Neanderthal

 

 

La presente obra (por si falta hiciese aclarar) es un absurdo.

Las escasas precisiones antropológicas y geográficas

son meros caprichos. Esta obra no pretende ser cotejada

por científicos, cualesquiera sean sus disciplinas.

Esta obra pretende apenas procurar un mínimo deleite.

 

 

¡Uf, qué frío hace!

Ni toda esta capa espesa de pelo que me cubre por completo, ni la grosísima piel de bisonte que me obsequiara un amigo parecen resguardarme del todo. En verdad el vello molesta más de lo que abriga; no se imaginan la de bichos que se le prenden a uno… Yo creo que de acá a algún tiempo, un buen rato, los bípedos ya estaremos todos más o menos pelados. Bueno, quién sabe cómo estaremos…

Respecto de la piel… sí, bueno, no se si lo habrán pensado pero no parece ciertamente un regalo muy… masculino, ¿verdad? Este amigo mío, Ko-ko, se había puesto un poco pesado últimamente. Si hasta llegó a dibujar unas cosas raras al fondo de la cueva. Dos bípedos tomados de las manos. Y… sí, es cierto que todos nos parecemos un poco, pero a mí me quedó la impresión que esos dos del dibujo éramos Ko-ko y yo. Claro, uno de esos también podría haber sido mi hermana pero…  Lo cierto es que empezó con eso de las pintadas, con venirme a buscar cada vez más seguido para ir de caza, y terminó regalándome esta piel. Al final tuve que alejarme un poco.

Algún tiempo atrás solíamos salir a cazar con frecuencia. Mamuts, bisontes y demás. Con Ko-ko teníamos una costumbre: nos gustaba dejar un recuerdo de nuestras proezas; así que, a falta de más tecnología, pintábamos las paredes de las cuevas. Siempre había allí algún majestuoso mamut abatido, siempre alguno de nosotros al lado, victorioso, enarbolando una lanza o un hacha. Porque, a decir verdad, nosotros no queríamos ser recordados como un par de inútiles. Más aún, queríamos impresionar a las hembras, así que los cuadros debían ser necesariamente felices. Eso sí, por si acaso, pintábamos antes de emprender la travesía, no fuera cosa que termináramos en las fauces de algún mastodonte.

Por lo pronto, nuestras excursiones eran más o menos similares: siempre nos apostábamos en los montes, ocultos detrás de alguna roca. Por lo general hacíamos un fueguito (ahora que ya dominamos la técnica) para no pasar frío y para ver si, de paso, con el humo atraíamos algún animal. Entonces Ko-ko que, según creo yo, es un auténtico estratega, en voz baja me largaba una sarta de “embe-pembe, uhu, ubu… uh-uh ¡aka!” que yo verdaderamente no llegaba a comprender, así que por lo común él acababa lanzándose sobre las bestias y yo me quedaba agazapado atrás de una roca, no fuera cosa que le arruinara sus maniobras con algún movimiento inapropiado. Y sí, a la vuelta él solía acusar unas cuantas heridas, y yo apenas si había transpirado. No obstante él me quería. Demasiado, quizá.

Así que al cabo de un tiempo terminé abandonando la caza. Ahora pertenezco a una suerte de elite cultural: soy del grupo de los artistas. Yo soy, puntualmente, de los que tallan en piedra; también hay algunos pintores, hay un bípedo que se pone unos cuernos de alce en la cabeza y hace números cómicos, y un par que bailan hip-hop. Últimamente hago retratos, generalmente a hembras. Siempre, claro está, a la espera de que alguna advierta mi costado sensible y se vea fascinada. Porque, a decir verdad, seducirlas es una tarea ardua. En los tiempos de mi padre, aparentemente, la cosa era diferente. Mi querida madre, hembra de amplias caderas ella, tenía un tipo de belleza inusual para su época, y pretendientes no le faltaron. Mi padre tuvo que matar unos cuantos a hachazos, y probablemente haya recurrido a unos buenos golpes de garrote para asegurarse el “sí” de ella. Pero en esta época es difícil. A mí se me hace difícil, al menos. Imagínense que todo “avance” mío es algo así:

Buen día, señorita…

Urrg… arghh… ugu-ugu…

Bueno, bueno, no se ponga así. No venía yo con intenciones indecorosas. Yo sólo…

Embe, embe… ¡ata!

¿Está… comprometida? Bueno, en ese caso… yo no quiero generar inconvenientes. Pero tranquilícese, eso de andar dándose puñetazos en el pecho y a puro grito ciertamente no contribuye a su atractivo…

Arrrgh… ¡ata!

Bien, bien. No soy su tipo, está bien…

Y así suele ser siempre.

 

(En el futuro, los bípedos que se dediquen a cultivar y perfeccionar el arte de las letras habrán de definir estilos, formas y leyes. Disculparán que estas impresiones mías sean más bien desestructuradas.)

 

Algo mencioné de mi familia. Lo cierto es que somos cuatro. Mis padres son un par de bípedos chapados a la antigua. Mi madre, por ejemplo, no acepta esta cosa de andar cubiertos con pieles. Será que ella, muy sacrificada, procuró en nuestra infancia el bienestar de mi hermana y el mío y no se preocupó tanto por ella misma. Así, toda piel que llegaba nos la calzaba a nosotros. Al final parece que terminó acostumbrándose y ahora no hay forma de hacerle vestir nada. A mí me parece un poco escandalizador esto de andar así nomás, pero ella no quiere oír razones.

Pero madre, por favor. ¿Qué van a pensar los vecinos de la parte de adelante de la cueva?

Y ella:

Um-um… embe.

Y así, podemos discutir interminablemente pero nunca llegamos a un acuerdo. Y yo no quiero caer en los métodos de mi padre, él siempre tan old-fashioned, con su garrote a cuestas. No me olvido, por ejemplo, de la vez que mi hermana llevó un novio a la cueva. Ugu-ruku o algo así, creo, se llamaba (¡qué nombres, por favor!). La cosa es que el bípedo éste tenía quizá poco capital, o por ahí fue cuestión de discordancias políticas (mi padre es un cuevista conservador, quizá este Ugu-ruku haya sido radical o progresista) o no sé bien por qué habrá sido pero lo concreto es que mi padre empezó a revolear garrotazos por todo el monoambiente, y no se salvó nadie. Ni siquiera yo, que desde mi posición de hermano mayor quise mediar en el conflicto al grito de “recapacitá, papá, ¿no ves que se quieren?”. No, ni así…

Últimamente mi hermana anda con una cara… Me parece que volvió con el Ugu-ruku ese, aunque quizá me lo haya confundido yo. Lo vi más o menos de lejos pero... Bueno, se parecía… Era alguien… bípedo… y peludo, ¿entienden? Qué ingenua ella, después de las advertencias de mi padre. Espero, al menos, que no esté preñada. Yo les dije que se cuidaran…

           

Creo que el interés por los propios orígenes es una curiosidad natural de todos. Así fue que un día le pregunté a mi padre al respecto. Comprenderán que con él no tenemos un diálogo muy fluido, no obstante alcancé a entender que nuestros antepasados llegaron del África, y que tenemos parientes dispersos por buena parte de Europa ahora. El África, dijo, queda “para abajo”. ¿Cuánto para abajo?, ¿muy para abajo? pregunté. ¿Sí?, ¿cuánto? Y entonces mi padre quedó francamente consternado (es que, saben, no tenemos aún una medida de longitud fiable) y un auténtico dejo de angustia inundó sus ojos… tras lo cual tomó su garrote y me corrió por un buen trecho de monte nevado. Con respecto a mis parientes, averigüé que hay uno en Francia. Allá las cosas son diferentes, con todo ese glamour. Allá sí que están bien. Y nada de Ugu-ruku ni Ko-ko ni nada de eso. Este pariente mío, con la debida clase, se hace llamar “hombre de Cromagnon”. ¿Qué les parece? (Me pregunto qué querrá decir “hombre”.)

 

Y así, más o menos, discurre mi vida. Me enteré recientemente que un grupo de conocidos están planeando un viaje para dentro de poco. Creo haberles entendido que quieren ir al Asia (no me atreví a preguntarle a mi padre dónde queda eso) y, si el tiempo los favorece, hacer después “el cruce” (actualmente promocionan un tour por el estrecho congelado). Yo no creo que vaya. Mis padres ya están sufriendo varios achaques últimamente y mejor será acompañarlos. Le pediría a mi hermana que se quede ella a cuidarlos, pero seguramente no me entendería.

Hasta el menos lúcido de ustedes pensará, a esta altura, que soy verdaderamente desdichado, que soy un incomprendido. Pero bueno, yo lo he aceptado ya. La vida, cualquiera sea la época, consiste en mayor o menor medida en aceptarse uno mismo y lo que a uno le toca en suerte. Y, ciertamente, así como a unos les toca ser gordos o bajos o poco brillantes, a alguien debía tocarle ser un eslabón evolutivo. Lo único que me preocupa es que tengo forzosamente que reproducirme, y ya les conté cómo están de histéricas las hembras de hoy. Espero que al menos eso cambie en el futuro…

© Pablo Bagnato

"Neanderthal" obtuvo el Segundo Premio

en el I Certamen Literario Revista Axolotl.