Tahití

 

Augusto había recibido educación en un colegio de pupilos. La inseguridad en sí mismo y, especialmente, su timidez, lo enfrentaban diariamente a la burla de sus compañeros. Sufría cada vez que escuchaba la palabra pusilánime. Pero sufría aún más, cuando esta palabra provenía de la boca de una niña. Sentía un hierro ardiente en su corazón. Sabía que alguna razón existía para que se mofaran de él, pero no daba con ella.

Esta circunstancia no fue obstáculo para que se convirtiera en un hombre culto, pero intuía que por aquella causa aún no encontrada, nunca había conocido el amor.

Augusto, ya entrado en años, y con una particular inclinación hacia la pintura, un día que observaba en el Museo Metropolitano de Arte Moderno, NY, el Gauguin Muchachas con flores de mango, 1899, leyó en el folleto: Gauguin, a pesar de su irredimible pobreza, no dejaba de tener junto a él a alguna de estas mujeres, a las cuales la ignorancia de Occidente sobre las culturas Orientales ha acusado torpemente de codiciosas o prostitutas, sin comprender que no hay en el mundo un lugar como Tahití en que las mujeres demuestren tan poca resistencia. Su destino no es solamente entregarse sino también ofrecerse.

Agregaba el folleto que las mujeres de las islas se abandonan por completo a su instinto, y más adelante aclaraba que el hombre llegado a la isla pronto tiene su capacidad de amor satisfecha hasta el límite, y considera a la tahitiana como la criatura ideal, nacida para el amor, formada para él, y superior a todas las mujeres de los demás lugares.   

Y Augusto viajó hacia Tahití a una velocidad que nunca pudo soñar un aeronauta. Sobrevolando el Pacífico apareció la isla, majestuosa en medio del mar, con sus altas colinas de basalto, sus valles profundos, sus arrecifes coralinos donde la espuma se tiñe de irisados colores. Una sonrisa espléndida lo recibió. Sonrisas en los nativos, en la brisa que trae la fragancia de las plantaciones, de las olas juguetonas y mansas que vienen a morir a la playa; sonrisas en el mecerse de las palmeras que se agitan en un cálido ademán de bienvenida. 

Augusto no tiene oportunidad de reflexionar si la realidad supera a la imaginación o viceversa: no sabe en qué reino se encuentra, ni le importa. Las primeras impresiones se suceden vertiginosas, una euforia cercana a la embriaguez; tal es la sensación de alegría y bienestar. Si algún amante de las utopías imaginara un mundo, piensa Augusto, los resultados de su fantasía seguramente se parecerían a esto.

De pronto, una joven nativa sobresale del grupo: de bellas facciones, esbelta, con una mirada sincera y profunda, su piel tersa encierra la tibieza del trópico. Augusto distingue su vehemencia y flexibilidad en el andar. Como la estética lo exige, lleva sus firmes senos desnudos.

Augusto cree, por primera vez, que ha encontrado el amor. Sigue observando el porte de la joven, deslizándose con largos pasos, el torso ligero inclinado hacia atrás, los pechos erguidos, sus caderas contoneándose. Y su andar resulta difícil de creer. Belleza de aire sensual, animal si se quiere, que irradia una indomable seducción.

Augusto, ya sea por resistirse a confiar que sus sueños pueden ser superados, o por no enfrentarse a la desilusión, da unos pasos hacia atrás. Vuelve a observar el Gauguin. Y, con los hombros caídos, regresa a la soledad de su casa.

© Eduardo Luis Poggi

"Tahití" fue finalista

en el I Certamen Literario Revista Axolotl.

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