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Estilo Furlán
Para Benjamín Furlán, empleado del Juzgado de Primera Instancia, aquel pudo haber sido un lunes como cualquier otro, salvo por el estridente canto de un gallo que pareciera haber estado aguardando en su ventana la hora señalada. No notó la ausencia del despertador, pero llamó su atención, si, el silencio de la calle. Miró en vano la muñeca, su reloj no estaba. El alba penetraba indecisa a través de las cortinas de cretona. Se asomó por la ventana y desconoció totalmente el entorno. Una calle adoquinada, angosta y sin veredas, muchos árboles, y algunos carros. Salió con destino al baño pero comprobó que no registraba en la memoria ningún camino certero a ese lugar. Con el sol ya más presente observó que su habitación en nada se diferenciaba a las demás, y que juntas formaban un rectángulo de cuyo centro emergía el brocal de un pozo. Obnubilado se dirigió al balde que colgaba improvisado de la cadena del aljibe y mojó su rostro. Extrañamente resignado, y descartando la posibilidad de estar atravesando las rutas de un sueño, Benjamín Furlán tuvo que reconocer que por alguna insólita razón, ajena a su entender, su presente estaba ocurriendo en el pasado. Un almanaque de Molina Campos clavado en la pared delataba el año, 1944. Aquel hombre se había acostado un domingo de enero, pero se había despertado cincuenta años antes. Se pasó el día caminando. Todo le llamaba la atención, las construcciones, los automóviles, el “traiwán”, los colectivos y la manera extremadamente formal con que vestían la gente. La noche cubrió las calles de la capital porteña por donde circulaba aún atónito Benjamín Furlán. Desde un bar se escuchaban acordes de bandoneón y aplausos. Decidió entrar. Pocas mesas lindaban con el estaño, apenas tres o cuatro. El bolichero ofreció ginebra a Furlán, y éste aceptó. “Hoy paga el gordo, le fue bien el fin de semana, aproveche amigo”, dijo y le sirvió un vaso hasta la mitad. “Usted es el último, trate de acordarse de algo porque el gordo lo va a llamar de seguro”, otra vez habló en voz baja el cantinero. Furlán sintió latir exageradamente su corazón por dos razones, una porque estaba teniendo contacto concreto con ese presente, y dos, porque a pesar de haberlo imaginado nunca había cantado en público. Fanático del Polaco buscaba en su cabeza algún tango al estilo de ese Goyeneche post-moderno parecían contados, casi hablados. La noche devino tanguera. Tal cual lo vaticinado el bandoneonista dijo: “¡¿ a ver, quién falta ?!”. Solo bastó una mirada para que Furlán se diera por aludido y subiera al escenario. “¿Qué va a cantar?”, dijo el gordo del fuelle con una voz que delataba tabaco y alcohol en demasía. “¿Malena?”, sugirió Furlán. Mirando a un señor que reía de brazos cruzados junto a otro hombre de camisa celeste arremangada, el gordo preguntó: “¿Lo dejamos Francisco?” Así fue como Benjamín Furlán entonó el tango Malena, de Homero Manzi y el pianista Lucio Demare. Nunca supo que el hombre sonriente de brazos cruzados era Francisco Fiorentino, quien dos años antes, en 1942 había grabado por primera vez ese mismo tango con la orquesta del mismo gordo que en ese momento lo estaba por acompañar. A Furlán le vino a la cabeza la versión de Malena que le había escuchado innumerables veces al Polaco, en su anterior presente de 1994, y decidió imitarlo, en voz y gestos. La audiencia del bar escuchó atentamente esa versión tan particular y, con la aprobación del bandoneonista, Furlán fue ovacionado ni bien terminó de cantar. Regresó al mostrador, terminó su vaso de ginebra y agradeciendo la deferencia del público abandonó el bar, entre estupefacto y mareado. Ya estaba en la vereda cuando el hombre de camisa celeste arremangada se apresuró a saludarlo y decirle: “fue un placer escucharlo, lo felicito, una nueva, y muy buena versión. ¿Cómo es su nombre?” Furlán, agradecido, contestó sus preguntas y volvió a su habitación caminando por los adoquines húmedos de la madrugada. Puntual, el despertador arrancó de cuajo a Benjamín Furlán del sueño estrellándolo contra una realidad concreta de café, corbatas y expedientes. Era lunes, del mes de enero de 1994. Furlán sonrió frente al espejo burlándose de sí por haber pensado que lo acontecido instantes antes pertenecía a una realidad. El día transcurrió en el juzgado como siempre, todo normal y sin alteraciones. A la salida del trabajo un amigo lo invitó a compartir un trago en un bar cercano. Copa en mano y hablando de bueyes perdidos, Furlán observaba de reojo la televisión que estaba a espaldas de su amigo. Un canal de tangos emitía una grabación del Polaco Goyeneche cantando, mechado con reportajes a conocidos del músico. Nada hubiera llamado la atención de Benjamín Furlán, salvo el final del reportaje a un crítico de espectáculos que, haciendo referencia al estilo tan particular de Goyeneche para cantar, dijo: “Lástima que no tenga un estilo propio... dicen las mentas que siempre quiso imitar a un tal Furlán, de la década del cuarenta”. © Sergio Carlos Abdala "Estilo Furlán" obtuvo la octava mención en el I Certamen Literario Revista Axolotl. |
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