|
|
|
||
|
|
|||
|
|
|||
|
El viaje a Lorgan
—¿Cómo llegó a Lorgan señora? —un hombre, de bigotes prominentes y larga nariz, lanzó esta pregunta ni bien entré. En ese momento me di cuenta de que mi viaje hacia tan remoto lugar era absolutamente ilógico. Recuerdo que no lo noté sino hasta que este hombre de mirada gentil me lo preguntara. Ocurre que cuando uno desempeña algún tipo de actividad de manera natural, no se planta a pensar si lo que hace, es o no un hecho verosímil. Lo hace porque debe hacerlo, porque el destino se lo pide, o porque tiene ganas. Y no le busca ningún significado a dicha acción porque lo que le preocupa es, en realidad, lograr su objetivo. Menos aún se hace preguntas si el medio para conseguirlo es ejecutado en soledad. No habiendo testigos, uno no necesita dar explicaciones. Pero justo allí, ante ese interrogante, quedé paralizada y no conseguí ni siquiera balbucir una respuesta. El hombre, al parecer, no desistiría. Volvió a preguntar una y otra vez hasta que de mis labios comenzaron a salir las palabras relatando los hechos: —Me encontraba en mi cuarto, leyendo Descanso de caminantes, los diarios íntimos de Adolfo Bioy Casares. ¿Lo conoce Usted? Disfrutaba aquella anécdota de su encuentro con unas jovencitas en una plaza: lo invitaron a improvisar unos versos y él compuso un poema de lo más atrevido. Me sorprendí cuando, de pronto, la luz del velador que me iluminaba se apagó. En medio de la oscuridad, dejé el libro sobre la cama, tanteé las pantuflas y me dirigí hacia la llave de luz de la habitación. Caí entonces en la sorpresa: no se había quemado la lamparita del velador, sino que se había cortado la luz de toda la casa. Bajé las escaleras para buscar unas velas en la cocina, y a la lumbre de un encendedor advertí que no había ninguna. Pensé entonces en irme a dormir esperando que a la mañana siguiente se solucionara el problema, pero no tenía ni una pizca de sueño. Vino a mi mente la imagen de la estación de servicio: está abierta las veinticuatro horas y se encuentra a cinco cuadras de mi casa. Decidí entonces ir allí a comprar velas. Caminaba por la calle solitaria y me llamó la atención el graffiti en la pared de la antigua fábrica, que está justo enfrente de la estación de servicio. El graffiti es muy simple, tiene la imagen de una puerta y encima de ella dice: Directo a Lorgan. Me acerqué al dibujo y lo toqué, la puerta entonces se abrió. Mi alma de aventurera no podía resistirse: Lorgan sonaba como un lugar mágico. El hecho de que un dibujo se transformara en algo real ya era prodigioso; así que sin pensarlo dos veces, crucé el umbral con unas extraordinarias ansias de llegar a Lorgan. Percibí que sería un lugar selecto, oculto en otra dimensión y que se evidenciaba sólo ante seres elegidos. Apenas crucé la puerta me topé con Usted. Era natural que un lugar como éste tuviese un guardián para impedir la entrada de intrusos y examinar las posibilidades de los aspirantes. Su simple pregunta, sin duda, ha de ser una prueba para medir mi genio, un acertijo encubierto en un simple interrogante: ¿Cómo llegó a Lorgan? Cuando terminé de hablar, el hombre se tocó el bigote e hizo un gesto de desaprobación. —Oh, no... Déjeme pensar un poco más por favor —le dije—, estoy segura de poder descubrir la solución del acertijo. Cuando usted me interroga, en realidad no espera que describa cómo llegué aquí, sino que necesita escuchar una frase absolutamente desvinculada a la pregunta que contenga la clave escondida para atravesar los límites de estas puertas. ¿No es así? El hombre soltó una carcajada. —¿Usted usa anteojos? La pregunta me resultó totalmente absurda pero comprendí que era otra parte del acertijo que me ayudaría a descifrar la primera.
Contesté que sí (en efecto uso
anteojos aunque en ese momento no —¡Eso lo explica todo! —dijo ahogado por la risa que intentaba disimular—. Mi nombre es José, soy el sereno y acabo de reemplazar al guardia anterior. Parece ser que cerró mal la puerta, un descuido imperdonable, sin duda, pero consecuente con las tres botellas de cerveza que bebió y olvidó llevarse con él. Cuando vine a revisar la cerradura porque sospeché que algo andaba mal (no podía fiarme del borracho), me encontré con usted adentro. Supuse que estaba perdida, que quizás era sonámbula, me extrañó verla con pijamas; por eso le pregunté cómo había llegado aquí. Esto no es un pueblo mágico, es una fábrica de muebles, lo que usted cataloga de graffiti es la nueva decoración (bastante moderna para mi gusto) y lo que dice sobre la puerta es: "Directo de Fabrica / Muebles Lorgan" creo que como "de Fábrica" y "Muebles" están escritos en azul sobre un fondo gris, usted no las vio, por eso creyó leer "Directo a Lorgan”... Mientras el hombre hablaba dirigí mi vista hacia el escritorio que estaba a su izquierda, sobre él se hallaba abierto de par en par un catálogo de muebles. Cuando sentí el calor que nacía en mis pies y subía hasta mis mejillas, atiné a mirar fijamente el libraco. Bastante caro, dije mientras mis ojos se fijaban en una manchita incierta debajo de la fotografía de “algo” que parecía ser una cómoda. Tendrán que bajar los precios si quieren vender algún mueble, dije. Y me fui de la misma forma en que había llegado. © Karina Sacerdote |
||