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ADVERTENCIA Estimado lector: este texto podría estar contaminado. Regiría sobre él una maldición, que habría generado, ya, muchas víctimas. O estaría por regir, a partir de este momento, no estamos seguros. No obstante, es nuestro deber informar que las cosas que -sabemos- han ocurrido tras su lectura, nos impulsan a creer que tal maldición existe y es efectiva. Si a nosotros no nos ha sucedido nada, aún, es porque lo publicamos, pero no lo hemos leído. #
Retrato del Diablo cargando las armas
Un relato encontrado entre las pertenencias de lo que quedo de Elbardo
Jorge Luis Borges, en su novela inédita, oculta y, hoy, probablemente destruida Alles Vergängliche ist nur ein Gleichnis, que tuve la oportunidad de descubrir(1) hace muchos —¡muchos!— años cuando, ya ciego, era mi profesor —junto a otros destacados como Guillermo Thiele y Avelino Herrero Mayor— en la Facultad de Filosofía y Letras, cuenta los sucesos acontecidos a Fausto Miranda. Este librovejero, propietario de un comercio ubicado en una paralela a la calle Corrientes, al que le puso como nombre en suyo propio —Fausto—, inicia una alocada y desesperada(2) búsqueda de un manuscrito inconcluso, que podría haber sido redactado por Göethe como borrador de su obra maestra. Independientemente de su valor monetario (hacia 1937 Borges valoraba al manuscrito en la importante suma de cincuenta mil pesos), Miranda pretendía constatar si era cierto que había un párrafo en el que el autor alemán reconocía haber pintado —con sus propias manos, parece que redundaba Göethe— un retrato del mismísimo Diablo cargando unos trabucos, pero no como producto de su imaginación sino porque lo había visto haciéndolo, con sus propios ojos, volvía a redundar. Borges relata en su obra negada el viaje de Miranda por Europa. Si la escribió en el año 37, aún no había iniciado la segunda guerra, pero Europa toda ya estaba conmovida, en especial la zona de Austria y Hungría. Más allá de las detalladas descripciones de las diferentes villas cercanas a los límites entre ambos países, el Maestro intercala una enorme —¿exagerada?— cantidad de referencias a testimonios acerca de la existencia del retrato en cuestión, aunque no de la del Diablo mismo. —Yo le vi en persona —dice sin embargo Ferenc Kodly, cuando el librero le pregunta por el retrato. Dicen de un retrato... no sé, es posible. Pero yo no lo necesito... porque le vi a Él; con mis propios ojos, se burla Borges. El proverbial humor del Maestro, no obstante, aparece solo en secuencias como ésta, y nada más. Se ve que, por primera —¿y única?— vez, todo lo que dice es cierto. Doy fe de ello: de las abundantes referencias testimoniales, me tomé el trabajo de verificar que ninguna es apócrifa. Nombres, apellidos y datos de personas reales cuyos testimonios aparecen en documentos legales. Así es que, para hacerla corta, Fausto Miranda se encuentra cara a cara con el susodicho manuscrito. Nunca ve el retrato pero, como no podía ser de otra manera, a su regreso en Buenos Aires, el Diablo lo está esperando. Quienes son más viejos —y memoriosos— que yo, recordarán la misteriosa —y nunca develada— muerte de un viajante de comercio del ramo de librería, en una pensión de un pueblo de la provincia de Santa Fe. Se encontraron rastros de quemaduras de azufre en el cuerpo y en la cara. Fue nota de primera plana durante varios días. A mi pesar, nunca pude dedicarme a profundizar en la obra de Borges, como fue mi propósito juvenil. Y no he pasado, pese a la disposición literaria que creo tener, de corrector de periódicos y de editoriales. En el año 1969, cuando todavía no había renunciado a mis objetivos, tuve la oportunidad de recorrer los mismos lugares visitados, 32 años antes, por Miranda, y de conocer a la familia Kodly quienes, muy amable y generosamente, me invitaron a compartir con ellos un delicioso goulash que disfruté muchísimo. Cuando lo creí oportuno, les pedí que me hablaran de Ferenc (la forma húngara de Franz), y más tarde, estimulado por el goulash pero, más que nada, por el vino blanco dulce helado —similar al liebfraumilch de Bohemia— con el que acompañamos la sobremesa, les pregunté por el manuscrito, el retrato y el Diablo, en ese orden. Invirtiendo la secuencia, reconocieron saber del Diablo —¡quien no!, dijeron—, pero nunca lo habían visto. Ya me habían contado, que el tío Ferenc había muerto, longevo, en el manicomio donde los alemanes lo habían internado, no por pensar que estuviera loco, sino porque creían que cuando hablaba del Diablo se refería, burlona y metafóricamente, al Führer. “Yo le vi en persona”. Me estremecí al escuchar que repetían textualmente las palabras que Borges le había hecho escuchar, también, a Miranda. “Yo le vi al Diablo en persona... Me vino a ver... Pero no me vino a buscar”, dicen los Kodly que decía el tío Ferenc. Era su discurso reiterado, hasta que se lo llevó la Gestapo. Del manuscrito no sabían nada, pero, cuando Catalina comenzó a contarme algo acerca del retrato, se largó una lluvia torrencial —impropia de la época—, y uno a uno —Catalina incluida— salieron corriendo a proteger animales y plantaciones del inesperado diluvio. En el tren a Viena conocí a quien poco tiempo después se convirtió en mi esposa, —efectos residuales del vino, tal vez— y me olvidé del asunto. Me olvidé del asunto durante treinta años. Durante 32 años, para ser más exacto. En abril del 2001, esas cosas de la vida me llevaron otra vez a Europa, esta vez a la República Checa, en cuya capital reviví las tribulaciones del atormentado Kafka (¿será casualidad que se llame Franz?, igual que Liszt, igual que el tío Kodly) también admirado por quien narra, y presencié —en insustituible versión de la Orquesta Sinfónica Nacional dirigida por Laszlo Kovack— un festín de obras de Dvorak. El conserje del hotel me instruyó para que conociera la casa del autor de El proceso y de La metamorfosis, y me anunció la realización del concierto. Fue el, también, quien, la mañana anterior al día de mi partida, quiso saber si me interesaba la pintura. —No, en particular —le respondí. —Sin embargo —me dijo—, “debería” ver un cuadro que “tenemos” en la Bedrich Gallery... —¿Galería Bedrich..? No recuerdo haberla oído mencionar. —Vaya —insistió—. Yo sé lo que le digo. Ese fue el instante, 32 años después, en el que regresaron a mi memoria la novela negada de Borges, el manuscrito de Miranda, la muerte del viajante, y el Diablo y su retrato. Más, cuando después de andar por calles de Praga por las que nadie anda, y entrada la noche, al ingresar a la por fin encontrada Bedrich Gallery, lo tuve ante mis ojos. “Retrato del Diablo cargando las armas - Anónimo siglo XVIII - 32 x 32 - Óleo sobre tela”, decía en letras pequeñas —que tuve dificultad en leer— el cartelito pegado a un costado. Interesante el dibujo, y me recordó La ventana indiscreta, ese estupendo film de Hitchcock protagonizado por James Stewart y Grace Kelly, más por el cuadro —en el sentido cinematográfico— que por el contenido, aunque allí también hay un alguien que observa y otro Alguien que es observado. Y hay también una situación que vista desde allí, parece ser de un modo, pero que vista desde Acá podría ser de otro. Cortázar es bueno para transmitirnos eso. Con referencia a una ventana de un piso más alto, se ve la ventana del cuarto de la casa de enfrente, un piso más abajo, donde el Diablo está metiendo pólvora a unos trabucos. ¿Y como sé sabe que el Diablo es Diablo? Porque lo anuncia el cartelito, porque figura en el título de la obra. No hay en su apariencia nada que se parezca a la descripción que tenemos de Él. Ni cola, ni cuernos. Su vestimenta, es la vestimenta que aparece en cualquier pintura del siglo XVIII. Y su actitud es serena, concentrada. Como la de quien realiza una tarea cotidiana. Está de medio perfil, pero se nota claramente que no percibe, o no le interesa, la existencia de su retratista. Quise saber del conserje la razón por la que me había recomendado tal visita, pero cuando regresé al hotel ya no estaba. En realidad, nunca había estado. —Uno de barbita, de abultadas cejas, de mirada penetrante. —Nunca tuvimos un conserje así —insistió el que estaba de turno.
De la novela de Borges: ¿por qué nunca la publicó? ¿Por qué la conservaba, casualmente, protegida por un crucifijo? Por qué sus biógrafos, y en especial la Kodama, no hablan de ella? ¿Por qué dos Silvias, condiscípulas mías —y alumnas pródigas del Maestro— a quienes les comuniqué mi hallazgo, abandonaron la carrera y, jamás, volví a saber de ellas? De Fausto Miranda: la librería que lleva su nombre de pila, está sobre la Avenida Corrientes y nunca perteneció a nadie de apellido Miranda. Pero tanto la persona que procuró ese dato, cuanto la que lo suministró, podrían haber mentido, ¿no? Porque mi amigo Rómulo, que vendía libros y murió de un derrame cerebral a los 35 años, tenía un proveedor que se llamaba Miranda (no sé si Fausto) que vivía —o tenía un local o un depósito— por Sarmiento o por Cangallo (tampoco estoy seguro). Respecto del viajante del ramo de librería, ahora no lo recuerdo bien, debo ser honesto, pero no habría más que fijarse en algún diario de la época —todos lo publicaron— para verificar su nombre. En cambio, ninguna guía de viajes que yo haya consultado, ninguna, hace mención de la Galería Bedrich. Acerca del manuscrito, por último, igual que los Kodly, podría decir que tampoco sé nada. Pero estaría mintiendo. Porque lo tengo en mi poder. Minutos, escasos minutos antes de que me avisaran que el taxi que iba a recogerme para llevarme al aeropuerto, ya estaba esperándome, advertí la presencia de un mueblecito que, extrañamente, no había notado antes. A pesar de mi apuro, lo observé con detenimiento, y pude reconocer, con facilidad, su origen y su antigüedad. Recorrí sus cajones y sus cajoncitos, sus estantes y sus estantecitos. Y así, en alguno de ellos, disimulado debajo de una antigua y muy desgastada guía telefónica de la ciudad de Praga y sus alrededores, el manuscrito apareció ante mis ojos. Sonó el teléfono. No sé por qué me pareció que sonó como una alarma. Entonces, agarré el manuscrito y lo arrojé dentro del mi maletín de mano. Comencé a leerlo en el taxi, continué su lectura en el avión, y solo dejé de leerlo cuando el remís que tomé en Ezeiza me dejó en la puerta de mi casa. Lo guardé, como merece, bien escondido y disimulado, en un lugar que solo yo conozco. ¿Y por qué ahora, a más de tres años de su hallazgo, he decido comentar sobre el asunto? Porque está viniendo a buscarme. No tengo dudas. El Manuscrito debió haber sido destruído; o quizá, jamás escrito.
Confieso que un creciente temor ha comenzado a invadirme, porque no sé en que va a acabar todo esto. Bajo mis pies, el calor ya empieza a hacerse insoportable. Y en todo el ambiente, se respira un penetrante e inconfundible olor a azufre. Usted, por si acaso, tenga mucho cuidado con lo que se lleva después de revisar mi biblioteca...
# Nota del editor
(1) Descubrí, debe ser entendido como birlé. Y aclaro: la generosidad del Maestro me ofreció variadas oportunidades de visitarlo en su casa de la calle Maipú. Fue allí donde, una tarde de otoño, aproveché que se había retirado de la sala en la que me recibía (de haber permanecido en el lugar, en realidad, la situación no habría cambiado demasiado) para acercarme a observar los recovecos de un secreter inglés del 800 que, por entonces, le envidiaba más que su talento. Sin su autorización, ya que algo en mi interior me sugería que jamás me la habría concedido, revisé cajones y cajoncitos, estantes y estantecitos. Escondida detrás de una versión francesa de El lamento del Emir, había una avejentada carpeta sobre la que descansaba un pequeño crucifijo. Este detalle, creo, fue lo que me impulsó para abrirla. Descubrí, así, el manuscrito. Y obsesionado por disfrutar de una obra que, con seguridad, nadie o casi nadie habría leído, la quité del lugar y la coloqué, rápidamente, entre las mías. La leí, dos veces, en el cercano bar de la esquina de Paraguay, en donde permanecí hasta el amanecer del día siguiente, para así poder, con la excusa de que me había olvidado una carpeta, dejarle otra vez en su sitio, la suya.
(2) La interpretación, y posterior adjetivación, acerca del carácter de la búsqueda de Miranda, son mías. (Nota de Elbardo)
© Edgardo Kleiman |
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