasa es que hay ciertas reglas de protocolo que hay que respetar. Una de ellas dice que el recién llegado tiene derecho a elegir si quiere ser mano o no; si quiere con flor, o no. Otra importante es que si elige no ser mano debe apostar, y antes de la primera mano, lo que desee.

—¿Así que tengo que apostar algo..., y ahora? —dijo Coretto.

—Así es.

—Pero ¿qué?, ¿cualquier cosa?

—Y piense bien, todo se cumple, vio.

Coretto pensó que aquella broma debería tener un límite, por eso decidió apostar algo imposible.

—Apuesto mi voz.

—¡Epa!, bien, bien. —Dijo el hombre de blanco y mirándolo fijamente a los ojos cantó envido y tiró un tres de copas.

Coretto tenía treinta para cantar, pero no quiso hacerlo y lo rechazó. Tirando otro tres dijo: "¡truco!"

—Mire que va parda, ¿eh? —dijo el hombre sonriendo e intentando la reflexión de su oponente.

—¿Quiere, o no?! —se envalentonó Coretto.

—Quiero. —Dijo el hombre y puso el ancho de basto.

Coretto, que no tenía más que un cuatro y un siete falso, trató de decirle al adversario que lo había derrotado, pero no pudo. No logró articular palabra. Sintió como un fuego interior. Pensó: "Esto se pasa de un truco. Aunque en estado de hipnosis, a lo mejor... Sí, eso, uno no domina su mente, creo, por eso te hacen hacer cualquier pavada en los circos... Claro."

—Lo siento amigo, pero esa fue su apuesta, — dijo el hombre en un tono sobrador — y siguiendo con el protocolo, al perder la primera mano solo tiene opción a una apuesta más... Claro que si hubiera ganado...

Coretto hizo señas con las manos preguntando "¿qué?"

—No, si hubiera ganado le tendría que mostrar el protocolo escrito, así sabría a qué atenerse, —volvió a hablar el hombre— pero perdió. Suele pasar. Ahora deber hacer su segunda apuesta. Piense bien, mire que soy bastante bueno en las cartas. En el bolsillo de su camisa tiene un lápiz, escriba.

Sorprendido Coretto escribió en una servilleta: "¿Tengo que apostar, o puedo hacer un pedido?"

—Los pedidos vienen después. Usted debe ganarme dos manos para eso, pero ya perdió una. A menos que me gane esta y vayamos a una revancha... por ahí, si me gana, tal vez...

Coretto, gran jugador de esos que, en condiciones normales, no toleran la derrota, a pesar de estar siguiendo lo que suponía ser una broma decidió apostar lo que seguramente no podría cumplir su contrincante. “Quiero su cabeza", escribió en la servilleta y se la dio al hombre de blanco. No puedo negarme, —dijo el hombre— por protocolo. Y mezclando las cartas las dio.

Coretto comenzó a orejear y con gran satisfacción comprobó, por las rallitas de la parte superior de los naipes, que tenía flor de espada.

—Su turno —dijo el hombre.

Coretto tomó el lápiz y escribió: "flor".

—Muy bien... —contestó el hombre de blanco entendiendo— ahora juegue.

Coretto mostró la flor y se fue al mazo.

—¡Vil jugada! —dijo el hombre— ¡Había sido bastante cobardón el amigo!... No se animó a seguir, ¿eh?... y yo cagué.

Coretto hizo señas con hombros y rostro. Había ganado. El hombre se sacó el sombrero, lo puso en la mesa con la copa hacia abajo y tomando su cabeza con las dos manos la retiró de sus hombros y allí la colocó diciendo: "Protocolo, qué vamos a hacer."

Coretto, con gran estupefacción y horror mezcla con sorpresa, vio aquello que sucedía ante sus ojos y con manos temblorosas recibió el mazo de cartas que le extendía el hombre. Con desasosiego pensó: "¡Esto ya se pasa de todos los límites posibles!... Entonces debe ser cierto, debo estar muerto, y..."

—Bueno, no piense tanto amigo, —dijo la cabeza— ahora debemos jugar la revancha. Usted es muy bicho, ya me di cuenta. Pensó en algo muy difícil, pero el protocolo es así, todo debe cumplirse... Mire que he tenido contrincantes, ¿eh?, pero como usted ninguno... ¡Mire que pedirme la cabeza...! Bueno, ya está, ahora escriba la última apuesta. Ojito, ¿eh?, que es la última. Si me gana, le muestro el protocolo y usted tiene oportunidad de hacer pedidos. Ya lo va a ver..., si me gana.

Coretto, ensimismado, mezcló las cartas y las dio. La cabeza dijo: "¡¿Y qué va a apostar?!"

Tomando el lápiz y la servilleta Coretto escribió: "Mi muerte total", y se la puso adelante de los ojos a la cabeza.

—¡¿Qué es eso de muerte total?!

"Quiero morir del todo, no esta jugarreta", escribió Coretto.

—Pero usted no entiende, —dijo la cabeza— ¿no se da cuenta que es un privilegiado? Usted está en camino, y el que maneja no es otro que usted mismo. ¿No escuchó esa frase "artífice de su propio destino?", bueno, aquí encaja perfectamente... Si hace las cosas bien... pero ¡¿qué estoy diciendo?!... si al final...

"Al final, ¿qué?", escribió Coretto.

—Bueno, y diga que me cae bien, por lo astuto, si no... Bueno, en una de esas le dan otra oportunidad... ¿Pero qué digo?, dele, vamos, ¡dele!

Coretto empezó a dudar de todo. Aunque le interesó lo de la otra oportunidad en realidad no sabía qué apostar. Luego de pensar un buen rato, escribió: "Apuesto el protocolo".

Sea más específico, —dijo la cabeza— ¿qué del protocolo? "Verlo", escribió Coretto, a lo que la cabeza contestó: —¿Y qué va a ganar?

"Para ver cuáles son mis opciones", volvió a escribir.  —Atienda, —dijo sonriendo la cabeza—si pierde ya no tiene opción a nada, ¿eh?, bueno, está bien, deme que entrevero.

 Luego de mezclar las cartas el hombre las dió y cada uno comenzó a orejear las suyas. El hombre era mano. Cantó: "envido".

"Quiero", escribió Coretto.

—¡Veintinueve! —cantó la cabeza.

"Treinta, y truco", escribió Coretto.

—¡Quiero re truco! —dijo inmediatamente la cabeza.

"Quiero vale cuatro", escribió Coretto.

—Usted es un atolondrado, — dijo el hombre— si se hubiera ido al mazo con el envido, como hizo con la flor, me hubiera ganado. Ahora va a tener que demostrar qué tan bueno es en realidad.

El hombre jugó un tres de copa, Coretto un doce de oro. El hombre un dos de oro, Coretto un tres de espada.

—Muy bien, y vamos la última nomás, ¡carajo! —gritó gravemente ofuscada la cabeza.

Coretto puso el siete de espadas mientras el hombre rompía su siete de oro en añicos y lo arrojaba hacia arriba. Los pedazos multiplicados no dejaban de caer. Era un torrente de pequeños trozos de cartas que caían y caían impidiendo casi la visión. Coretto comenzó entrecerrar los ojos mientras movía los brazos como espantando la infinidad de cartoncitos que llovían a su alrededor. De pronto sintió a sus espaldas una bocina muy potente que lo hizo mirar hacia atrás. Un hombre desde otro vehículo le hacía señas para que avanzara. Llovía con gruesas gotas continuas. El semáforo estaba en verde. Coretto vio cómo el camión recolector de basura se alejaba por la calle perpendicular a la suya. Miró el espejo retrovisor y poniendo primera avanzó una cuadra más hasta su casa. Entró el coche al garaje, llegó a su cuarto, y sin desvestirse se tiró en la cama. Eran las siete y cuarto de la mañana.

© Sergio Abdala

Sergio Abdala en Revista Axolotl #15

Cuento: "Estilo Furlán"