Viaje en tren

 

Lucho va despierto, siempre le toca cumplir de centinela. Ve que Yani también aguanta con los ojos abiertos, la mirada fija en el paisaje que pasa. Clau dormita contra el hombro de él, respira sueños lejanos. Los demás pibes se amontonan atrás, en el piso, contra la puerta del vagón, como un montón de carroña.

Vienen recién salidos de la noche, vuelven al Barrio. Corren, impuntuales, buscan llegar a sus casas antes de que el domingo se haga de día. El bamboleo del tren los hamaca lento. Llevan pegados en la piel los sudores de bailes prohibidos, de aquelarres de cumbia que se repite y se repite y se repite como un infierno, como un infierno.

A Lucho Clau le gusta. Tiene lindo mentón, cejas de gallega, los ojos grandes. Vienen de jugar al gato y al ratón. A ciegas entre las luces hacerse el guapo. Chamullar. Vuelven al Barrio acompañados. Vienen de acariciar en los rincones, vienen de morder besos robados o prestados. Cuestión de esperar hasta las cuatro de la mañana, que ya se entregan, que ya no importa si se adivinan feas hasta en la penumbra... con tal que te saquen la sed.

El Panza duerme encima de un charco tinto que sigue el ritmo de los rieles. Vienen de chupar lo que se les puso adelante. Vienen de satisfacerse de veneno ardiente, de alcohol, de lo que sea, pero mezcladito. Dame otro, che. Dos consumición gratis. Chupar de la jarra lo que tiren los pibes, lo que sea vale. El Panza ya no tiene sangre, si le prendés fuego revienta: puro vino el gordo.

El tren se detiene en la estación. Lucho se acomoda en el asiento y la iluminación penetrante del andén le quema en los ojos. Parpadea, rechaza la claridad agachando la cabeza, su mirada se cruza con los ojos sonámbulos de Yani.

—¡Cómo jode la luz! —dice ella, sonríe, se hace visera con la mano— Somos como Drácula.

Lucho piensa que ella tiene razón.

El cuello de Yani nunca antes le ha parecido tan sensual. Qué tibia, qué dulce, la sangre que late en esa arteria...

 

 

© Luis Cattenazzi

Luis Cattenazzi (Buenos Aires, 1977) creció en Bariloche, en medio de la heterogénea biblioteca familiar, desbordante de policiales y clásicos. Despertó a la literatura a los quince años con sus primeros cuentos, inspirados en la ciencia ficción de maestros como Isaac Asimov y Ray Bradbury.
Asistió al taller literario de Marcela Cruzat en Bariloche y, después de algunos años de vagar sin escritura ni lectura, aterrizó en el Taller de Corte & Corrección. Considera que esta decisión fue fundamental para amigarse de nuevo con las letras y obtener sus primeras satisfacciones como escritor. Su cuento “32” fue publicado como Mención Especial del Jurado en el Certamen Literario Nacional “JunínPaís” 2004; “El hijo” ganó el Primer Premio (compartido) en el XII Concurso Literario "Leopoldo Marechal", de Morón, y “Por escrito” se editó como Primera Mención en Narrativa en la antología del I Concurso Nacional “Macedonio Fernández CMLZ”.