¿Dónde está el niño?

 

Por cuarto año consecutivo desapareció el niño Jesús del Belén de la Catedral sin que nadie pudiera explicar como había ocurrido. El señor alcalde estaba hecho una furia. Que la culpa era de los guardias urbanos por no estar pendientes de vigilar bien, que aquello no se hacía de cualquier manera. Se refería a lo de saltar por encima de las verjas con hierros puntiagudos. No era cosa banal sino de profesionales adiestrados.

 Lo cierto era que en la ciudad cundía el descontento y cada vez que se quedaban sin imagen, disminuía un poco la alegría propia de las fiestas. Quien más quien menos se acercaba hasta la capilla pequeña de la Catedral, miraba el belén y notaba que le faltaba algo. Y ese “algo” enrarecía el ambiente. Porque cada uno marchaba cabizbajo pensando que sí, que en su vida faltaba más cariño, que el año pasado aún estaba el abuelo, que este año no vendría el hijo que estaba en Granada o que si faltaba el niño Jesús no se podía estar en paz. Cada uno desconfiaba a su antojo del vecino, del amigo, de cualquiera. Sin tener certeza, pero desconfiaban.

Hasta los más chicos empezaban a acostumbrarse a que su belén no era como los demás y aprovechando los descuidos de las madres, también en las casas iban apartando la figura a un sitio más recogido.

Los mayores no se resignaban. Había que encontrar al culpable. Eso no podía tolerarse por más tiempo.

Al principio nadie dio mayor importancia al asunto. En Navidades siempre había muchas caras nuevas en la ciudad que llegaban de paso para compartir las cenas y reuniones familiares. Algún gamberro que no tiene otra cosa mejor que hacer. Mano dura es lo que necesitan los chiquillos de hoy en día, decían los abuelos. Esto antes no pasaba, que el respeto a las cosas ajenas era muy tenido en cuenta. Y que por menos razones mandaban fusilar a uno. Habrase visto, un belén con la cuna vacía.

Por más que buscaron en contenedores de basura, tras los bancos del parque y hasta en los rincones más escondidos no encontraron ni brazos ni piernas del cuerpito y tuvieron que darlo por perdido.

Al año que viene no pasa, decían todos, no porque la colecta para sustituir al anterior con el cepillo de misa fuese un inconveniente, no, sino porque no podían tomarles el pelo.

Conforme se acercaban las fechas en el calendario había inquietud en el ambiente. La brigada cumplía las órdenes. Cerraban la entrada de la Catedral al público por la lonja pequeña y allí colocaban el belén.  En pleno centro de la ciudad, junto con la iluminación navideña, era el lugar más visitado durante las Navidades. La habilidad para reproducir  los montes con troncos y arbolitos, para trazar el paso de los reyes magos por los caminos y hacer manar agua bajo los puentes causaba envidia a los pueblos vecinos. Quienes llevaban años cumpliendo esa tarea de confección decían que el secreto estaba en hacerlo con mucho cariño.

Y una vez estuvo listo, el cura echó los cerrojos por dentro a la puerta de la iglesia. Durante las misas rezaba alguna oración por el alma perdida del ladronzuelo instándole a que enmendara su conducta. Unos días más tarde supo, al igual que toda la ciudad que tampoco esta vez las oraciones habían dado su fruto. Arrastraba la sotana por las naves vacías yendo de altar en altar, rogando a tal o cual santo que arreglara aquello, que la Navidad era una época feliz, que los fieles necesitaban al niño, que  esa cuna vacía causaba congoja. Y que bastante mal estaban las cosas con tanto consumismo como para que encima, se perdiera el poco espíritu navideño.

Su preocupación aún fue mayor cuando después de las investigaciones, concluyeron que el único que podía haber robado al niño era el señor cura. ¿Quién si no? Le apuntaban con el dedo y le preguntaban que razón tenía para hacer aquello. Se cansó de repetir que él no lo había robado, que había sido quien había dado la voz de alarma al notar la ausencia, si, pero de tocarlo, nada. Lloró sin vergüenza alguna mientras le tomaban declaración. Era inocente de esos cargos. Y mejor que recayese en él la culpa, que sabría llevarla con la dignidad propia del hábito. Si querían imponerle esa penitencia pues que lo hicieran mientras encontraban al verdadero culpable.

Sin embargo, el señor alcalde, hundida su reputación como responsable de los hechos que acaecían en la ciudad, dijo que aquella noche habría de pasarla en el calabozo, que sólo así iba a poder calmar las revueltas en las calles. Que se hiciera cargo de la situación, coches incendiados y reyertas callejeras no podían consentirse en plenas navidades. Que además, no había demasiada diferencia en que tomara la cena en la celda que en la abadía. A él no le esperaba nadie.

Eso era cierto. La soledad duele más cuando uno sabe que alrededor hay jolgorio y no tiene con quien compartirlo. Que hay vacío. Igual que en la cuna.

Alrededor de las diez le trajeron un cubierto para uno. Caldo caliente bien espeso, un trozo de ternasco y algo de turrón. Estaba terminándolo cuando le anunciaron visita. No esperaba que nadie sacrificara la cena por charlar con él un rato. Y aún se sorprendió más al ver la visita. Se trataba de Guayarmina, una jovencita cubana con reputación “dudosa”. Eso le decían las beatas en el confesionario, que si había venido a quitarles los maridos y que era demasiado fresca. Traía bajo el brazo un paquete con mucho cuidado. En cuanto el guardia los dejó solos empezó a contarle. Secreto de confesión padre. Que así se sentirá usted menos sólo  aquí con el niño. Que no sé por que lo hice. Que daba tanta pena verlo pasar frío tan desnudito. Y verá usted, que a mí me acompaña. Mi familia tan lejos y yo tan sola. Pero verá, este año creo que va a estar mejor aquí, que no merece usted estar solo. Vos tan bueno… que para mí no puede haber perdón. Ya sabe, padre.

Y así pasaron la noche, charlando de los niños que había dejado en Cuba, de lo difícil que era integrarse. Para cuando se dieron cuenta, casi amanecía. Y que no estaba el niño, vamos, que buscaron y no lo encontraban. Guayarmina marchó rápido. ¡Que nochebuena tan rica! No la olvidaré nunca.-  dijo al despedirse. El cura la apremiaba. Que no han de enterarse que has estado aquí. Menos ahora que no vas a poder devolver lo prestado. Y mejor que nadie sepa, a no ser que no te importe empezar de nuevo en otra ciudad.

Hacia mitad de la mañana vino el alcalde. Verá padre. Qué quien hubiera robado al niño se ha arrepentido. Que lo han vuelto a dejar en su cuna y hay un revuelo muy grande a la puerta de la Catedral. Quieren que celebre misa cuanto antes para dar gracias. Que ahora sí reina la alegría, que todos sonríen. Y vuelve a ser la Navidad de siempre.

El cura no dice nada. Sabe que lo del niño no ha podido ser más que una muestra divina, algo así como un verdadero milagro justo en Navidades.  

© Lourdes Aso Torralba

"¿Dónde está el niño?" obtuvo la cuarta mención

en el I Certamen Literario Revista Axolotl.