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Fin de curso
El público no paraba de reírse con aquella versión delirante de El mago de Oz. Caracterizada como una piquetera, Marisa estaba espectacular en su papel de la Dorothy de Argentinolandia. Ni siquiera le faltaba el perrito: la gorda Irene andaba en cuatro patas a su alrededor haciendo de Toto. —¡Y ya van a ver ustedes! —les decía Dorothy a los sonrientes profesores de la primera fila apuntándoles con el dedo—. ¡Ya van a ver cuando les cortemos la ruta y no puedan venir a aburrirnos al cole! —¡Buena manera de despedir el año! —le dijo el rector a la directora de estudios levantando la voz—. ¡Nuestras fiestas de fin de curso eran un embole fenomenal! —¡Es que las cosas cambiaron mucho últimamente, Pedro! ¡Los chicos son más libres que nosotros, gracias a Dios! —¡Y pensar que todo esto es obra nuestra! La gorda Irene se bajó del escenario, se acercó a la butaca del rector y levantó la patita frente al viejo. Alguien tosía entre los aplausos, atragantado de tanto reírse. —¡Y ahora viene el strip–tease! —anunció Dorothy, y empezó a sacarse la pollera de colorinche, que ocultaba otra pollera de colorinche. La gente chillaba, la gloriosa silbatina rompía los tímpanos. Todos reían, todos menos Alejandro. Sudando escondido entre los decorados del fondo, a punto de subir a escena como el Leñador de Hojalata, espiaba la actuación. Mejor dicho, no podía sacarle los ojos de encima a Marisa. Nunca se felicitaría lo suficiente por habérsela rapiñado al muy imbécil de Juan Martín no bien empezaron los ensayos: incluso disfrazada con esos harapos chillones, seguía siendo la mejor mina del Instituto. Palpó el chiche que llevaba en el bolsillo. Ojalá que no se trabe la banderita, pensó. A Los Tres Chiflados les sale siempre perfecto. —¡Esa, Ale! —le gritó una chica desde las butacas del medio cuando el Leñador de Hojalata descorrió una tira de lienzo y apareció en la Ciudad de las Esmeraldas Truchas. Sin una palabra, plantado frente a Dorothy, sacó el revólver, le apuntó a la cabeza y oprimió el gatillo. ¡Ka-bloom! Según lo habían ensayado más de veinte veces, el arma de cotillón tendría que haber expulsado un banderín de ¡bang! en lugar de hacer semejante escándalo. Pero Marisa se llevó una mano a la sien, tiró con el brazo un árbol de papel maché y siguió con su envión de molinete hasta caer boca arriba arrastrando un par de rocas de telgopor pintado. No gritó. Fue tan convincente al despatarrarse sobre las tablas, que los aplausos podrían haberse oído hasta en La Quiaca. Incluso había quienes festejaban la actuación a los gritos, pateando el suelo y las butacas de adelante. —¡Grande, Maru! —dijo la gorda Irene, olvidada de su papel. Con el embudo de lata en la cabeza y el arma colgándole de la mano, Alejandro no terminaba de entender. Marisa era un pilón de ropa en aquel rincón del escenario. Al llegar junto a ella vio los ojos bien abiertos, vio la peluca fuera de lugar, vio un flujo oscuro que le cruzaba la nariz desde la frente y le bajaba por el cuello empapándole la remera agujereada. Y vio cómo partía del caño del revólver un humo fino, un plumón azul. Retrocedió dándose vuelta y quedó de cara al público. De pie en el centro del tablado, se dejó envolver por la ovación. Sintió lágrimas embarrándole el maquillaje, paralizado frente a esa confusa y eufórica masa —ahora roja, ahora violeta y amarilla— que se debatía en delirio y que festejaba a carcajadas entre las luces que venían desde la cabina del iluminador. Enloquecidas, algunas pibas de 2do. “B” parecían a punto de sacarse las remeras y arrojarlas a escena. Pero había también mucha gente de las primeras filas —varios profesores, el rector, algún preceptor y dos o tres padres— que dejaban de aplaudir, que se levantaban despacio. Alejandro perdía contacto con el mundo. Un tipo saltó al escenario y lo agarró del brazo. Otro lo abofeteó, y alguien se le prendió del cuello por atrás. Todo se le apagaba, pero logró entender: intentaban arrancarle el revólver que, no hacía ni tres minutos, le había puesto en la mano Juan Martín.
© Marcelo di Marco |
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Desde hace más de veinte años, Marcelo di Marco publica libros de poesía, narrativa y ensayo, como así también artículos y críticas sobre literatura, cine y política. Dedicado a la coordinación de grupos de escritura desde 1979, sintetizó esa experiencia en cuatro títulos de Editorial Sudamericana, el más conocido de los cuales es el best-seller Taller de corte & corrección. Guía para la creación literaria, de 1997. Actualmente di Marco coordina los talleres virtuales de elaleph.com y lidera La Abadía de Carfax, círculo de escritores de horror y fantasía. |