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Al fin juntos Laureano aún no había llegado al pueblo
cuando escuchó el repique del campanario. Iba acompañado por su fiel perro
lobo, Pebo. Laureano se ayudaba con el bastón, y en la otra mano llevaba la
bolsa de plástico con las setas encontradas. El ambiente del día había sido
propicio, con las nieblas matutinas y el gris de un cielo encapotado y
amenazador. Las campanas seguían marcando el ritmo.
Era extraño porque, a pesar de que había visto pasar muchos curas por
Cercedilla en sus sesenta y siete años de vida, sabía de sobra que ahora no
había ninguno gastando sacristía en el pueblo. Por no haber no había ni
feligreses, pues sólo quedaba él, y a decir de verdad, nunca había sido muy
creyente. Mientras seguía escuchando el eco de los
badajos golpeando contra el bronce, caminó resuelto a llegar cuanto antes a
la iglesia, cuya torre fue lo primero que vio al empezar a descender el
cerro. Recordó su despedida con el padre Francisco. —Laureano, piénsalo hombre. Aquí ya no
queda nadie. Vete a la ciudad y gasta tus ahorros en compañía de otros como
tú —le había dicho el sacerdote—. Hay buenas residencias, y yo podría
interceder por ti en algunas de ellas. Laureano le había abierto la puerta del
viejo Skoda familiar. —Se lo agradezco, don Francisco. Pero he
nacido en Cercedilla, y en Cercedilla he de morir. —Está bien. Como quieras. Que tengas
mucha suerte. Esas fueron las últimas palabras que oyó
de un ser humano. De eso hacía ya cinco largos años. El pueblo ya estaba degradado por aquel
entonces, pero cinco años eran suficientes para hacer aún más estragos en sus
piedras descuidadas. Algunos tejados se habían hundido en la casas, sus
paredes estaban verdes de humedad, y la maleza se había adueñado de sus
calles. Apenas quedaban en pie algunas viviendas, el ayuntamiento, la casa de
Laureano —que reparaba diligentemente casi a diario— y la iglesia, que seguía
entonando los repiques con ecos fantasmagóricos difuminándose entre la espesa
niebla. Al llegar a la plaza, pisoteando los
yerbajos, que habían crecido mucho desde la última vez que pasó por allí, vio
la fuente desde la que ya no salía agua. Estaba escoltada por enormes cardos
verdes que estarían resecos cuando llegara el verano. La iglesia estaba justo
delante, y las baldosas de la acera estaban resquebrajadas delante del enorme
portón de madera, que vibraba con los campanazos. Pebo hizo un gañido lloroso
y se plantó bajo una talla de la puerta, sobre sus cuartos traseros. —No te preocupes, viejo amigo —le dijo
al perro—. No te haré entrar ahí si no quieres, pero yo debo hacerlo. Como si el animal le hubiera entendido,
se recostó con las patas delanteras debajo de su hocico, mirando a su dueño
con tristeza; a la manera de los perros. Laureano empujó la puerta con la punta
del bastón. La penumbra del interior y el olor a madera vieja y húmeda de los
bancos, largo tiempo descuidados, le devolvió el eco del chirrido de unos
goznes desengrasados. Un viento frío le rozó la cara levantando sus canas
despeinadas. Dio un paso introduciéndose en unas tinieblas desgarradas por la
poca luz que los altos ventanales dejaban pasar. Finos hilos blancos, llenos
de minúsculas motas de polvo, se estrellaban en las columnas de piedra desde
los vidrios de colores que coronaban lo más alto de las paredes laterales. El
sonido de las campanas se esfumó con un último eco que resonó en el ambiente
interior. El anciano miró hacia el techo
descascarillado y la cúpula, imitación de un Miguel Ángel llena de ángeles
pálidos y desplumados, le devolvió la tristeza del paso del tiempo. No se
atrevió a cruzar el pasillo central, que estaba presidido por un Cristo de
madera que amenazaba con desprenderse de una cruz plagada de termitas. Inició un paseo por el lateral,
atemorizado por santos que parecían mirarle sobre candelabros interminables
de velas a medio consumir. Sus pies le guiaron despacio hasta la puerta de la
sacristía, que permanecía abierta y a punto de salirse de sus goznes. Entonces los vio; por el rabillo del
ojo. Los bancos estaban llenos de gente que le miraba. Reconoció a algunos de
ellos –antiguos compañeros de colegio, viejos vecinos, familiares...–, y los
demás llegaron poco a poco desde sus recuerdos. Su mujer, Aurora, que había
fallecido de un cáncer de colon hacía casi quince años, se dirigió a él: —Laureano, querido, ¿cuándo vas a
comprender? Hace mucho que deberías haberte unido a nosotros. El anciano comenzó a llorar, sin saber
muy bien si era de miedo o de tristeza. —No sois reales… —murmuró—, no podéis
estar aquí. ¡Estáis muertos! —Somos tan reales como tú mismo, cariño
—le contestó ella con dulzura. Laureano podía ver el resto de la gente
a través de ella, pero no sintió caer las lágrimas que abrasaban sus ojos y
su corazón. —Debes comprender, Laureano —dijo don
Sebastián, el párroco que le dio la primera comunión, y que también había
fallecido cuando él aún era joven—. Estamos encadenados, aquí, esperándote. Tienes
que desprenderte de tu envoltorio mortal. Hasta Pebo se ha dado cuenta, y
pugna como tú para mantener su carne putrefacta; sólo por hacerte compañía.
Libérate... —¡No! No sois reales —gimió Laureano,
cayendo arrodillado, llevándose las manos a la cara—. ¡No estoy muerto! Aún
no... Los espectros le fueron rodeando poco a
poco, sin llegar a tocarle. El fantasma de Aurora se arrodilló junto a él. —Es la hora, cariño. No sabes cuánto
ansío abrazarte de nuevo —el anciano se fijó en que su mujer muerta mantenía
la belleza de su juventud, y la echó de menos—, pero no puedo hacerlo hasta
que aceptes. Laureano dejó de tener miedo, con la
llegada de la comprensión. Les miró a todos a la cara, y luego miró sus
manos, que no tenían uñas, y cuyos dedos dejaban entrever huesos blanquecinos
y cartílago. —Te estás aferrando a una vida sin vida
—oyó decir a su madre, también joven, como cuando él era niño—. Acepta la
muerte. Libérate y libéranos. Laureano sonrió, sintió revitalizarse y
se levantó sujeto a las manos insustanciales de Aurora. Dio un paso hacia
delante y empezó a verles más opacos. Desapareció ese cansancio que venía
sintiendo desde hacía algún tiempo, y que achacaba a la vejez. Dio un paso
más y sintió la suavidad de las manos de su mujer. La vio tal y como la
recordaba. Luego oyó un ruido sordo tras él. Miró por encima de su hombro y
vio a un Laureano decrépito, apenas sin piel sobre los huesos, algunos de los
cuales se dejaban entrever en su cara, junto a sus labios agrietados. Sintió
algo parecido a la liberación. Una luz de extremo fulgor, que no dañaba
los ojos, empezó a crecer bajo la cúpula de la iglesia. Un ladrido de
satisfacción hizo resonar nuevos ecos en las paredes de piedra. Era Pebo, su
perro, que ahora era joven y vigoroso de nuevo, pues no era su cuerpo lo que
veía, sino su espíritu en todo su esplendor. Todos los espectros, incluido él mismo,
comenzaron a elevarse hacia la luz, y lo último que oyó, en nuestro mundo
mortal, fue la voz de Aurora: —Al fin juntos. © David Moñino Bermejo |
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