La araña

 

Frotándose el jabón por el cuello, se sentía tranquilo; liberado, al menos por unos instantes, de las voces chillonas de esas dos mujeres que lo maltrataban día a día, paralizándolo.

Dos golpes violentos en la puerta lo volvieron de esas tierras de paz.

—¡Dale! Apurate que tengo que salir.

—Ya salgo —dijo tratando que su vocecita se oyese por encima de la ducha—. Esperame un segundito, por favor...

—¡Qué segundito, ni segundito! Salí ya, pelotudo, que estoy apurada.

Se lavó con rapidez. Llamó su atención una manchita negra en uno de los azulejos; enjuagándose la espuma, miró fijamente ese punto que ahora, parecía moverse en sus contornos, en una suerte de contracción y dilatación intermitentes. Escurrió el agua de su cara y se acercó a la pared: se trataba de una pequeña araña. Había quedado cautiva de una gota de agua que descansaba en el azulejo:  su cuerpecito era redondeado, apenas más grande que la cabeza de un alfiler, de color rojo, rojo intenso. Se presentían unos ojos también rojos y profundos. Sus patas negras salían de los lados y se movían frenéticas en la gota de agua. Una pequeña línea renegrida la atravesaba verticalmente. Nunca había visto una araña como esa.

—¡Dale che! ¡Pajerito! —aguda la voz lastimó sus oídos—. ¡Te dije que salgas!

—Si tu veneno fuese mortal... —le murmuró al pequeño monstruo que seguía luchado por no ahogarse—, te pediría que me piques.

La araña no contestó, se limitaba a mover sus patas rabiosamente, sin lograr desprenderse de aquella masa líquida.

—Si te ayudo a salir... —volvió a murmurar—, me vas a deber un favor —se acercó aún más—. Te voy a sacar de ahí y vos, me vas a inyectar tu veneno. Será instantáneo.  Vos vas a seguir viviendo y yo... —siguió observándola.

—¡Dale maricón de mierda! ¡Te dije que tengo que salir, pelotudo! ¡Dale! ¡Mamá, mamá! Este marica no sale.

Y entonces, apareció la voz de la otra bruja.

—Apurate, che —la voz era más aguda e insufrible—. ¡Apurate! ¿Qué te pasa? ¿No ves que Romi tiene que salir?

—Si te ayudo... —siguió diciendo él—, si te salvo la vida...

—¿¡Pero estás sordo, reverendo pelotudo!? ¿¡No te dije que tengo que salir!?

Él corrió la cortina, miró la puerta indeciso y volvió su atención a la araña. Le dijo:

...si te salvo... vos tenés que matar a esa hija de puta.

No se atrevió a tocarla. Le acercó la punta de una toalla y la quitó del agua.

—¡Te dije que salgas, maricón de mierda! —Romina irrumpió en el cuarto de baño y él se cubrió rápidamente con un toallón—. ¿Qué estabas haciendo, pensando en tu novio, mariquita? —rió con esos ojos de hielo y gritó—. ¡Che, mamá! Este forro se estaba tocando.

No dijo nada, se apresuró a salir del cuarto de baño. Romina no dejaba de mirarlo con esa risita perversa, pero él, como quien esconde un as en la manga, esquivó su vista y salió sin poder evitar que una pequeña mueca evidenciara su extraña satisfacción.

Romina notó ese gesto raro en él —¿¡Y a este forro que le pasa!? —dijo mirando a su madre que observaba la escena y se encogía de hombros.

Ya en su cuarto, se sentó al borde de la cama. Tomó un par de medias y se las puso pausadamente, atento a lo que ocurriera en el piso de abajo. Se puso la remerita, el suetercito negro, el pantaloncito azul. Frente al espejo, había perdido toda esperanza. “La verdad que sí, soy un forro... —se dijo mirando su cara pálida—, el mariconcito se ordena la ropita en la cama, el mariconcito se aguanta a ese par de hijas de puta... ¡Qué estúpido! ¿Estoy tan desesperado, cómo puedo pensar algo tan absurdo? Pero mirá si la arañita esa —comenzó a reír— me va a entender y encima ¿cómo carajo sé yo que es venenosa y mortal? Soy un boludo, un forro y un reverendo pelotudo.

Un grito lo sobresaltó.

Bajó las escaleras corriendo. Su madre estaba en el baño, abrazada al cuerpo desnudo de Romina.

—¡Llamá a la ambulancia, estúpido! ¡Llamala, que no reacciona!

Se quedó paralizado mirando la mano tiesa de su hermana que sujetaba la toalla.

Después todo fue confuso. La madre lo empujó y fue corriendo al teléfono. En minutos, la ambulancia. Instantes después se encontraba sólo, parado en medio del living, sin comprender. Sacudió su cabeza con una extraña sensación de bienestar. Fue al baño y levantó la toalla enroscada en un rincón, empapada por el agua que inundaba el suelo. La extendió y buscó minuciosamente, de un lado y de otro. No había señales de su amiga.

 

Como un punto que se mueve imperceptible, la arañita subió las escaleras. En el cuarto de la madre, trepó lentamente las cobijas y se acomodó en la frescura de las sábanas para esperar a su próxima víctima.

 

 

© Karina Sacerdote

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