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Las historias nunca contadas de mi abuela Mañe Mi abuela Mañe no
me contaba historias. O, mejor, solo una recuerdo. Como si esa sola, única
historia hiciera redundantes las demás. Esa sola vale por toda la novelística
del siglo veinte, quizás. Era ella, caminando
con su madre, en alguna plaza, en algún espacio abierto de su ciudad rusa, o
ucraniana. Es 1905, y hay Revolución en Rusia. Ella tiene trece años. Y hay
Revolución en Rusia. Y cuando en Rusia
hay Revolución, hay pogroms en Rusia. Y cuando hay pogroms en Rusia no
conviene ser mujer, judía, ser chica y caminar con Mamá en alguna plaza.
Menos cuando habiendo Revolución en Rusia, y habiendo pogrom en Rusia, siendo
mujer, judía, niña y débil, se topa una con un cosaco. Los cosacos, esos
hombres de a caballo, valientes y aguerridos, de vistosos uniformes, azules y
dorados, pelo atado en trenzas, gorros de pieles, oros colgándoles de
pulseras y collares, con esos bigotazos y esos uniformes cruzados de
medallas. No conviene encontrarse con uno de ellos, cuando hay pogrom. Uno de ellos,
especialmente valiente y aguerrido las vio. Judías. Dos. Madre e hija.
Caballo, montura, espada curva y a correrlas a las muy judías y
revolucionarias. Cuando hay
Revolución en Rusia y pogrom, y te corre un cosaco, conviene no morir si una
quiere llegar a ser abuela y contarle historias a sus nietos. Conviene,
aunque una vaya a contar solo ésta, solo ésta que vale la pena de ser
contada. Todas las demás se derivan de esta, si consigo que este cosaco no me
mate o a mi mamá, que es como igual. ¿Qué hace una niña judía en Rusia,
huérfana y sola? Corramos Mamá. Las dos corren,
María y su mamá. Corren, reciben pechazos del caballo, la espada zigzaguea
ante sus ojos, gritan, lloran y consiguen al fin entrar en un zaguán o un
portal y, temblando, esperan a que el cosaco, valiente y aguerrido, vaya por
otras niñas judías y sus madres. Ya pasó todo.
Ningún problema: solo la urgencia de escapar de Rusia, de respirar en un país
sin cosacos, sin pogromos, sin revoluciones a medias que terminan con cosacos
persiguiendo a una niña y a su madre. De ahí su única exigencia y frase
repetida por décadas por la descendencia: “Tengo dos pretendientes. Están
bien, me dan igual ambos. El primero que me saque de Rusia será el elegido.
Cualquiera de ustedes. Lejos, lejos de acá, se entiende? Lejos de cosacos y
pogromos.” Esa orden fue el
corolario de la historia del cosaco. Su lógica continuidad. Nada importa,
cómo sea, con quién sea, yo quiero escapar de este suelo que me manda un
cosaco con espada a matarme a mi y a mi madre. Fue Yashe el afortunado que se
la llevó a Buenos Aires. De aquel episodio
le quedó una mirada torva que la acompañó toda su vida, como si siguiera
esperando un golpe de espada de cualquier lado, en cualquier momento. De ahí,
seguramente, le quedó esa dureza, esa sequedad que tuvo siempre. Que lejano todo,
¿no?: mi abuela y mi bisabuela perseguidas por un cosaco en 1905. Si la
espada valiente del cosaco hubiera cercenado esa cabeza, hoy yo solo sería
parte de la oscuridad, este texto no sería escrito ni leído y mi abuela
hubiera muerto niña, judía, en el pogrom de 1905. Por eso, mi abuela
no me contaba historias. Para qué, con esta fue suficiente. © Esteban Lijalad |
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