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Abutama
Mi abuela Tamara era la abuela perfecta. Podía pedirle casi cualquier cosa que ella me lo daría. Y no sólo por bondad hacia su nieto como ocurre con todas las abuelas, ni por sobrarle el dinero, como algunas. No, mi abuela siempre tuvo lo que necesité, exactamente eso y de inmediato. En algún momento mis padres me prohibieron aceptar nada de ella, temiendo que pudiera malgastar sus ahorros. Pero Abutama se las ingeniaba para hacerme llegar regalos en el día y momento propicios. Yo no sabía como funcionaba esta maravilla aunque alguna vez imaginé que ella conocía bien mis preferencias. Una tarde de invierno y chocolate le comenté que empezaría a practicar tenis en el club de los bomberos. Abutama comenzó a decir que ella había visto la fundación del club. Sin terminar la frase, miró las escaleras y como respondiendo a un silencioso llamado subió hacia su habitación. Por no quedarme solo en la planta baja del caserón, subí tras ella. Allí la encontré sacando algo pesado de abajo de la cama: una caja de metal. La caja, como las de té pero mucho más grande, estaba labrada de forma fantástica. Mi abuela la abrió lentamente. De soslayo y mientras levantaba la tapa brillante, sonrió. Supe que esa sonrisa me hacía cómplice de su secreto y asentí con la cabeza. Del interior salían unos dedos de colores. Parecían guantes. Guantes de arquero. Guantes de fútbol nuevitos y con olor a cuerina recién pintada. Mientras me los probaba la miré. Ella apenas se encogió de hombros y guardó la caja. Al día siguiente la clase de tenis se suspendió. En el equipo de fútbol faltó un jugador. Me vieron gordito así que fui al arco. Resultó que tenía reflejos. Pasé mi niñez gastando guantes a fuerza de atajadas. A los dieciocho años, una beca de estudios y un océano me separaron de Abutama. Y con el correr de los años me alejé más y más de lo que alguna vez fuera mi mundo. A víspera de mi cumpleaños número veintitrés, sin esperarlo, recibí una pequeña encomienda que contenía un regalo de mi abuela: dos anillos de compromiso. Sólo Estefanía y yo sabíamos del embarazo y nuestra relación llevaba apenas unos meses. Junto al obsequio, una carta me traía besos, recuerdos y cuatro palabras: “estaba en la caja”. La luna de miel nos llevó a visitar mi tierra y a mí abuela Tamara. No estuve mucho con ella aunque sí lo suficiente para saber que sería la última vez. A pesar de su frágil estado me sonrió desde la cama y señaló hacia abajo, al piso. Y yo entendí. Desde entonces, varios años ya, la caja adorna la mesa familiar. Llenarla de dulces para los niños se convirtió en una manera de atesorar el recuerdo de Abutama.
Ayer por la noche volví de improviso a mi casa. Mi vuelo de negocios se había pospuesto por una falla mecánica. Como mis hijos estaban de campamento llevé comida china y champagne. Dejé todo sobre la mesa, junto a la caja. Me sorprendí cuando vi un arma en su interior. Azorado la tomé. Parecía real: sólida, helada. Por un impulso subí a la habitación. Encontré a Esteffi con un hombre. Descubrí, entre los gritos de terror, la voz de un amigo muy querido y, en el estampido brutal, que el arma era verdadera. © Daniel Giménez |
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