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El nombre del padre Entretejidas
las varillas de mimbre, verdes y húmedas. Dieron la forma deseada. Manos
callosas artesanales y silenciosas moldeaban el que sería recipiente.
Contenedor sin contenido: una cuna. Con
la llegada de otras lunas. Con noches de vientre azulado y abultado. Nacería
entre labios apretados y quejidos acallados el chico. El contenido no deseado
ni buscado. Manos
impiadosas lo levantarían sin esfuerzo. Buscando el sexo, y el parecido a
otros rasgos. Solo para verificar o aseverar una identidad: -La del padre- En
el rancho no habría festejos ni gente que aclamara. Silencios
de siestas calurosas. Sol acunándose en el horizonte, y pañales como
estandartes. Extendidos sobre el alambrado, hablarían del nacimiento. Por
lo demás todo seguiría igual. La tarea del campo con el arado, la siembra
oportuna de acuerdo al calendario del abuelo (basado en estrategias
indescifrables) El “guardado” de animales para el engorde. Las montarazas
salvajes y las ponedoras orgullosas, en la tapera del fondo. Gatos salvajes
distanciando comadrejas y perros empestados adormilando los rincones. El
paisaje de montañas oscuras a una distancia apropiada por si se perdían las
cabras. Los
yuyos para infusiones. El arrope derramado sobre masa crujiente. Pan casero
oliendo a humo y quesos salobres apenas estacionados. Por lo demás todo
seguiría igual. El
chico iba creciendo sin develar su misterio. Parecía creado de la nada. La
madre callaba. Amamantaba y los ojos se perdían en el camino. Acarreaba leña
para el fogón. Y los ojos se volvían a perder en el mismo lugar. Del
paraje había llegado. Oliendo a sangre, tierra y golpes. Eso, todos lo
recordaban. Desierto de espinos, de serpientes ponzoñosas, de suelo salitroso
y rocas redondeadas por el desgaste del Zonda. De
allá había llegado, y a nadie le importaba. El
chico aprendió a dar sus primeros pasos tras una gallina negra (mala señal,
seguramente) Cuando tuvo conciencia de sus incipientes dientes. Comenzó a
defenderse. A
la única que obedecía era a la Esperanza, su madre. Con los demás parecía
siempre ausente. Hablaba
poco, gesticulaba menos. Se daba maña y no pedía ni ofrecía nada. Se sabía no
querido. No importaba. Los
otros críos del poblado aprendieron a respetarlo. ¡Si a la hora de la pelea,
parecía mezcla de águila y gato salvaje! Tenía sangre india. Chúcara y parca
por parte de la madre. Ojos azules y
cabellos colorados. ¿A quién sabe? Huraño,
orgulloso siempre callado. Cuanto más crecía más se ausentaba. Buscaba en las
montañas. Se adueñaba del lugar. Y en el desierto, en el silencio de piedras
y viento se perpetuaba en la noche. Algunos
decían que debía ser hijo del diablo y comenzaron a temerle. La madre no lo
desmentía. Ella sabía. Hasta
que aparecieron animales muertos. Primero en la ranchada de los López y más
luego en la de los Maidana. Y la noticia corrió como reguero de agregados y
calumnias. De mentiras y espanto. ¡Que les faltaba toda la sangre! ¡Que
parecían momificados! ¡Que
los cueros estaban todos agusanados! ¡Que el chupa cabras era el hijo de la
Esperanza! Y
la Esperanza se convirtió en fiera y de todo lo callada que había sido se
deshizo en palabras. Le gritaba a los cuatro vientos la inocencia del hijo.
Amenazaba y defendía. Fue
por aquellos tiempos cuando llegaron a la Estancia de Los Alemanes algunos
rumores. La peonada hablaba de la bruja y su engendro, el chupa cabras. ¡Que
había que juntarse para molerlos a palos! Porque como en todas partes, lo que
no se entiende debe romperse. La
madre y el hijo fueron acusados. Maldecidos y golpeados. No hubo quien
hablara de justicia ni tildara de ignorantes. Ni pusiera un poco de cordura
entre tanta maledicencia. Se castigó brutalmente. La espalda del hijo no sirvió como escudo. Y ella, con la cabeza rota alcanzó a bendecirlo. En una mirada profunda pronunció un nombre que sólo repitió el viento. El nombre del padre, don Muller... © Liliana Santacroce |
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