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KARINA SACERDOTE |
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Los espejos
Dentro de unas horas, María abrirá la puerta y me verá muerto. Seguramente entrará sonriendo, tan bella como siempre. Ilusionada, pensará que nos reiremos juntos apenas la vea. Que nos abrazaremos y lloraremos de felicidad. Creerá que al fin mis males, mis traumas se evaporarán y continuaré mi vida como nueva. Cuando me vea muerto, entenderá que todo era real. Hace ya muchos años, el acecho de la muerte me atormenta. Los dolores de cabeza se habían vuelto permanentes. Ya no dormía. Aunque intentaba actuar como siempre, el dolor, ese dolor maldito que desde entonces me acompaña, ya no me permitía pensar. Y el miedo, el miedo se apoderó de mí. Comenzó entonces una carrera desesperada. Maratón de análisis, tratamientos. Una vorágine de caras y palabras metódicas, frías como una noche fría esperando nada. Inmediatamente la noticia, las dudas, la desesperación y este dolor insoportable que aguanto porque no tiene remedio. Llegué a casa a la hora de siempre y Sandra me recibió con los brazos extendidos. Para evitar ese abrazo creo que la empujé. Todavía recuerdo su mirada de asombro pero en ese entonces no me importó, nada me importaba más que mí mismo. Entré al dormitorio. Cerré la puerta con llave. Lloré. Me enfurecí. Minutos después los muebles y adornos del cuarto eran despojos de una vida ideal. Me senté en la cama. El espejo de la cómoda permanecía en su sitio. Intacto se ofrecía a mis manos heladas por el invierno de la muerte respirándome en la nuca. Caminé hasta el espejo y el me convidó su última imagen antes de ser trizas frente a la fuerza de mi puño. Sandra golpeaba la puerta. María lloraba en su cuna. Desperté. Me acerqué y giré la llave. —¡¿Qué es esto, por Dios?! —dijo Sandra y corrió para tomarme las manos que chorreaban sangre—. ¿Qué es lo que te pasa? No contesté. No la miré siquiera. Mis ojos estaban presos del rojo que manchaba la alfombra. Sandra miró a su alrededor: —Rompiste todo... —dijo, y yo noté que se sentía perdida. Como si no supiese qué decir pero con la necesidad de decir algo—. El espejo... —sus ojos se movían de un lado a otro —tendrás siete años de mala suerte... —murmuró sin pensar o pensando “algo” para lo que no tenía palabras. Reí. Acongojado reí. Histérico reí. Sandra tomó una toalla y me envolvió las manos. María dejó de llorar y se volvió a dormir. Permanecí en silencio y ese mutismo envenenó a Sandra que ya no volvió a preguntar nada más. A partir de ese día, todo, excepto mis jaquecas, fue distinto. Sandra murió. Murió de pronto, en un accidente incomprensible. Un árbol se le vino encima y aunque estábamos juntos, yo permanecí vivo. Vivo, con esa sombra de muerte acompañándome. Nada me asustaba más que esa sombra a la espera. Me aferré a la vida que detenida en un limbo, esperaba el momento para continuar su fuga. Durante unos meses permanecí en estado de desesperación. Enclaustrado en la casa, esperé lo inevitable. Pero entonces, cumplido el plazo de tiempo profetizado por la ciencia, comprendí. Y cuando comprendí que por siete años seguiría vivo, supe que la desgracia me acompañaría. Supe que, aún así, quería seguir viviendo. Dejé a María al cuidado de mi hermano. No me importaba el destierro. No me importaba nada salvo respirar. Seguiría vivo costara lo que costara. No me dejaría atrapar. Prefería vivir signado por el miedo a morir en brazos de la sombra. Llené mi casa con espejos. Vendí la mayoría de los muebles, conservé los más útiles y livianos. Eliminé todo aquello que pudiera provocar un accidente. Dejé de usar el gas, la electricidad. Deseché los cubiertos, todo lo que fuese de vidrio, las herramientas. Mi dieta alimenticia se redujo a frutas y verduras crudas. Una vez por semana me comunicaba con mi hermano para seguir los pasos de María. A los siete años rompí otro espejo. La casa fue deteriorándose, me acostumbre a vivir con plagas de cucarachas, termitas. Mataba las ratas con un martillo. Llamaba a María de tanto en tanto, cuando comenzó a pedirme que nos viéramos dejé de hablarle. Seguí respirando. Después llegaron las goteras, la humedad, los muros comenzaron a derrumbarse y, al cumplirse siete años rompí otro espejo. Me mudé al sótano. Llevé conmigo mis espejos. Mis ojos se acostumbraron también a la oscuridad, los días y las noches dejaron de diferenciarse. Solía salir por las tardes, con cuidado extremo, para conseguir alimentos. Sentía como única realidad, la compañía de la muerte al acecho y de la vida pendiendo de un hilo. Me aferré a vivir así hasta que un año atrás apareció María. Al principio no la reconocí. La última vez que la había visto tenía dos años. Cuando me dijo “papá” me estremecí hasta las lágrimas. —No voy a permitir que sigas viviendo así —me dijo y se acercó aún más. Vi su cara con la luz que entraba por la puerta abierta y ella me sonrió. —Me costó mucho encontrarte, papá. No te tengo resentimientos por haberme abandonado. Sé que pensás que fue tu culpa la muerte de mamá — se agachó y me tomó de las manos. —Vamos... No pude resistirme. La abracé y lloramos juntos. Ella cuidó de mí, me devolvió la alegría. Cuando comenzaron los sucesos trágicos, supe que debía decirle la verdad. —No, papá, no estás vivo por la maldición de los espejos. Iremos al médico y verás que ese tumor no existe. Vos necesitás ayuda de otro tipo. Un tratamiento psicológico. Te contactaré con un colega mío para que te vea. Él te hará comprender que esas creencias supersticiosas, nacieron de la culpa por la muerte de mamá. —Necesito que entiendas, María —dije y supe que dijera lo que dijera no me creería—. Perdiste el trabajo, te quebraste la pierna paseando conmigo... —¡Basta! Son casualidades... —dijo y me abrazó — romper un espejo y tener siete años de mala suerte es un mito. Un mito al que te aferraste para justificar tu vida sin mamá. Dejame llevarte a alguien que te ayude... Pero me resistí. —Desde hace casi veintiocho años sigo vivo para cumplir la condena. Si esta noche no rompo un espejo, moriré. —Prometeme que no lo vas a hacer—dijo y en sus ojos vi que no la haría cambiar de parecer—. Vas a ver que no te vas a morir, papá. Hacelo por mí, prometémelo. —Lo prometo —dije y María me abrazó. Lo prometí sabiendo que acababa de firmar mi sentencia de muerte. Ese abrazo fue consuelo. —Cuando mañana venga a verte, nos reiremos juntos de todo esto y vos empezarás con un tratamiento para ponerte bien. —me sonrió con ternura —. Te amo, papá, no voy a perderte otra vez... Y ya nada dije.
Poco a poco la sombra de la muerte me abraza. Sus brazos me rodean helándome. Sabe que al fin seré suyo y ríe. Miro el espejo frente a mí. Mis manos se hacen puños. Los ojos de María están en la imagen de los ojos míos. No puedo destruir la imagen de esos ojos. La vida reanudó su huída y baila mientras se aleja. La estoy viendo apagarse. En instantes todo será oscuridad. En unas horas, por esa puerta entrará María y estaré muerto.
© Karina Sacerdote |
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