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Las Moras
Estábamos contentos con la mudanza. La mora, en el centro del patio, no daba más que una placentera sombra. Pero en noviembre todo cambió. Aquellos primeros días, en la mitad de la primavera, nos causó gracia. Nos levantábamos a la mañana y por la ventana de la cocina veíamos como caían las moras y se apilaban en el suelo. Algunas caían con suavidad y quedaban enteras, con todos los globitos en su lugar. Otras se estrellaban en el patio esparciendo su sangre dulce por todos lados. Desayunábamos con sonrisas, mirando ese espectáculo, sin preocuparnos. La limpieza era complicada, pero sostenible. Cada uno con su escoba, barríamos los frutos al atardecer. La noche llegaba y pocas eran las moras que quedaban en el piso. Cuando la limpieza terminaba, y volvíamos a la casa, debíamos sacarnos las zapatillas. Las suelas quedaban pegajosas y era imposible fregarlas para poder entrar. El cansancio acumulado en el barrido nos agotaba. Durante la primavera caminábamos descalzos por el interior de nuestra casa. Siempre lamentamos que fueran tan agrias. Unas moras dulces servirían para hacer mermelada en grandes cantidades. Del árbol a un frasco y del frasco al comercio. Una lástima que no se pudieran comer. Días después de la invasión frutal compramos las dos carretillas. Al principio eran treinta o cuarenta carretillas por jornada. No era un gran problema. Yo había dejado el trabajo, o me habían despedido, no lo recuerdo bien, y tenía el tiempo suficiente para barrer y juntar las moras caídas. Estela todavía trabajaba. Se tornó terrible cuando sobrepasé las doscientas carretillas en una sola tarde. Aquél día, Estela volvió de su trabajo y me encontró exhausto bajo la mora. Yo reposaba dormido entre los insectos, que cada día eran más, y los frutos apilados sobre el piso. Me despertó preocupada y me retó. Tenía razón, ella debía dejar su trabajo y ayudarme a sacar las moras, no debí insistirle para que siga yendo a esa oficina. Con las dos carretillas era divertido. Cierto día dejamos el patio limpio, sin un solo fruto. Le saqué una foto a Estela, sentada en su carretilla vacía, las baldosas despojadas de insectos y de moras, relucientes como nunca. Estela sonrío y la inmortalicé en toda su alegría. Creímos que era el fin de nuestra lucha. La mañana siguiente no pudimos salir. La puerta estaba trabada por la cantidad de moras que habían caído durante la noche. Ahora miro por la ventana y veo moras, huelo en cada rincón de la casa su perfume agrio y agotador. Estela no se siente bien, a veces ese olor le provoca nauseas. Le dije que no se preocupara, que en unos días las moras se pudirirían y estaríamos libres. Ella cree que el árbol del patio cambió. Que dará frutos en todas las estaciones y que estamos perdidos. Quizá tenga razón. Hoy comienza abril, llegaron los primeros fríos, y las moras siguen allí, sitiándonos.
© Martín Di Lisio |
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