|
|
|
||
![]() |
|||
|
|
|||
|
|
|||
|
La noche de las bestias Los grandes líderes del mal se han reunido esta noche en un pequeño bar en San Telmo; y el cielo, como si pudiera intuirlo, descarga toda su furia sobre la ciudad de Buenos Aires. Un hombre joven de galera y capa negra avanza por una cortada de adoquines hacia la puerta del local. El viento, que en fuertes remolinos revuelve papeles en la calle, no parece ofrecerle a él ninguna resistencia. Dos golpes pausados seguidos de otros tres más rápidos, y tras la contraseña la puerta de madera y hierro oxidado se abre y una mujer gorda de mejillas sonrosadas lo invita a pasar. En un sólo movimiento lleno de elegancia, el joven se quita la capa y la lanza hacia el perchero. Entrega su sombrero a la mujer y, mientras peina con la mano su larga cabellera negra, recorre con la mirada el lugar. El tabernero se acerca con paso corto y veloz. —Conde, bienvenido a nuestro humilde establecimiento. El conde lo mira de reojo, sonríe de costado y camina hacia una mesa en la que un hombre pequeño y un payaso discuten acaloradamente acerca de sus capacidades de generar terror. —Mister Hyde —saluda el conde, haciendo una leve reverencia al pequeño. —Buenos días —responde él. Tiene un mate en la mano. Sorbe un poco y hace un gesto de disgusto—. Conociendo las costumbres del lugar. —Usted debe ser el Conde Drácula —interrumpe el payaso—, lo estábamos esperando. El Conde toma una silla de la mesa de al lado y, aparentando no prestarle atención, se sienta junto a él. Apoya el codo sobre la mesa, y juega chasqueando con sus largas uñas. De pronto se vuelve hacia el payaso. Sonríe sin ganas. Sobre el labio inferior asoman sus colmillos brillantes. —¿Y usted quién es? —Veo que lleva un tiempo alejado del mundo. Pregúntele a Stephen King quién soy. Drácula devuelve a la grotesca máscara una mirada amenazante. —Un payaso engreído. Norteamericano —agrega Hyde en tono burlón. Vuelve a sorber, parece comenzar a acostumbrarse al gusto amargo de la bebida. Sentado entre los dos contrincantes, un hombre deforme, lleno de cortes y costuras desprolijas, sigue con la cabeza las palabras de uno y de otro. Su vocabulario apenas le permite entender sus sarcasmos. El tabernero se acerca con una bandeja. —Su pedido de siempre —apoya sobre la mesa una copa y sirve un espeso líquido escarlata. Un grupo de vampiros menores se acerca a saludar y el Conde aprovecha la ocasión para interrumpir la charla. Con la copa en mano se dirige hacia una plataforma donde un fantasma toca al piano la obertura de una ópera de su autoría. En cuanto lo ve acercarse, el músico interrumpe su interpretación. —Amigos —Drácula levanta la voz para lograr la atención de todos los presentes. Todos giran hacia él. Una pareja de gárgolas, que hasta entonces habían permanecido quietas en una mesa apartada, abandonan su rigidez y se acercan lentamente al grupo. —Ya todos sabemos el motivo de este encuentro. El mundo ha dejado de creer en nosotros. Dicen que somos fantasías, personajes de cuentito. Creo que ha llegado el momento de demostrar que no lo somos. Todos aplauden entusiasmados. —No me extraña que hayamos perdido popularidad—sentencia Mr. Hyde señalando a su compañero de mesa, que lo mira furioso—. ¿A quién puede asustar este payaso ridículo? O aquella abuela, que teje en su mecedora mientras nosotros discutimos nuestro futuro. —Dudo que Mary Crane opine lo mismo —responde ella, y presiona un botón en el brazo de la mecedora. Un cartel luminoso, de colores brillantes, se prende en el respaldo, sobre su cabeza: Motel Bates. Hay lugar. La anciana sonríe con ironía. —Hemos servido de inspiración a infinidad de escritores y artistas —grita el Conde para elevar su discurso sobre los murmullos—. Sus obras, que en un principio nos enaltecieron y honraron, con el tiempo han acabado por relegarnos a un lugar insignificante: el del mito. Hace un tiempo que vengo estudiando este espacio del planeta, y parece reunir todas las condiciones que nos permitirán extender nuestros dominios. El terror es un género poco cultivado. Sin embargo, la gente aquí es tan exagerada y supersticiosa como en el viejo mundo. —Y lo bien que hacen— acota una mujer delgada, de pelo oscuro y enmarañado, mirando a los ojos desorbitados de una cabeza que flota en formol, en un frasco sobre la mesa. El Conde observa en silencio. Sonríe ante la actitud de sus oyentes, quienes se lanzan miradas desafiantes unos a otros. —Propongo que, para festejar nuestro regreso, organicemos una competencia. La mejor manera de comprobar nuestra superioridad sobre el resto será disputándonos una vida. Hoy alguien recibirá nuestra visita.
Una niña duerme serena en su habitación. La brisa suave que se cuela por la ventana agita sus cabellos castaños. Su sonrisa delata un sueño tranquilo. Con la brisa llega a sus oídos un susurro. —Despierta. Tienes compañía. La niña abre los ojos. A su lado, acechantes, resplandecen los colmillos blancos del conde que, riendo, se convierte en murciélago y revolotea en círculos sobre la cama. A lo lejos se sienten aullidos de luna llena. Chirría la puerta de un armario, y de su interior sale arrastrando su bolsa un hombre andrajoso y maloliente que esconde su cara debajo de una capucha. De un salto llega a la cama y extiende sus brazos hacia la niña que lo mira sorprendida. Pero, antes siquiera de llegar a tocarla, un bastón lo golpea por la espalda y tras el cuerpo desplomado del hombre, se alza la figura diminuta de Hyde. Ensaya su cara más siniestra y amenaza con el bastón a la niña. Ella se sienta sobra la cama, se acurruca en un rincón y lo mira con ojos enormes. —Los globos flotan, tu también flotarás —un manojo de globos de colores colorea el hueco de la ventana. Y tras los globos, asoma la cabeza de un payaso de pelo rojo fuego y sonrisa macabra. Hyde corre hacia la ventana y le asesta un golpe en la cabeza. La niña estira el cuello, al oír el cuerpo golpeando contra el asfalto. Hyde salta, entonces, sobre la cama y enfrenta a la chiquilla. Ella lo mira desafiante, su mirada lo irrita. Comienza a acercarse amenazante, pero una anciana irrumpe en la habitación empuñando un cuchillo y avanza directo hacia la niña para adelantarse. Tras ella corre una mujer de cabello enmarañado. De un manotazo arranca la cabellera a la anciana. Mira desconcertada la peluca, luego al hombre que hasta hacía unos segundos la había llevado en su cabeza. La escena ha distraído incluso a Hyde que se agarra la cabeza con fastidio. La joven bruja tarda en reaccionar, pero finalmente grita invocando a su Impulsor. —¡Impulsor! Mi Impulsor. ¡Apoderate de su cuerpo! ¡Apoderate de todos ellos! Se amontona en la ventana una horda de monstruos que pugnan por entrar. La habitación se ha convertido en un campo de batalla donde no hay bandos. Todos luchan contra todos, ajenos a la grieta, de intenso brillo azul, que comienza a abrirse en una de las paredes. De la grieta salen tres seres de piel pálida, casi tan azules como la luz de la que han emergido. Llevan cadenas y mazos decorados con anzuelos. —Creo que alguien olvidó invitarnos a la fiesta —dice uno de ellos, haciendo tintinear una de las espinas metálicas en su cabeza. Alguien ríe. El conde ha recuperado su aspecto más humano y se ha unido al grupo. Su cara pálida, extrañamente, refleja horror. Alguien vuelve a reírse. Es una risa aguda, casi imperceptible. Proviene del extremo de la cama. Todos giran con lentitud hacia la niña y la miran espantados. Su piel de seda ha adquirido una tonalidad verdosa y se ha cubierto de llagas y heridas, sus ojos castaños desprenden un brillo rojizo. Parada en cuatro patas, gruñe palabras incomprensibles. Su voz ronca y envolvente inunda la habitación. Aquellos que todavía no han logrado entrar se lanzan a la vereda y corren calle abajo, tras ellos sale el resto. A mitad de la calle, el conde se voltea y eleva la vista hacia la ventana. Del otro lado del cristal brillan los ojos triunfantes de la novia de Satán. © Mariana Alonso |
||