Almas gemelas

 

Allí están. Una vez más, haciendo fila para comprar pochoclos. Los dos en silencio. Una tácita complicidad los une y se miran sin decir nada. Con su media sonrisa, él intenta disimular su tristeza, pero de todas maneras ella la encuentra en sus ojos. Faltan tres personas y les llegará el turno. Una mano delicada busca la seguridad de la mano del hombre. El se sorprende primero, pero después siente que renueva su identidad masculina. Ese es el instante donde se convence de estar haciendo todo lo posible por demostrarle que la ama.

Faltan dos personas. El se anima a preguntar: “¿Cómo estuvo esta semana?”. Ella Resume siete días de actividad con un “Bien”. Silencio otra vez. Falta una persona y a él no se le ocurren más preguntas. La gente a su alrededor conversa, ellos se miran. Es evidente que esta relación no se basa en palabras.

Por fin, el turno asesina la espera para que él pida “pochoclos y coca, por favor”. Ella sonríe cuando escucha su voz. Siempre le resultó tan atractivo ese sonido: ‘la voz del hombre’, la fuerza, la calma, la firmeza de vez en cuando, el amor siempre.

Un balde gigante de pochoclos en las manos de ella ilumina sus ojos. Es feliz viéndola feliz aunque sea por golosinas. Está tan linda, es tan madura. Tiene la capacidad de resolver situaciones poco comunes con mejores resultados que él, que daría cualquier cosa por evitar esos momentos: los ojos de la gente sobre ellos cuando caminan solos en la plaza, cuando viajan solos en el subte, cuando compran solos los pochoclos.

“Vamos”, lo guía ella. “Vamos, mi amor” la sigue él que la seguiría hasta el fin del mundo. Muestran las entradas y pasan. La noche ficticia viene con ruido a caramelos desnudándose y pedidos de bebida. La noche fingida trae sus historias, sus tristezas, sus gracias, sus milagros (¿dónde más veremos peces hablando o esponjas marinas con pantalones cuadrados?).

Es una buena película. El apenas logra entender la mitad, pero tiene a su lado el entusiasmo personificado con cabellos rubios. Ingenuos críticos de cine. Qué importa si pueden o no comprender el guión: mientras se escuchen risas cuando se deban escuchar o se genere un absoluto silencio en los momentos difíciles, los creadores de historias habrán cumplido su misión.

Fin. The end. Las luces de la sala amanecen y se llena el pasillo hacia la salida. La cola para entrar al baño es eterna, igual que el problema: verla entrar solita, esperarla con el corazón en la boca hasta que salga con una sonrisa para devolverle la paz. Luego se tomarán de la mano y caminarán siguiendo el rastro de unas hamburguesas. El domingo siempre es un día de triste felicidad, pero solo hasta las nueve cuando ella vuelve a su casa. “Te quiero, papi”, se despide hasta el próximo domingo, cuando él volverá a revivir.

 

 

© Fernanda Argüello