El show de Pamela Smith

 

Dejo mi cuaderno de poemas sobre la mesa, enciendo la tele y vuelvo al sillón. Ahora empieza El show de Pamela Smith. Hace cinco años que lo sigo. El tiempo pasa y, sin embargo, Pamela está cada día más hermosa. Dulce, atrevida, deslumbrante. ¡Cómo la envidio! Es una manera de decir, porque la verdad es que yo no envidio a nadie, no hay lugar para eso en mi corazón; al contrario: me alegro de su suerte y de su talento.

Pensar que nació en mi pueblo natal y, también como yo, tiene treinta y ocho años. Claro que ella aparenta tener veinticinco y yo cincuenta. Qué se le va a hacer, algunos nacen con una flor en el ojal. Yo nací con la semilla de una flor, la de la flor del cardo: una semilla chiquita como un corazón casi imperceptible del que parten numerosos filamentos apuntando hacia todas direcciones, como si cada uno de esos filamentos señalara un destino posible, un sueño latente de niña. Pero la semilla viaja por los campos, y el viento la empuja hacia la tierra. Entonces sus hilos de sueños o destinos se van desgarrando, uno por uno, poco a poco, hasta quedar sólo el corazón desnudo, humilde, vulnerable. Así me veo yo a veces, vulnerable como una semilla. La vida me ha marcado y desgastado, pero no me quejo. He aprendido mucho. Además, eso es la vida: marcas que van creciendo dentro y fuera de una, que van cartografiando el alma, surcando la piel.

Pamela aparece en pantalla. Saluda al mundo entero exhibiendo su vestido rojo, y luego va directo a la enorme caja de cristal en la que se amontonan las cartas que le manda la gente. Hoy, como cada viernes, es día de premios y de sorteos. Extrae una carta, abre el sobre y lee para sí los datos del destinatario. Levanta el tubo y empieza a discar. Gran suspenso. Quienquiera que atienda del otro lado de la línea, ganará automáticamente cincuenta mil dólares.

No tengo teléfono en casa. En la carta que envié al programa anoté el número de mi patrona, la señora Estela. Ahora estoy en el living de su departamento. Ella es muy buena conmigo: entre otras cosas me permite ver El show de Pamela Smith, pero siempre y cuando no descuide al abuelo. Abuelo le digo yo, cariñosamente. En realidad se trata de don Mauricio, su padre. La señora Estela es una mujer muy ocupada, tiene negocios que atender y por eso necesita a alguien que cuide del papá.

Me gusta trabajar con ancianos, hace dieciocho años que lo hago. Los atiendo, los alimento. Me encariño con ellos fácilmente, incluso hasta con los más testarudos. Y ellos, tarde o temprano, también se encariñan conmigo.

—Ah, Rosa... —me dice siempre la señora—. Vos tenés un don con los viejitos.

Con la primera llamada de la noche no tuve suerte. Es extraño, ahora pienso en la palabra suerte y me pregunto si realmente existe el azar. Nunca fui afortunada en el juego; quizá por eso me persigue esta sensación de que no fui hecha para participar en apuestas, sorteos y cosas por el estilo. Siempre me ha costado tanto salir adelante...

Sensualmente, Pamela camina hacia  la caja transparente a recoger el segundo sobre de esta noche. El sueño de millares vuelve a palpitar.

Don Mauricio siempre me dice que me ama, que cuando él se recupere nos casaremos. Yo le contesto que espero ansiosa ese día. Claro que los dos mentimos, ambos sabemos que es sólo teatro, que eso nunca sucederá. Sin embargo, nos decimos esas cosas, y más, como si habláramos en serio. En realidad, se trata de una manera sutil de demostrar aprecio por el otro, de halagar, de agradecer tantos momentos compartidos. Es que a don Mauricio le cuesta expresar de frente sus sentimientos sin que se le caiga una lágrima. Lo avergüenza exponer sus emociones. De todos modos, no son difíciles de descubrir: ¡la mirada y los gestos revelan tanto!

El abuelo está sentado junto a mí, en su sillón, mirando el programa pero sin verlo, sus ojos fijos en un ángulo de la pantalla. Contempla seguramente imágenes de un pasado impreciso, recuerdos que giran en una nebulosa eternidad hecha de lejanía y de niebla. Nadie es capaz de penetrar esa eternidad, pero cualquiera puede romperla con un chasquido, una voz, una caricia.

—¿En qué piensa, abuelo?

Tarda en reaccionar. Gira lentamente la cabeza y me mira.

—Yo tenía cuarenta años —dice— cuando nació Estelita.

Se le humedecen los ojos. Vuelve a posar la vista en un rincón de la pantalla.

¡Un nuevo afortunado! El hombre, de Mendoza, es el segundo ganador de otros cincuenta mil dólares. Ya no habrá más llamadas, al menos en este bloque del programa. Qué importa. El mejor premio ya me lo ha dado la vida: una hija hermosa, lo que más quiero en el mundo. El desgraciado de su padre se mandó a mudar cuando ella tenía apenas cuatro meses. Teresita ahora tiene quince años. Haber abandonado aquel pueblucho fue lo mejor para las dos. ¿Qué futuro podía haber forjado Teresita ahí? Raúl nunca nos dio una mano. ¡Cómo nos iba a ayudar si no tenía dónde caerse muerto! No hacía más que tomar y tomar. Y, sin embargo, era como si su hígado, en vez de degradarse, se robusteciera con cada nueva gota de alcohol. Todavía me lo pregunto: ¿qué pude verle yo a ese hombre?

Papá, en cambio –pobre papá, siempre enfermo–, todos los días recorría cuarenta kilómetros para dar clases de historia en una escuelita de campo. Cuarenta de ida y otros tantos de vuelta. Un tipo serio, honesto. No tomaba, no fumaba. Y se murió el año pasado, a los cincuenta y cinco. Siempre dije que a papá lo mataron los disgustos. Disgustos que le provocaban los vaivenes de la historia argentina, que le deparaba esta patria que tanto amaba y tanto lo hacía sufrir.  Estudiá, Rosita, me decía, estudiá. Y a duras penas terminé el secundario. Lo que siempre me gustó es la poesía. De adolescente escribía bastante. Sí, pretendía ser poeta. Justo yo. Pero, claro, sabiendo que debía ganarme la vida de otro modo, hice el curso de primeros auxilios y empecé a dar inyecciones y a cuidar enfermos.

“Un ingeniero podrá trabajar de peón –repetía papá–, pero un peón jamás podrá ocupar el lugar de un ingeniero”. Me acuerdo cuando se enteró del caso de un juez que había ejercido durante muchos años como tal sin haberse recibido siquiera de abogado. Desde entonces, papá dejó de repetir la frase del ingeniero y comenzó a insistir con otra: “Este es el país de la aventura, en Argentina todo es posible”.

De qué te sirvieron, papá, la rectitud, la seriedad, la pasión. Perdoná las dudas que hay en mí, pero a veces me pregunto si vale la pena ser honesta en este mundo.

Pamela empieza a cantar “A mi manera”. Hasta esa suerte tiene: canta bien. Mientras ella entona la melodía, el abuelo cabecea en el sillón, y empieza a roncar.

“Cómo podés ver ese programa –me recriminaba papá, con enfermiza cólera–. Esa mujer es una trepadora, una prostituta”. Yo no le contestaba. Era inútil discutir con papá sobre algo que él consideraba repulsivo. Además, tenía razón: El show de Pamela Smith no hace más que distraer y entregar una pequeña cuota de esperanza a los miles de participantes. Es un espejo engañoso en el que la gente quiere mirarse. Mirarse es mejor que pensar. Pensar abruma, entristece. Y nadie quiere sentirse triste, abrumado. Nadie quiere resolver problemas todo el tiempo; nadie quiere morir como vos, papá, sentado frente a la ventana, con la radio en la mano, escupiéndote en la oreja las mismas terribles noticias cada día. Me acuerdo como si fuera ayer: te pregunté si querías café y no me contestaste; seguías escuchando la radio con los ojos extraordinariamente abiertos. Creí que no me habías oído y te volví a preguntar levantando aún más la voz. Tardé en comprender. Cuando vi esa mosca caminar sobre tu cara y deslizarse por tus labios, me puse a llorar. Te fuiste atado a las malditas noticias.

 —¡Agua! —el abuelo se sobresalta y abre grandes los ojos —. ¡Quiero agua, Rosa!

Le sirvo agua en el vaso y se lo doy. Sorbe con dificultad. La mano y los labios le tiemblan. Lo ayudo. Luego dejo el vaso sobre la mesa y el abuelo empieza a dormitar otra vez.

La tercera llamada de la noche. Pamela abre el sobre, lee los datos y empieza a marcar. La cámara enfoca de cerca, es un segundo, pero creo haber reconocido mi letra. ¿Era mi letra? Suspenso...  y el corazón me golpea fuerte. La probabilidad de que Pamela me llame existe, pero es tan ínfima...

¡Suena! ¡Sí, el teléfono está sonando!

Uno, dos, tres timbrazos, y sigo aún pegada al sillón. La emoción me paraliza. Sé que en cuestión de segundos, el destino de Pamela y el mío se tocarán. Trato de arrancar mi tembloroso cuerpo del respaldo, pero justo antes de levantarme siento un golpe. Sí, algo cae con fuerza sobre mi brazo. Es otro brazo, el de don Mauricio. El abuelo ha despertado de repente y me retiene con su mano grande y áspera rodeando mi muñeca. Hay desesperación en sus ojos, y esa desesperación me intimida, me atemoriza. Seis, siete, ocho timbrazos. Pamela niega con la cabeza.

—¡No, Pamela, no cortes, por favor!

Nuevamente trato de ir hacia el teléfono. Logro por fin levantarme y tironeo frenéticamente una y otra vez, pero la mano del abuelo tiene una fuerza descomunal, la dureza de una garra. No puede estar ocurriéndome esto, no; es como si mi destino dependiera de la lucha entre dos fuerzas opuestas que se han cruzado, a un tiempo, dentro de esta habitación: una que me ofrece el milagro, la otra que impide que tal milagro suceda. El abuelo me mira con la boca entreabierta, a punto de decir algo. Pero no hace falta que hable: sus ojos enardecidos lo dicen todo. Dicen que no trate de levantarme, que es imposible. Dicen que no lo abandone. Dicen que él, Mauricio Escobar, me necesita.

—¡Pero si yo no lo voy a abandonar, abuelo!

Ya perdí la cuenta de los timbrazos...

Silencio.

El abuelo deja de apretarme. Gradualmente, su mano se torna blanda, débil, húmeda, como una víscera obscena y repulsiva. Me suelta con brusquedad y apoya su mano, ahora inerte, sobre su pierna derecha. Vuelvo a mi asiento. Los dos miramos el programa sin hablarnos ni tocarnos. Serenos, fingimos que nada ha ocurrido. Pero de vez en cuando nos cruzamos furtivamente las miradas.

Pamela colgó ya el tubo y ahora anuncia la tanda publicitaria.

—Voy a prepararle la cena, abuelo —murmuro, y conteniendo las lágrimas me levanto.

  

© Daniel De Leo

Una reseña de Daniel De Leo en

Revista Axolotl nº 2

"Lecturas: Plop, de Rafael Pinedo"