Por escrito

 

César acomoda la máquina de escribir en la mesa con rueditas y la corre a un costado. Todas las habitaciones tienen mesitas rodantes, pero los otros viejos las usan para dormirse cerca de sus televisores y pelotudizarse desde temprano.

César devuelve las hojas vírgenes a la resma que guarda en el cajón y le da una última leída al último párrafo de la última página de “Por escrito”, la novela que acaba de terminar. La pone boca abajo y la reúne con las otras 250 hojas, allá: detrás de las frazadas que nunca se usan, en un escondite seguro.

Hoy viene Carmen, le parece oírla en el pasillo. “Justo a tiempo”, piensa.

Suenan dos golpes tibios en la puerta y enseguida entra ella, de punta en blanco, con su uniforme y su sonrisa auténtica de afecto y de respeto. Ni siquiera con arteriosclerosis se olvida uno de una sonrisa así.

—¿Qué me cuenta, abuelo? —dice, y le extiende un paquete envuelto para regalo—. No me iba a olvidar de su cumple, ¿eh?

—Bah… —dice César, y piensa: apostaría que son chocolates—. Ni se hubiera molestado, Carmen. A esta edad ya no se festeja.

—Vamos, que ochenta no son tantos.

—No parece, no, pero es buena edad para morirse.

—¿Ay, abuelo, cómo me dice eso?

Él la mira, y por unos segundos parece rumiar un ejemplo para explicarse mejor.

—No sé al resto de los viejos, mire, pero a los escritores la edad nos pone en evidencia, ¿no cree? —César no espera respuesta y sigue—: Si no, mírelo a Sábato: ahora es optimista. O a Vargas Llosa, metido en intrigas partidarias. Mire al impresentable de Bradbury, con esas bermudas color caqui que usa cuando habla de la vida en Marte. Una vergüenza.

Ve que Carmen le sonríe, cómplice. Como cuando el caso de los chocolates en rama. Aquella vez, ella descubrió que Rosales, el muchacho que limpia por la noche, se las arreglaba para hacerle llegar no sólo resmas de papel y cinta de máquina. A veces se colaban frutos prohibidos: chocolate, salame tandilero. Con Carmen había podido negociar una ración saludable de tentaciones, y además ella se había confesado entusiasta absoluta de sus libros publicados, incluso de los ensayos más sesudos.

Desde entonces, César escribe para ella.

Se lo ha dicho. Pero todavía no le ha dejado leer ni una línea. Ella espera, ansiosa: un trato es un trato.

—Yo también tengo algo para usted, Carmen.

—No me diga nada —ella ahora sonríe con los ojos—. ¡Me terminó la novela!

—Sí, pero me tuve que pelear con las otras enfermeras, mire.

—¿Cómo? ¿Qué le pueden haber dicho?

—Ellas piensan que lo de la máquina es un juego, ¿sabe? —César suspira—. Creen que los escritores son exitosos mientras salgan pintones en la fotito de la solapa.

—Pero si usted está más que...

—¿Lúcido?

—Bueno, sí. Lúcido.

“La palabra mágica”, se dice César, y trata de no mirar a Carmen. No quisiera incomodarla con sarcasmos, pero tampoco puede guardárselo:

—¿Sabe —dice— que en la lista de sentencias terminales “lúcido” está justo antes de “rigidez cadavérica” y “extrema unción”?

—Vamos, abuelo, no me venga con esas cosas. No es alegre hablar así.

“No es alegre envejecer”, piensa él. En un gesto inútil trata de limpiar los bifocales con la manga raída del batón.

—Lo que agradezco es conservar la vista, eso sí. No podría soportar la ironía borgeana de los libros y la noche. ¿Me imagina dictándole una novela entera? Nooo… mire, se me irían las ganas de contar. Eso sí sería terrible.

Carmen lo palmea en la espalda, como un consuelo, como dándole la razón.

—Pero en cambio...

—¿En cambio qué, abuelo?

—Nada, no. Nada importante.

César se ha contenido. Iba  a agregar que también está el reuma. Iba a decirle cómo duelen los dedos en el incesante tipeo. Iba a decirle que las teclas de la máquina son trampas de espinas, un castigo a su irreverencia de escribir algo nuevo a la edad en que otros editan novelas póstumas.

Pero, escribiendo, César ensaya un viaje astral fuera de aquel moridero. Cuando esos viejos doblegados se juntan en el patio de invierno a babearse las papadas hablando de achaques y nostalgias con olor a naftalina, César David Meldini suele estar muy lejos, imaginando un párrafo o corrigiendo mentalmente el capítulo que terminó. El novelista considera un milagro que su creciente pérdida de memoria afecte todo menos su literatura: cada tanto lo visita gente que sólo reconoce porque aparecen en las fotos de su mesita de luz —esa es su hija, aquel, su nieto—. Sospecha que la mitad de las visitas no las recuerda, como si se perdiera en lapsus de inconsciencia cada vez más prolongados. En cambio, cuando emprende el tipeo contra la hoja en blanco, conoce los detalles de las páginas anteriores. Conoce cada sutileza del argumento. Conoce cada cabo suelto. Y puede hilvanar sin esfuerzo las alternativas de los capítulos futuros.

En estos siete meses combatió la gripe y las fiebres con la adrenalina de sentarse a escribir. No se permitió nunca un bloqueo, y sabe que tuvo la suerte de encontrar siempre una ventana abierta en la hoja, esa ventana que lo fue guiando al tobogán, de cabeza hacia la palabra Fin.

—Hágame un favor, Carmen. ¿Me alcanza las hojas que están allá atrás? —dice apuntando al reducto que sólo ellos conocen, y agrega, bajando la voz—: De paso guarde por ahí esta cajita.

Carmen sigue las instrucciones y, abrazando el manuscrito, se sienta en la silla a los pies de la cama. César le hace un gesto para indicarle que lea. Ha esperado durante meses verla ensimismarse sobre las páginas, sus ojos yendo y viniendo por los capítulos.

—No puedo leerla ahora, ya —empieza a excusarse Carmen, pero parece pensarlo mejor y agrega—: Bueno, leo unas páginas y después me la presta. ¿Si?

César asiente con cierta vergüenza. Sabe que ya no puede disimular su ansiedad, el temblor le sube por las piernas. “Parezco un viejo”, murmura. Carmen empieza y sus ojos van y vienen por la primera hoja y su boca balbucea. Luego relee. Mira a César. Pasa dos páginas y lee. Separa el manuscrito en dos: lee lo que debe ser el final del capítulo IX. Luego, ante el horror de César, avanza implacable y lee la última página.

—Mejor la llevo, abuelo —dice, y se levanta rumbo a la puerta—. Nos vemos —se interrumpe—. Nos vemos después, ¿sí?

—¿Qué pasa, Carmen? ¿No le ha gustado?

—Es que... “Por escrito”, esta novela, usted ya la... —dice ella, y su sonrisa desaparece tan súbitamente que César tarda en notarlo—. Después nos vemos.

Ahora le parece que Carmen ha empalidecido, que su cara se ha vuelto del color del uniforme. La ve abrir la puerta y despedirse con una última mirada, cálida, pero ya sin brillo.

 

 

© Luis Cattenazzi

"Por escrito" fue Primera Mención en narrativa del

I CONCURSO NACIONAL MACEDONIO FERNÁNDEZ CMLZ DE NARRATIVA Y POESÍA (2004)

 

Otro cuento de Luis Cattenazzi en

Revista Axolotl nº 3:

"Viaje en tren"