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Encuentro con T.
Salió del centro de estética y belleza. Ese día tenía manicura a la francesa, y pedicura, depilación completa, masaje, y peluquería. Le noté el busto un poco más elevado, pero no llegaba a ser vulgar, como los animales televisivos de sexo femenino. Al final se había decidido por un relleno mínimo, mucho más discreto, y elegante. Llevaba el suéter lila de Ralph Lauren, y la escueta falda beige Dior que dejaba ver unas bonitas piernas. Las sandalias de Farrutx compradas el sábado acentuaban lo excitante de sus pies, y el bolso de El Caballo, a juego con el calzado, era ideal. También se había puesto el cinturón Armani que tan bien le sentaba. La piel tostada resaltaba toda la belleza de T.; había pasado el mes de julio en la costa con unas amigas, donde el tiempo transcurrió apaciblemente entre la playa, la piscina, y el club de campo. Estaba realmente deslumbrante, como tantas veces la soñaba. Tras varios intentos cometidos en el pasado, que de antemano sabía fallidos, decidí que ese día me presentaría ante ella. La seguí por una calle paralela, sin perderla de vista ni siquiera unos instantes. Varios transeúntes me increparon por hacerles tropezar. Como acostumbraba los miércoles, se dirigió al hayedo de San Florián. Aproveché un semáforo en rojo para correr hasta la entrada al parque. Andaba a unos metros de ella. Su caminar simplemente era delicioso. Se adivinaba bajo el vestido la construcción perfecta de su trasero, y la imaginación me llevó a imprimir sobre mi corazón un ritmo endiablado. Te deseo T., como a la vida. Te bebo en el agua, y te como en los alimentos… El aroma de flores exóticas con el que se perfumaba me había envuelto, y de nuevo la vi desnudabajo una catarata del Perú, entregada por completo al placer que sentía lamida por el azul verdoso. Bella siempre. Ya se encontraba muy cerca de su destino: la parte alta del parque. Allí el hayedo era más tupido, y podría observarla antes de hablarle, sin embargo, cuando marchaba por el centro del paseo, se desvió por un sendero. Algo que no comprendí había trastocado el recorrido esperado… Ella andaba ahora deprisa. La silueta bajo la sombra se rasgaba en los claros que dejaban pasar el sol. Sabía que no tenía miedo, sino urgencia. ¿Pero adónde quería llegar?. La pregunta tuvo respuesta rápidamente, pues al final de la senda había un embarcadero, y amarrado a él un solitario bote… No sabía de la existencia de un lago en aquel paraje de San Florián, como consecuencia me sentí un crío ignorante, y torpe, superado en su juego. A pesar de seguirla, de saber todos sus movimientos, reconocí que ella tenía la iniciativa. Oculto tras un árbol la observé subirse al bote. Sin embargo no soltó la amarra, y permaneció sentada con las piernas cruzadas, mirando en mi dirección. Un grupo de ánades en formación volaba sobre el lago. Los rayos de sol convertían en plata a las tranquilas aguas, y el bosque hablaba con gorjeos y ruidos de ramas meciéndose. —¿Vienes? —preguntó ella. Permanecí petrificado. ¿Se dirigía a mí?, pensé; ¿y a quién sino? me respondí. El mundo se detuvo, y quedé embotado. Otra vez me veía como un estúpido. Había sabido que la seguía. Era dos veces superado en un solo día. La situación me pareció tan absurda, que tuve que abandonar el cobijo tras el árbol, y darme a conocer de aquella forma ridícula. —Siempre lo supiste, ¿verdad? —dije. —¿Tú que crees? —confirmó con una sonrisa. —Estoy avergonzado, lo siento. Disculpa. —No lo sientas, porque eso es propio de débiles. Si me vas a follar quiero que me lo hagas fuerte. No me pidas perdón como un mocoso. Me indigné fuertemente por sus palabras, sin embargo no paré de caminar hasta ella. T. era manipuladora, y yo su marioneta. Conocía que con mi orgullo mancillado no solo haría lo que ella pretendía, sino que la montaría exactamente con la furia que deseaba. No recuerdo el trayecto hasta aquella casona derruida en la otra orilla del lago. Sólo que el deseo me había tragado. Yo era su proyección. La besé como si el mañana no existiese; no hubo parte de su cuerpo que no besara. Probé en el pecho la suavidad de los pétalos, y al llegar a los pezones con la lengua de fuego le arranqué algunos gemidos. La boca se me abrasó en su sexo y susurró placenteramente. A partir de ahí me dijo varias veces que la penetrase, y cuanto más lo hacía, mayor ansia exhalaba en sus palabras, hasta que empezó a gritar como ida en cada envestida, y nos desparramamos. Entonces la locura fue muriendo, tras volvernos hacia arriba las nubes flotaban más blancas y el cielo era todo cian. Me dio la sensación de ascender hacia él.
Durante el trayecto de vuelta T. miraba todo el tiempo hacia las ruinas. Ninguno de los dos dijimos nada. Sólo los remos batiendo el agua rompían el silencio del lago. Después de amarrar el bote, subí hasta el embarcadero. Me esperaba con los brazos cruzados, también se había puesto las gafas de sol. —Vendré los miércoles a la misma hora —me dijo. —Bien. La vi andar por el sendero con la misma sensualidad de siempre, pero no la seguí, y decidí tomarme unas copas en un bar del centro.
Atardecía en la ciudad. Las aceras empezaron a llenarse de gente que salía de trabajar. Cuando llegué a casa, el portero veía la televisión. En el recibidor un tipo manejaba la pulidora con aire ausente. El ascensor estaba fuera de servicio, así que utilicé las escaleras. En el pasillo alguien tenía el volumen del televisor muy alto, y olía a ambientador. Dentro del apartamento había luz en el baño. Mi mujer había llegado ya. Por la puerta entornada salían nubes de vapor, y un tenue aroma a cítricos. La radio sonaba. Ella tarareaba desde la bañera. Encendí la luz de la habitación y me quité la ropa hasta quedarme desnudo. Observé la imagen del espejo. Decidí que debía trabajar más los abdominales. Sobre la cama quedaba una falda beige de Dior, un suéter lila de Ralph Lauren, y un cinturón de Armani. Sonreí. Tenía que ver a T. el miércoles.
© Gustavo Adolfo Bautista Gustavo Adolfo Bautista en Revista Axolotl #07 |
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