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El número
Heriberto tomó el café de un trago y cayó redondo. Desparramado entre la mesa y la silla ofreció por un instante una imagen grotesca, quietud mezclada con sorpresa y caras compungidas como gritando y no. Inmediatamente algunos revolotearon entre nosotros tironeando de sus brazos, de las piernas; todo les parecía agarrable. Pero Heriberto es gordo, no es todo agarrable. Resistido a la movilidad y su gracia, al enorme cuerpo le obligaron posiciones imposibles, contorsiones forzadas por manos urgidas que buscaban hacerlo a imagen y semejanza de lo humano, de lo que ellos eran o creían ser, de lo que imaginaban ahora de improviso en Heriberto, Heriberto muerto, ese hombre anónimo para esos que buscan infundirle una forma, a eso, desparramado y enorme, entre una mesa y la silla, eso, que ocupa un espacio diseñado para otra cosa. Alguien pateó el zapato, un mocasín vencido y lustrado, único, fue a parar debajo de una silla que pertenecía a otra mesa de otra conversación quizá interrumpida sin discordia. Pidieron disculpas, a media voz, alguien alcanzó el zapato, había un rumor de vergüenza, una sumatoria de gestos desproporcionados.
Heriberto descalza un pie bajo la mesa. Siempre. Primero desnuda el talón, después juguetea con el zapato; pide que se lo patee cuando queda de mi lado. El café se toma de un trago, casi tibio, sin azúcar. Cortito y cargado. Alguien quiso ponerle el pie en el zapato, alguien quiso besarle el aire directo al pulmón. Vi al mozo levantar las partes del pocillo, habrá rodado, se habrá partido al primer impacto, o al segundo, seguro que habrá astillas blancas, chiquitas y dolorosas en su cuerpo y en mi mano; alguien me arrancó de su cuello. Supe de la desesperación sin afecto, alguien acarició mi cabeza; un hombre me entregó la agenda de Heriberto, cerrada, abultada por una lapicera ajena. Nadie pago nuestra cuenta. Heriberto me pidió algo que escribiera. Aún ni seña le habíamos hecho al mozo, ni café, nada, lo único que encontramos fue un lápiz de ojos, negro, en el fondo de mi cartera enorme, llena de cosas. ¿Qué hacés con eso, si vos no usás? Lo robé. ¿Otra vez?. Me lo sacó, miró la punta, pasó la lengua y anotó el número antes de perderlo en su memoria; la servilleta de papel no resistió el trazo espeso, se desgarraba en cada número. Sí, dos cafés... Que robo de mierda el tuyo. Ni se te ocurra usarlo; no seas puta pintarrajeada... Insistió sobre el papel, insistió con su tarea, envuelto en un silencio que silbaba aire, finito, agudo, como sereno en su compás. Le saqué el lápiz de un tirón mientras el mozo llegaba con el pedido y cuando lo apoyó sobre la mesa rocé el lápiz con el pocillo corto y cargado -mi torpeza, su enojo- tambaleó la tacita, el mozo fue ágil, pero se volcó un poco en el plato y otro poco en la mesa. Heriberto puso una servilleta para que absorbiera, y yo limpié el derrame con la servilleta del número; lo hice sin querer. Me sacó el lápiz y anotó el número en la mesa, sobre la fórmica blanca. Que gordo enfermo, me dio vergüenza. Sólo le dije enfermo y le acentué la e. Pero, se me va de la cabeza, ahora lo paso, pidamos una birome o algo... El mozo trajo una Bic grasosa, me dio asco y no quise aceptarla, Heriberto cruzó el brazo sobre la mesa, es tan bruto, y se la sacó de la mano, que bestia, ni gracias le dijo. El café está tibio y es de filtro. Que bar de mierda, dije. A mí me gusta. Y se lo mandó de un trago.
Lo vi llegar a la puerta desde la esquina del bar, siempre puntual, con esa vaivén fatigoso, me reconoció con un gesto en su mano y yo me apuré, pero no corrí. Yo nunca corro, él tampoco. Me esperó, ni un beso; rodeó mi cintura; se apoya así, en mí y me empuja, siempre me empuja así, para que no pueda culparlo él dice que no es que empuja, el dice que es gordo y que su mano pesa sobre mi espalda, sobre la cintura, sobre cualquier cosa que toque. Entramos, nos sentamos en la primera mesa, al lado de una ventana; yo corrí el florero cargado de arena con una margarita de plástico sucia; le incrustaron el falso tallo hasta el fondo. Para qué algo tan feo, qué necesidad de embellecer lo feo, con cosas más feas, hay cosas que ya no tienen remedio y este bar es horrible. Él suspiró largo, bufando el mismo aire que antes me había robado, mientras me empujaba, y mezclado en el suspiro largó ¿Tenés una birome o algo que escriba? y se desinfló y terminó de sentarse. Porque se me va el número de la cabeza. © Vanesa Guerra "El número" fue finalista en el I Certamen Literario Revista Axolotl. |
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