(relato erótico)

 

Crónica de un rapto anunciado

 

 

Unos metros, unas cuantas caras ignotas de por medio y el anuncio. Intuyó que aquellos ojos detrás de los lentes, eran el arcón subrepticio en donde se guarda la virilidad absoluta, el hervidero de sangre ante el mínimo tacto, el ahogo orgásmico que despierta todo instinto. Miró esos ojos con exactitud, pero ellos, esquivos, se dirigían a la imagen que compasiva le regalaba, en los bordes del vaso, la espuma de la cerveza. Esa timidez era el afrodisíaco más poderoso para esta mujer que ya se extasiaba con el futuro encuentro.

La vio acercarse con cuatro pasos de taco aguja. Lo miraba firme y penetrante; y él, que no podía pensarse objeto del deseo, analizaba los rincones del bar intentando un refugio ante tal embestida. Sintió el codazo de un amigo que compartía su mesa, y supo, ya sin alternativa de duda, que era el objetivo en la mira irrenunciable.

Ella, parada a un suspiro de distancia dejaba imaginar sus curvas: el escote profundísimo, el contorno de sus senos cubierto apenas con la abundancia de sus ensortijados cabellos. Ella, plantada frente a él, inmutable ante la gente y los ruidos, segura, misteriosa, con sus ojos clavados en su antojo.

Él se levantó pausadamente, le temblaban las rodillas, y su piel, tenía ya el perfume del deseo. Surcó de un sólo paso el límite que los separaba y se detuvo frente a ella, tragando a bocanadas los olores de su cuerpo.

—Mirame —dijo la mujer en un murmullo. Acariciándole el mentón, le alzó suavemente la cabeza—. Mirame que no muerdo.

Él: un colapso inminente de su resistencia, el corazón rogando un descanso ante tanta combustión,  sus pómulos habían tomado el color de un delicioso fruto cárdeno.

Ella: un río vehemente entre sus piernas, el insolente deseo de tomarlo para sí, sorberle cada jugo de esa figura varonil que ahora, a milímetros, la enloquecía más y más.

Lo tomó de las manos, lo arrastró hacia un recodo clandestino abrigado de penumbras. Y ya allí, ocultos como niños en secreto, como exploradores de tierras perturbadoras, como ecos que se buscan, como aguas envolviéndose en remolino, se quedaron quietos, jadeantes y ahogados, contemplando los espejos de sus ojos y sus dedos. No hizo más que acercarle la boca y él la envolvió con sus brazos y la besó en desenfreno con el acoso apasionado de un sediento.

Perdidos en las sombras de la noche y de la música, del murmuro de la gente y el recoveco suplicante, se entregaron al instinto como comunión de sus almas.

Él acariciaba su cabellera mientras ella lentamente le besaba la frente; casi tenue el contacto de sus labios le rozaba las cejas. La punta de la lengua tocó la sal del ceño y se deslizó sin prisa hasta el vértice de la nariz. Lamió los labios finos del hombre aquél, se detuvo unos instantes para tantear la comisura de su boca. Exhalando aliento cálido llegó al cuello y sus dedos inquietos comenzaron a desabotonarle la camisa. Él se dejaba hacer, entregado a los deseos de esa hembra que le incendiaba cada átomo del cuerpo. Sigilosa le mordía la piel, el perfume del sudor masculino la esclavizaba, pronto se detuvo en el ombligo para que sus manos con prisa quitaran los cerrojos que impedían arrancarle el pantalón y encontrar aquello que quería.

Generoso y crudo como un fruto nuevo, incontenible ya por las telas de algodón azul, se descubrió al fin el sexo de aquel hombre y ella lo tomó como el manjar más excitante. Lentamente, con los labios húmedos para gozarlo poco a poco, suave y segura, envolvió esa carne con la boca, pausadamente lo recorrió hasta que le tocara la garganta. Una y otra vez, mientras él, víctima del éxtasis imaginaba los senos de su dueña, como dos deliciosos objetos endulzando sus besos. Gemían en la penumbra, ella por el gozo que calentaba más y más su lujuria, él por la pasión ya desenfrenada y el deseo de perdurar el instante.

La separó de sí, y la dirigió con sus manos hacia arriba. Arrancó de un solo movimiento el escote y se lanzó frenético a saborear sus pechos endurecidos por el intenso ardor y la insospechada excitación de los orgasmos.

Ella le rodeó la cintura con sus piernas, para abrirle paso hacia el culto de su vicio  y él entro furioso y firme, y sus bocas y sus lenguas se encendieron de delirio.

 

Nadie supo que fue de ellos, cuando la mañana magulló al silencio de la noche extinguida.  Dicen, que se prendieron fuego de tanto amarse.

 

 

© Karina Sacerdote 

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