Belleza negra

 

No sé qué decirle, señor mío. Esta mañana  me alcanzó una bella mujer cerca del medio puente, me paró con brusquedad y me miró con ojos de abismo; sus manos  de terciopelo me sacudieron. Sólo oía su  voz en medio  del intenso tráfico, y me dijo:

—Me llamo  Depresión. Ven, sé feliz conmigo... Te invito a mi mundo.

Y ¡zas!, que le doy un beso y que nos tiramos del puente.

 

 

La casa de la muerte

 

La casa de la muerte estaba a cupo completo, conocidos y desconocidos calentaban el lugar. Murmullos, maldiciones,  gemidos, perdones, miradas tristes, mentiras, flores olorosas, intrigas, cirios, llantos, rezos, cobros,  silencios... ¡Ambiente fúnebre! ¿Y el muerto?

Yo soy el muerto y esto que les cuento fue lo último que escuche  antes de ser cremado, pues me taparon los ojos. Dijeron los deudos que fue  una orden que di en vida. Mi gente nunca me escucho: ¡Les dije que me cubrieran  los oídos!

 

 

Filas oscuras

 

Hoy he visitado el panteón, una mujer  me invitó. Raro lugar para una cita.

Al llegar a las rejas del lugar, ella me recibió vestida de negro. Me observó, no dijo nada. Pero percibí una caricia eterna en sus ojos y eso vale más que  muchas palabras. Después de un largo tiempo alzo su vista al cielo.

La seguí de manera forzada  y me fue mostrando cada tumba, y recorrió con su mirada la escritura de todas las lapidas. Contó las filas y con su dedos separó a los infantes, mujeres y hombres, por épocas  y regiones.

Se detuvo en una tumba con la tierra juntada a los lados, fresca y con matojos aun verdes.  En la cabecera un gran sauce hacía sombra vertical; y a los lados, horizontes de tierra firme: ni una tumba.  A los pies, una losa con letras negras; pintura aún fresca como la fresca mañana que antecedió a este encuentro.

Ella se inclinó, tomó tierra entre sus manos, la acarició y la dejó caer lentamente sobre mí.  Al fin me habló con voz entrecortada:

—Descansa en paz pobre hombre.

 

 

© Fantino Climaco