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La llave
El día en que volví a La Esperanza, sentí que como en una película de ciencia ficción, atravesaba la línea invisible del tiempo a través de un túnel imaginario e instantáneo que invariablemente me conducía a los solitarios años de mi infancia y adolescencia. Los recuerdos me golpearon con la fuerza de los olores olvidados, de los colores que se opacaron a fuerza de enterrarlos en la memoria, de las formas y dimensiones que se fueron tornando indefinidas con el paso del tiempo, de los sabores que se perdieron, de los sonidos que se apagaron y de las texturas que se desvanecieron. De pie, todavía aferrado a la ruinosa reja de hierro oxidado, creí que no podría soportarlo y me pregunté para qué había vuelto y si después de tantos años tenía sentido encontrar la respuesta a una pregunta que ya me había resignado a dejar sin contestar. Un jardín de pastos amarillos y arbustos entremezclados sin orden ni fin enmarcaban el camino de entrada a lo que alguna vez había sido mi hogar. El añoso parque de palmeras, pinos y árboles frutales se había transformado en una selva reseca y muerta, en dónde los insectos habían encontrado su Edén. Caminé por las losas resquebrajadas hacia la casa y a mitad de camino me detuve para contemplar la vieja y descuidada construcción. El brillo del mármol de Carrara de la escalera había sucumbido debajo de una capa de hojas podridas y polvo acumulado. Las celosías de las ventanas colgaban inertes exhibiendo sin pudor los vidrios sucios y rotos. Me pregunté cómo mi padre había podido vivir sus últimos años en semejantes condiciones de abandono. Entonces tomé conciencia de la llave en mi bolsillo izquierdo. Su peso se hizo inmenso y apremiante. Mi mano transpirada la apretaba desde que traspuse el portón de entrada al jardín y sin embargo su existencia se había desvanecido ante el peso intolerable y aplastante de los recuerdos. Ahora quemaba mi piel y encendía mi carne. Pensé que nunca más iba a usarla y sin embargo jamás me había atrevido a deshacerme de ella. Simplemente me había limitado a recluirla en un cajón por años y ella había permanecido latente e indiferente a las mudanzas hasta que dos días antes había llegado la carta del abogado comunicándome la muerte de mi padre y remitiéndome por orden del finado otra llave, más pequeña y más arcana, que de inmediato supe de qué cerradura era custodia y de qué secretos cómplice y carcelaria. Habían sido poco más de veinticuatro horas de vigilia luchando conmigo mismo, con mis dudas, incertidumbres y sentimientos. Largas e interminables vueltas de las agujas del reloj durante las cuales los fantasmas del pasado volvieron a obsesionarme. Abrí la puerta. Entré. El olor a humedad me sacudió y me negué a mirar a mi alrededor. No quería sentir, no quería llorar. Sabía sin ver que me recibirían los pájaros y bestias embalsamadas de mi padre y que sus ojos vidriosos y apagados seguirían mis pasos vigilando cada uno de mis movimientos. Después de tanto tiempo, podía sentir nuevamente la presencia de sus cuerpos sin alma, marionetas inmóviles que no podrían disimular con sus poses que habían sido asesinadas. Fui directamente al piso superior sin permitir que nada que pudiese remover mis recuerdos me alejara del objetivo de mi visita. Sentí cada escalón como si me transportara una escalera mecánica que me deslizaba hacia arriba como si la fuerza de la verdad me elevara. Llegué a arriba y doble a la derecha hasta el primer cuarto. Abrí la puerta y me fue imposible pasar por alto el contraste del estado de esta habitación con el del resto de la casa. Parecía que la vida de mi padre se había limitado los últimos años a estas cuatro paredes que encerraban el único espacio de la casa que parecía que el tiempo no había podido corromper. Delante de la cama matrimonial estaba el inmenso baúl que había acompañado a mi madre en su viaje desde su tierra natal en aquellos tiempos en que las travesías desde el Viejo Mundo se hacían en barco y que se había cerrado para siempre el día en que mi madre se marchó y nos abandonó. Saqué la pequeña llave de mi bolsillo derecho y la introduje en el candado. Lo abrí y lentamente levanté la pesada tapa. La alfombra recibió mi cuerpo cuando, envuelta en las sábanas que mi madre bordó para su noche de bodas, encontré su cuerpo embalsamado, mirando con ojos de vidrio cuánto había yo envejecido desde aquella tarde de mis inocentes ocho años en que nos habíamos visto por última vez. Desde esa tarde en que comenzó mi búsqueda en cada mujer que acarició mi vida de hombre solitario, llorándola cada noche en las que en mis sueños volvía a formularle a mi padre la pregunta cuya respuesta, por fin después de tanto tiempo, conseguía responder: - Papá, dónde está mi mamá?
© María Verónica Magadán "La llave" fue finalista en el I Certamen Literario Revista Axolotl, en la categoría cuento. |
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