A dúo

 

Habíanse escuchado mutuamente los jadeos, reconocido su fatiga de horas y días y años de buscarse. En el  instante de asestar la cuchillada decisiva, aparecía a menudo un tallo imprevisible, unas ramas caídas, o fracasaban por el mal cálculo de la longitud del brazo. Se acechaban. Era innumerable el tiempo que llevaban así agazapados en la espesura, vigilándose sin haberse visto nunca. La prueba contundente de que existían era la tierra de la que arrasaron, cada uno por su parte, todo sembrado, tupida de matas espinosas, suficientemente altas como para ocultar los cuerpos arrodillados o yaciendo, nunca erguidos. Ellos mismos habían eliminado la vegetación que pudiera cubrir a un hombre de estatura mediana, en posición vertical.  Iban escondidos como tigres y, en los peores momentos, como batracios. Cada uno con su puñal, pero aprensivos, suponiendo que el otro estaba armado también con un revólver, que no se disparó jamás. Del arma blanca de los dos sabían por el ruido del filo cortando las malezas, como un machete despegando las parásitas. Sintieron un día, una mañana más precisamente, después de una dormida nerviosa pero refrescante, que se habían acercado hasta el punto de tocarse y sin embargo el enlace final de los espacios fue postergado por la imprevista presencia del tronco de un árbol o el salto de algún animal que distrajo la atención. No es que hubieran necesitado verse, se olían. El mero choque de la hoja afilada contra las costillas o su penetración en la garganta o en la nalga, el arisco sonido de un hueso rompiéndose o la fina captación del suave desprenderse de la carne blanda en la herida, les hubiera bastado para cerciorarse de que se acababa el acoso, que en adelante sólo uno de ellos gozaría del aire y de los frutos. Cuando se consideraban próximos, intentaban la embestida, pero al no oír el grito de dolor del adversario y al catar de inmediato la persistencia del murmullo de los cuerpos, los invadía el desaliento y la temida seguridad de que muy pronto el azar volvería a separarlos, que  vano sería el esfuerzo  de enfrentarse  y que  hasta  los ecos de sus respectivos movimientos iba a silenciarse por un largo tiempo. Trozos enormes  de años pasarían y volverían a pasar hasta el nuevo abordaje. Hubo épocas en que los azotaron lluvias prolongadas y se quedaron ambos inmóviles, oxidados, en los charcos, viendo alzarse la vegetación hasta la altura que les permitía erguirse sin peligro y registrar la distancia entre las piernas y el torso o la oposición polar de la cabeza y los pies, olvidados por causa del constante reptar y encogimiento. Si acaso se detectaban soñaban de antemano cómo iban a dar el  golpe de gracia, la agonía del rival o su rendición definitiva. Fue un día memorable aquel en que creyeron los dos haber atravesado al otro, el día en que por una casualidad largamente esperada el cuchillo  introducido en la maleza  había llegado a la carne. Esa intimidad  breve generada por el crimen  significaba que uno solo  quedaba liberado para siempre.  Pero el  cuerpo exánime que lograron avizorar, avanzando un trecho por la maleza cortada, antes de osar erguirse para contemplarlo de cerca y desde arriba, no pertenecía a ninguno de los dos. Seguramente era el de alguien que se equivocó de camino. No tuvieron que exigirse demasiadas pruebas. Se dieron cuenta de que los dos seguían vivos al oír reiterarse el conocido  murmullo de sus respectivos deslizamientos y jadeos y supieron que debían reanudar la interminable cacería mutua, rozando eternamente el suelo con sus cuerpos demasiado curtidos por las espinas, convertidos ya en una cicatriz  a punto de abrirse.

   Fue de repente que los sitió el incendio, lo previeron por la huida inexplicable de las alimañas, luego sintieron la crepitación de los tallos, su dispersión como mariposas deshechas por el fuego y el olor a planta y animal quemados. No llegó a alcanzarlos pero lo palparon cuando fueron obligados a arrastrarse sobre las cenizas y el suelo todavía calientes. Los dos se reconocían por el crujido de sus cuerpos rozando la hierba seca. Habían aprendido a identificarse  por el mero tamborileo de los dedos impacientes de cada uno sobre la madera caída o por el chasquido de las rodillas sobre el pasto carbonizado.

   Con la copiosa lluvia, la vegetación volvió a crecer e hizo menos probable la confrontación. Avanzaron apoyando el vientre en el suelo y moviendo los brazos como si nadaran. Hasta que la humedad fue sólo de rocío.

   El cumplimiento inevitable de la ley de probabilidades los condujo en una  rara ocasión a chocarse con las espaldas. Hubo unos segundos de estupor. Se recuperaron, y se dieron vuelta para atacar clavándose los puñales. Los hundieron tan sincrónicamente que se perdonaron el descuido previo.  Comprobaron amargamente su error. El cuerpo yacente y roto no era de ninguno de los dos. Ellos se conocían bien, aun sin haberse visto nunca . Debían seguir arrastrándose, ahora con más odio y desaliento, ahora que sabían fehacientemente que otras sierpes rondaban por las inmediaciones, no por accidente, quizás con el mismo designio. Delirio haber supuesto  que estaban solos, porque cada día, cada noche y cada hora, una multitud de cuerpos que se arrastran parecen estar tomando posesión de la maleza y amenazar sustituirlos o aplazar el duelo personal por un tiempo infinito. Quieren respirar hondo, la congoja se resiste al aire. La vencen. Se arrastran, con la mano armada.

© Adam Gai

"A dúo" fue finalista

en el I Certamen Literario Revista Axolotl.