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Rebelión en la partitura
A Ahren Köhnke
Gavin bajó corriendo del altillo. Agitaba en alto unas hojas amarillentas. —¡Mamá, mamá! Encontré hojas para dibujar. ¿Me dejás usar éstas? Su madre lo miró de reojo, dejó la palete de óleos sobre la mesa y hundió el pincel en un vaso de agua azulada. —Éstas, Gavin, no son hojas, son partituras. No podemos tocarlas. ¿De dónde las sacaste? —Ufa, las encontré en el baúl marrón de la abuela. Pero si son feas y viejas. Aparte, están sin usar. Amalia se limpió la mano en el guardapolvo y se puso en cuclillas para susurrar al oído del niño. —Eso es lo que parece, pero estas partituras tienen una larga historia. Fueron cuidadosamente guardadas hace muchísimo tiempo. Pertenecieron a un lejano ancestro tuyo. —¿Qué es un ancestro? —Digamos que es un pariente que vivió hace muchos años. Él mismo las escondió en ese baúl. Sacarlas de ahí puede ocasionar muchos problemas a más de un músico —Amalia le hizo un guiño cómplice. —Vamos a guardarlas y te cuento la historia.
—Sí... natural —dijo Ahren en voz alta, para confirmar de algún modo lo que acababa de escribir. Dejó el lápiz, se desplomó contra el respaldo de la silla y se frotó los ojos enrojecidos. Recluido en un pequeño cuarto alquilado, el músico se esmeraba en su tarea de composición. Había sido convocado para participar en un evento organizado con motivo del centenario de la muerte de Beethoven en la Casa de la Ópera de Frankfurt. Desde hacía meses trabajaba en un concierto para piano concebido para la ocasión, pero parecía no terminarlo nunca. Todos los días, al despertar y retomar su trabajo, desconocía su obra. Lo que encontraba cada mañana sobre su escritorio no podía ser suyo. Así es como perdía varías horas analizando aquel extraño fenómeno, para luego comenzar a componer de cero, una vez más. Fue esa noche, al refregarse los ojos y abrirlos de nuevo, que descubrió el motivo de sus continuos retrocesos. Volvió a frotárselos, como si así pudiera borrar lo que estaba viendo, y se acercó a la partitura hasta casi tocarla con la nariz. La Blanca, situada en la tercera línea del pentagrama, se crispaba incómoda en su lugar: tanto se retorcía, que cualquiera habría podido confundirla con una corchea albina. Tras unos pocos segundos de convulsiones descontroladas, saltó fuera del pentagrama y se apostó en un rincón de la partitura. “¡Pulgas! Más vale que me cambien de habitación mañana” —¡Yo sin el bemol no hago nada! —gritó la mancha en el papel. Ahren se sacudió en su silla. —¿Otra vez? —respondió un grupo de figuras indignadas—. Todos los días lo mismo. No seas caprichosa. —Que antigüedad —se quejó una de las notas en otro compás—. ¡Hace años que el canto gregoriano ya no está de moda! La música moderna permite mayores libertades—. Y comenzó, entonces, a dar cátedra acerca de épocas pasadas en que el Sí natural era una nota prohibida porque, siendo la última en la escala, obligaba a retroceder al Do. Todos en la partitura miraron disgustados a la Blanca rebelde. —Ese discurso —se justificó ella— ya lo escuché, y no vas a convencerme. ¡Es una cuestión de principios! Un silencio bostezó. Las notas vecinas le lanzaron una mirada de reproche. —¡Ah! —ironizó una—. Para bostezar sí tienes lengua. Ahren no podía creerlo. Apoyado sobre los codos, con la boca abierta y los ojos fijos en la partitura, intentaba convencerse de que todo era un sueño. Sólo tenía que despertarse. Vió como las figuras, indiferentes a su presencia, abandonaban sus lugares y se aglomeraban en torno a la desertora. Un grupo de fusas y semifusas se pusieron a cuchichear. —No se de qué se queja esta tonta: la peor parte nos toca a nosotras. Nuestra participación está limitada a entradas fugaces. Estamos destinadas a cumplir un papel insignificante. —Eso es porque somos deliciosamente ágiles —respondió una semifusa vanidosa, mientras acariciaba sus cuatro cabellos— y pocas manos pueden atraparnos a todas. —¡Trepadoras! —acusó una Redonda que, por su tamaño, creía ejercer algún derecho de soberanía sobre el resto. Crecieron los murmullos y otras manchas se movieron, hasta que se formó en la partitura una desordenada maraña de puntos negros. Las Claves de Sol y de Fa se enredaron en una discusión por un tema de cartel. En otro extremo, varias notas organizaban un golpe. Pretendían lograr que la Blanca entrara en razón mediante amenazas, empuñando Silencios de Negra que, haciendo gala de su anatomía punzante, se habían prestado para servir a la causa. —¡Devolvámosla a su lugar! ¡Encadénenla al pentagrama! ¡Que no vuelva a escaparse! Se levantó en la partitura un barullo terrible. Sólo los Silencios permanecían callados; el resto les reprochaba su falta de compromiso con la situación. Los Puntillos, aprovechando el desorden, se dedicaban ociosos a rebotar de un lado al otro de la partitura, salvo por un pequeño grupo que prefirió organizar partidas de damas con los Sostenidos. El Da Capo, cansado de su existencia cíclica, amenazaba con lanzarse del primer pentagrama. Más abajo, los Calderones improvisaban un colchón para amortiguar la caída. —Esto no puede ser cierto —dijo el músico—. Lo que necesito es dormir, o voy a terminar enloqueciendo. Ahren sólo sabía una cosa: estaba siendo, por primera vez, testigo de la batalla que cada noche, a pocos pasos de su cama, hacía peligrar su éxito. Y ya no podía abrigar ninguna esperanza de terminar el concierto en fecha. No había dudas. ¡Se estaba volviendo loco! Tomó la hoja y la hizo un bollo. Las figuras se sujetaron fuerte del pentagrama. Incluso el Da Capo, que hasta hacía tan sólo un momento pretendía tirarse de lo más alto, intentó sujetarse en un acto instintivo. Pero sólo logró aferrarse a los cortos pelos en el dorso de la mano del músico y allí quedó columpiándose. Todas gritaron aterradas. Tales fueron sus gritos, que Ahren no pudo resistir la tentación de volver a extender la partitura sobre el escritorio. Fue entonces cuando apareció ella. Justo en el centro, se hizo presente la nota Madre, la que contiene a todas: la Cuadrada. —¿No les da vergüenza? —dijo con voz atronadora, avanzando con voluptuosidad—. Esta escena es digna del más escandaloso conventillo. Todos callaron al oír su voz. Que la Cuadrada abandonara su largo retiro para presentarse allí a poner orden era bochornoso. Ni la Redonda, gran diva de la música contemporánea, se animaba a levantar la vista. Permanecieron inmóviles esperando sus palabras de reto. Ella no agregó nada más, no era necesario. Se volvió hacia Ahren y se dirigió por primera vez a él. —¿En qué podemos ayudarlo?
—Dicen que el día del estreno en la Casa de la Ópera, el concierto fue un éxito y que la música de Ahren rompió todas las reglas de composición de la época. Hay quienes aseguran haberlo oído tocar ese día y muchos otros; y que su obra nunca sonaba igual. —Mami, ¿ese músico… vivió de verd…? —Pocos sabemos la verdad, Gavin, pero lo que ocurría es que, mientras él dormía, algunas notas se tomaban la libertad de mudarse sigilosas de lugar —Amalia guardó las partituras en el baúl de cuero. —Pero, las notas… —Hay días que las notas ni siquiera se dejan ver, como hoy… otros días se vuelven más peligrosas —se fue acercando lentamente al niño. Más de una vez han intentado escaparse para invadir otras partituras. Por eso, Ahren decidió encerrarlas para siempre —se agachó para acariciar con dulzura la cabeza de su hijo. Sintió las gotas de sudor en su frente. Gavin la observaba con los ojos y la boca abiertos. —Prometo no volver a abrirlo, mami. Ella no quiso alarmarlo. Sonrió. —De todos modos, no es más que un cuento. Y cerró el baúl, dando a una Blanca escurridiza el tiempo justo para saltar silenciosa sobre la mesa antes de que la tapa se desplomara.
© Mariana Alonso |
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