La belleza opera milagros

 

Y todo amor es trágico.

Aun el más feliz

anuncia la pérdida, el abandono y la muerte.

Ernesto Arnoux, Confesiones de este mundo

 

El vapor de la ducha caliente lo cubría todo. Angélica recorría su cuerpo, siguiendo el camino que elegía el agua.

Pensaba en la belleza que pronto dejaría de ser, esa rara forma que las palabras sólo pueden celebrar. “Pueden apenas celebrarla, no reproducirla”, le había dicho Ernesto en una ocasión. Aunque repitiendo, probablemente, la mirada de otro, de algún poeta auténtico. Más de una vez él le había confesado que despreciaba al tiempo por hacer de lo bello una gloria efímera. “Petrarquista”, así se había definido. Y no sólo eso: con gesto adusto, como si le pesase la obligación de acentuar su declaración con algún énfasis, se había proclamado “petrarquista visceral”. Nadie como él, pensó Angélica, había pretendido estar tan cerca de la Belleza.

Cerró la corriente de agua, apartó la cortina.

Y entre la bruma descubrió a Ernesto, que la esperaba en un rincón.

Tenía las manos detrás, con la actitud de quien oculta algún objeto.

Hacía meses que vivía con él. Se habían conocido en la presentación de cierto libro de poesía, y a la mañana despertaron juntos y nunca más se separaron. Así fue cómo sucedieron las cosas, de manera casual. Un sueño de amor.

—Creíste que lo olvidé, ¿no es cierto? —le preguntó él, dejando ver un ramo de flores blancas—. Felices veintiuno, Angélica. Una rosa para cada año.

Angélica reprimió una sonrisa al pasar a su lado, mojándolo con fingida indiferencia. ¿Flores?, pensó entusiasmada. Es la primera vez que me regala flores.

—Los veintiún años es el momento preciso en que el cuerpo comienza a envejecer —le dijo él escoltándola hacia el vestidor, deteniéndose en el vano de la puerta—. ¿Te das cuenta? ¡Veintiuno! ¡Antes, incluso, de comenzar la Vida! Es una locura. Y, sin embargo, somos empujados a diario en ese camino de resignación y servil tolerancia hacia lo inevitable. Me gustaría creer que yo no edifico sobre la sutil materia del sueño, como escuché alguna vez que se lamentaba alguno de esos artistas mediocres que tanto abundan. Me gustaría creer que mi poesía, de alguna extraña forma, es un feroz grito de rebelión.

¿Y yo?, se preguntó Angélica. ¿Qué hay conmigo? ¿Ni un comentario casual? ¿Nada? ¿No piensa preguntarme cómo me fue hoy con el médico?

Notaba los esfuerzos de Ernesto por ni siquiera mencionar su enfermedad. Era obvio que él luchaba por apartarla de su mente; por intentar apartarla, también, de la de Angélica.

—¿No sentís...?  —agregó él, quizá compasivo—. ¿No sentís que hay algo atroz y despiadado en la revelación que Dios reservó en nuestro rostro para la vejez?

—Me voy —le dijo ella al espejo, mostrándole un desinterés que no existía—. Vuelvo tarde.

Angélica, desnuda, se pasaba las manos por el pelo húmedo. En un primer momento quiso peinarse. Pero ya no: ahora sólo jugaba; disfrutaba con los distintos rostros que le devolvía ese cristal. Disfrazada bajo el semblante de la indiferencia, jugaba también a verlo a él.

Se sintió deseada: Ernesto recorría con la mirada sus muslos desnudos, dulces y firmes; sus pequeñas manos suaves de niña, sus brazos perfectos. La fascinación de Ernesto por su belleza la envolvía. Angélica se supo admirada como una auténtica obra de arte, y esa devoción la erizó. Tembló lenta, casi imperceptiblemente. Ella no acostumbraba secarse al salir de la ducha, y cuando lo hacía era con descuido, con indolencia. ¿Notaría Ernesto el color que estaba tomando su cuerpo? ¿Vería el tono amoratado que ganaba su piel? Imaginó el delicioso contraste que provocaría ese color con el de sus ojos. “En un mundo perfecto esos ojos no existirían”, le había dicho Ernesto alguna vez. Y se lo había dicho sin que ella supiera, entonces, que repetía la objeción de Borges a la idea platónica de un mundo de arquetipos y de esencias: “El verde es una mezcla. En el mundo de las cosas puras e incontaminadas no hay verde”.

—¿Ves esta rosa? —insistía ahora Ernesto, apartando una del ramo—. Cerrá los ojos. Intentá olvidarla. ¿Ves? Ya no es posible. Tu rosa ya es inmortal: no desaparecerá jamás, seguirá viviendo en tu mente que la piensa en este mismo instante. Y vivirá una existencia libre de toda corrupción; libre incluso del deterioro y la muerte que se insinúa en la rosa de afuera.

Angélica, bien lejos de las palabras de Ernesto, repasaba el día en que, con voz afectada, le habían diagnosticado su enfermedad. Repasaba su reacción, la reacción de él, aquella promesa compartida, casi inmediata: vivir cada instante como si fuera el último. Vivir el presente, despreciando ese futuro incierto poblado por el deterioro físico acelerado y el envejecimiento prematuro de la piel.

—Es un artificio, no es real —continuó él con un extraño tono de voz, como si el descubrimiento fuese suyo y estuviese ocurriendo por primera vez—. Esta flor morirá, y aun ya muerta seguirá envejeciendo. Sin embargo, hemos logrado que su belleza no se apague con sólo sustraerla a nuestra vista. ¿No es increíble? Pensá cuán a menudo esto sucede. Pensá con qué frecuencia desafiamos al tiempo. ¡Basta apartar nuestra vista! El olvido y el abandono no son precios excesivos para la belleza. Ni para el amor.

Ernesto se deshizo, finalmente, de esa flor inmortal, relegándola a un destino tan ordinario como el que sufrían ya sus compañeras. Se acercó, víctima de ese milagro de voluptuosidad que surge a partir de contemplar la belleza. La abrazó por detrás, rodeó su cintura desnuda...

Y entonces Angélica lo apartó de un codazo.

—Estoy apurada, salgo —repitió; y con ese encanto que le concedía saberse observada, comenzó a vestirse. Movimientos lentos y sugerentes.

Ernesto aguardó, embelesado.

—Sabés que me encanta cómo te queda ese vestido, ¿no? No hay dudas: es tu color —. Se le acercó con paso vacilante.

Angélica permaneció en silencio, disfrutando sus palabras.

—Sos hermosa —le susurró él al oído, recorriendo su cuello con la yema de los dedos.

“Te amo”, creyó escuchar ella; y su mirada se detuvo en el sobre que había dejado en el dormitorio. Sus últimos análisis médicos recibidos ese mismo día, apenas horas atrás. ¿Habría visto él esos resultados? ¡Imposible! Ernesto se intrigaría cuando descubriera ese sobre en la cama. Los médicos habían creído saberlo todo, y ahora se desentendían. Aquel papel ya no contenía esa equivocada sentencia que ellos, en su soberbia, habían juzgado irrevocable. Para cuando se encontrase con la verdad, ella ya habría vuelto de su paseo. Entendería que se había vestido para él, sólo para él; que su salida fue una excusa para que él tropezase con la noticia. Comprendería que ésta era su noche. “Esta noche” —él diría algo así— “es la primera de una serie infinita”.

Lo sentía ahora bien cerca, casi sobre ella. Angélica notó con sorpresa cómo las manos de Ernesto se cerraban en torno a su cuello, y sólo atinó a apoyar sus manos sobre las de él.

—Te amo —repitió él, ahora sí para los oídos de Angélica. Y, lentamente, la presión de sus manos fue mayor.

Angélica quería gritar, escapar de esa fuerza que crecía y crecía.

—Tendrás el destino de la rosa. Te prometo que serás hermosa por siempre, princesa.

Fue lo último que escuchó.

  

© Miguel Sardegna

"La belleza opera milagros" obtuvo una

mención en el concurso Jirones de Azul.

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