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Aquello que puede salvarte I Despedida De madrugada. Alcancé la cartera que estaba sobre mi mesa llena de papeles, un abrigo y las llaves. Cerré la puerta con la impresión de estar despidiéndome. Mi vida era una maraña de confluencias del destino. Poco entendía yo de mi soledad, y poco, también, podía hacer para cambiarla. Él y su risa, como campanadas en mi memoria, me despertaban cada noche. Y así quedaba, mirando el techo hasta el alba. Nada atrapaba mis horas, sólo aquella extraña sensación de querer huir. Caminé por el largo corredor que separaba mi puerta de la calle, subí al auto y encendí el motor. Y así comenzó el maravilloso viaje.
II Las dunas Hacía frío. Busqué el mapa de rutas en la guantera mientras comenzaba la música, era la banda de sonido de una vieja película italiana. Su melodía obsesiva, de esas que envuelven los pensamientos, hacía que mi infancia me recibiera de nuevo. Crucé semáforos y esquinas, alejándome de la ciudad y de mí misma. Pasaron horas y kilómetros de pensar en nada; amanecía en la ruta confortable, hasta que al fin llegué al mar.
Y esa fue la primera imagen que se formó en mis ojos como una fotografía: tierras de oro mientras el sol asoma y las olas acompañan con su música la soledad de la mañana. Caminé un rato en cualquier dirección, descalza sobre la arena húmeda. Era extraño cómo aún en ese lugar donde la paz, el agua y los pájaros inundaban todo, sentía también la necesidad de irme. Otra vez partir, lejos, más lejos de lo que mi realidad indicara. Me detuve y contemplé las huellas de mis pasos en la arena antes que el mar las borrase. Las imágenes del pasado se proyectaban como fotogramas que aparecían y se apagaban con la cadencia de las olas al romper. ¿Qué nos había sucedido? ¿Cuándo el amor comenzó a convertirse en indiferencia? ¿Cómo fugarse del mundo sin morir?
Segunda imagen: Un pájaro cruza el cielo, rompe el silencio, planea con su propia soledad. Para de golpe, y en un picado cambia el rumbo precipitándose en el agua. Y pienso en las olas y pienso en el pájaro: uno repetía interminablemente el mismo destino, el otro cambiaba de forma abrupta su suerte pero sin saberlo. Es lo mismo: El ave ignora su libertad, y las olas su dependencia.
Así, sentada en las dunas, pasó el tiempo. No paraba de pensar, hasta que me quedé dormida. Me despertó el frío de la noche. No sabía dónde estaba, no entendía cómo había llegado hasta allí, atardecía y me pareció haber dormido durante muchas horas. Me sacudí la arena como si en ese ritual me deshiciera de cada uno de mis fracasos. Caminé y el mar era el mismo, lo sentía como a una manta plateada sobre un colchón de agua invitándome a dormir, pero no iba a entregarle mi alma a Poseidón de esa manera... El viento helado en mi cara me hacía sonreír. De qué y por qué sonreía no lo sé, tal vez más imágenes, más pasado. Desde que recuerdo, mi vida fue solitaria. La realidad no me atraía, y mi búsqueda... ¿cuándo comenzó mi búsqueda? ¿A los ocho años, con Bradbury?; ¿En un cerro en Tilcara?; ¿En un viaje astral, en un sueño? Es como si hubiera nacido con ésta sensación; como si latiese dentro de mí un segundo corazón, desde siempre, sin principio.
Poco más tarde volví al camino y encontré mi auto. Encendí las luces altas iluminando el cielo, luces que nada podían contra las estrellas: brillaban más, aunque algunas han desaparecido miles de años atrás.
Tercera imagen: La luna blanca y radiante oculta su lado oscuro, como un escudo de plata nos protege de la noche. También lo ignora.
III El bosque Más rutas desiertas. Sentía hambre, cansancio y necesidad de un baño caliente. Al menos esta noche su risa no me despertaría. No mientras estuviese alerta.
Había un hotel cerca. Hacía tiempo que no lo visitaba pero sabía que debía existir aún...parecía una torre, con paredes de piedra y una puerta ojival. De los dos caminos opté por el que conduce al bosque. Después de diez o quince minutos divisé el cartel medio quemado y tallado en madera, en el cual de lejos podía leerse “La torre”. El posadero era el mismo: un viejo amable pero extraño, al que le gustaba contar historias que nadie creía. Esa noche, después de mi baño y mientras cenaba una comida pantagruélica, el posadero me contó sobre la nave y sobre la orilla de aquella playa desierta.
IV El relato —Fue hace varios años —me dijo—. Una noche de año nuevo, a la vez que hermosas luces crispaban el cielo, vi descender un objeto redondo y raro. Pero nadie creía ya mis historias, qué iba a decirles... muchas veces mi fantasía me había jugado malas pasadas. Yo sabía que vendrían, lo intuía desde que era muy chico. Sólo por eso miraba el cielo todas las noches. El objeto fue a dar a la Playa del Sol, tan lejana, que al no tener muelles sus olas son terribles. Casi nadie va. Seguí la luz, el trayecto de esa masa redonda que caía lentamente pero con una gravedad extraña. Me tomó varias horas encontrarla, pero al fin la vi. Se había estrellado entre las dunas. Bueno, estrellado es una forma de decir: su caer era lento, muy lento. Al verlo frente a frente le descubrí luces de colores que no puedo describir; magentas, cyanes... ¿cómo decirlo? Parecía una imagen en negativo, semejante a los rollos de fotos cuando se revelan y se los ve a contraluz. No sabía si eran las burbujas del brindis de esa noche, pero me pareció que una parte de esa estructura se movía, como abriéndose. Le soy sincero: me asusté; corrí tanto, que la respiración casi se me termina. Llegué a casa exhausto y débil, alucinado. Era una de esas noches de verano en las que hace frío, y el hogar mantenía aún el fuego. Me senté a ver las llamas y me dormí. Al despertar, mi memoria se confundía y no pude distinguir las imágenes del sueño de las imágenes reales. No le dije nada a nadie, qué les iba a decir. Y aún no sé por qué se lo estoy contando hoy. Supongo que es porque dentro de unas semanas se cumplirán diez años de aquello. No sé, tal vez haya sido una fantasía más, tal vez no. Cuando volví al otro día, la “cosa” ya no estaba. La busqué hasta con prismáticos, pero nada. Sólo médanos, enormes dunas y la orilla con su obsesivo ruido. Nada ante mis ojos. Después de eso no hablé durante semanas. Miraba el cielo de noche con una fijeza alarmante. De día dormía y soñaba, o imaginaba esa puerta abriéndose. Cada noche mi sueño mostraba un interior distinto, el posible contenido de la fantástica carcasa. Pasaron muchos años, y por fin dejé de soñar.
V Yo —¿Y usted? —preguntó después de un largo silencio—. ¿Usted qué busca? —Yo... yo no sé lo que busco. Busco palabras en libros. Busco imágenes que fotografío con la membrana de mis ojos—. Me levanté de la mesa y sin saludar subí las escaleras de piedra que conducían a mi habitación—. Busco olvidar (agregué). Tuve la certeza de que el silencio había ocupado en mí aquellos rincones donde transitan los recuerdos cuando marcan figuras ya vividas. Tal vez el olvido había llegado sin que pudiera notarlo, y esa búsqueda inútil era una trampa más en el manojo de reminiscencias pegadas como posters en las paredes de la memoria. Pronuncié esas palabras, ahora en voz muy baja: —Busco olvidar… No tenía sueño, miraba el cielo nocturno pensando en la fantástica historia que había escuchado.
Cuarta imagen: Cielo oscuro. Papel de seda negro, y Aldebarán: ojo sangriento que brilla en la constelación de Tauro. Constelaciones inventadas, dibujos hechos por el hombre, tal vez al azar; uniendo puntos como si fuera un juego. Intenté dormir recordando algo que había leído de Novalis: “Más celestes que aquellas centellantes estrellas nos parecen los ojos infinitos que abrió la noche en nosotros”. Luego, nada más.
Salí a caminar con el Sol. El viento era muy fuerte, y para cuando llegué a la playa no soportaba la arena contra mi cara. Sólo había médanos y mar; arena y viento. No podía más, busqué refugio mientras recordaba las palabras de mi antiguo maestro —aquello que te pierde, es también aquello que puede salvarte—, y me acerqué a las dunas. Me senté descansando la espalda en la montaña de arena, y el sobresalto terminó con mi sensación de vacío. ¿Acaso fue el azar lo que me llevó hasta allí?: la pared donde reposaba empezó a moverse. Me levanté de un salto, sentí el corazón agitarse cada vez más. Apoyé mi mano sobre el panel que temblaba. Y vi la puerta, que se abría de a poco. © Luciana Armanini Luciana Armanini en Revista Axolotl #08 |
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