El ente

 

Al principio, las manifestaciones eran esporádicas y casi imperceptibles. No las advertía, aunque en mi interior, siempre sentí que sucedería algo.

A medida que pasaban los años, dichas revelaciones se hicieron más evidentes. Era inútil confesarlo, nadie me creería jamás, porque el Ente, sólo se evidenciaba en la soledad compartida.

Busqué una respuesta coherente, una justificación racional: podía ser el cansancio, la rutina, la sofocante actividad laboral o los problemas económicos, la causa de mis visiones. Me resistí cuanto pude a admitir que convivía con un fantasma que deambulaba por la casa.

Perturbada al principio, afligida, vulnerable; su presencia, triste y muda, me lastimaba. Por las noches no podía evitar llorar buscando un por qué.

Sentía miedo e impotencia. ¿Cómo contarle a los demás, si él sólo aparecía ante mí? Me encontraba sola. Triste, sola y agotada de su asedio indiferente.

Un día le grité: “¡Basta! ¡Basta de todo esto! Estoy agotada y tengo miedo de volverme loca” —le dije.

El Ente me miró con sus inmensos ojos pardos y, sin inmutarse, siguió con su ronda diaria. Esa tarde comprendí que jamás se iría, que no le importaba mi sufrimiento, que seguiría merodeando, ciego, sordo y mudo a mi presencia.

Comencé, entonces, a ignorarlo. Ya no me quejé de las evidencias que dejaba a su paso: ropa revuelta, portazos, grifos medio abiertos, charcos, desperdicios.

Recogí la ropa, abrí las puertas, cerré los grifos, sequé los charcos, fregué la mugre… Lo hice todo sin chistar, como si no me importara. Y con el tiempo me dejó de importar.

A veces pienso, en mi soledad cotidiana, cuando se aparece frente a mí, que parece mentira que sea el hombre que elegí para compartir mi vida. No lo culpo del todo, seguramente desde hace tiempo, yo también soy un Ente para él. 

  

© Karina Sacerdote

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