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La chica de la terraza
Si querés pasar un buen rato, basta con sentarte en la terraza una tarde de verano, con binoculares, bronceador, una Coca-Cola helada... Y los vecinos de los otros edificios. Sin embargo, parece que hoy todo pinta para el aburrimiento: las terrazas parecen tumbas. Nadie toma sol, nadie sale a escuchar música. Son una manga de vampiros que no saben disfrutar de la vida. De pronto, en la terraza del edificio de enfrente, distingo a una mina. Agarro los binoculares, enfoco bien. Viste jeans azules, remera blanca ajustada al cuerpo y unos Ray Ban. En una mano lleva una toalla rosa, y en la otra, el bronceador. La conozco, pero es bastante nueva en el barrio y todavía no sé su nombre. La veo por la mañana, cuando tomamos el mismo colectivo. Yo voy a industrial; ella, a la facultad o al trabajo (se baja después que un servidor). Siempre me calentó, sobre todo porque es igual a Angelina Jolie: tetas como Dios manda, ojazos azules, labios ultra carnosos, pelo negro que le llega a la cintura… La clase de mina por la que me dejaría secuestrar y violar hasta morir. Extiende la toalla en la mitad de la terraza, justo donde debe estar hirviendo a causa del sol. Y empieza el espectáculo: primero se saca los anteojos, la remera, el pantalón. Queda en una ropita interior blanca, de algodón. Ahora está el doble de hermosa que antes. Uso una mano para levantar la latita de Coca-Cola —transpiro a lo loco, y no solamente por las altas temperaturas—, pero la cosa no termina ahí. Se quita el corpiño, la bombacha. Al verla untándose con bronceador cada parte de su cuerpo y acostándose boca abajo, me duele la verga y no puedo evitar un jadeo. La sigo mirando ahí, silenciosa, tomando sol. No puedo creer que esté tan buena. Dejo los binoculares y agarro el rifle que me acabo de comprar por internet, un modelo con mira Bushnell punto rojo. Apunto hacia la perra, espío por la mira. Me detengo en su culo, casi tan perfecto como el de Jennifer López. No sé por qué el culo es mi blanco favorito. Disparo. Buena puntería. Los gritos de la mina llegan hasta acá. No entiende nada, la pobrecita. Una línea roja resbala desde la herida cruzando toda la nalga. Extiende los brazos, intenta arrastrarse. Aunque sé que no puede ir a ninguna parte, le tiro a la pierna derecha. Pega otro grito. Le doy a la otra pierna. La chica se retuerce en medio de mucha sangre. Disparo una vez más. La eyaculación me chorrea por la entrepierna. Cierro los ojos, emito un largo jadeo. Los alaridos de la mina son la música perfecta. Si esto no es vida...
© Matías Orta |
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