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Miguel Sardegna |
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(Texto libre) Naderías
Todo anhelo profundo es insaciable. Y no existe otra alternativa que descubrirlo del peor modo posible: anhelando profundamente. Exhalo una amplia bocanada de humo. Fascinado, observo como el cigarrillo se consume sin prisas. El humo escapa en amplias columnas zigzagueantes. El sentimiento de la nada, la sensación de la arena que se escapa entre los dedos, la vista que no logra ver el horizonte y las manos que chocan contra las paredes. La hoja en blanco, la vida en blanco. La denodada búsqueda de un sentido, de un secreto orden. La búsqueda de un lugar en esta perversa inmensidad hecha de ausencia. La tragedia romántica de siempre, la de aquellos que creen en la poesía y el amor, la de quienes imaginan para el mundo deliciosos secretos y magia en cada esquina. Todos ellos víctimas de un terrible hechizo: no importa cuánto lo deseen, no importa con qué ferocidad lo intenten, no les está permitido dejarse seducir por falsos mercaderes de felicidades incompletas. Y así viven, y así vagan, intentando vanamente conciliar el sueño más allá de una madrugada repetida de ausencia y de vigilia. “La primavera es siempre la primavera”, sentencia Tolstoi. “En vano los hombres esterilizaron la tierra que los sustentaba, en vano arrancaron hasta la última brizna de hierba; en vano saturaron el aire de carbono y petróleo; en vano arrasaron los árboles y exterminaron a los pájaros y a las bestias. Todo en vano; la primavera es siempre la primavera”. El amanecer es siempre el amanecer. Corrijo con temeridad. En vano la noche nos arrastra con su absurda racionalidad de humo y oscuridad; en vano la noche nos regala sueños inútiles de certezas imposibles y lúcida demencia; en vano la noche nos envuelve en su seno de cálida cercanía, de proximidad monocorde y música vocal. Todo en vano; el amanecer es siempre el amanecer. Nadie continúa engañándose y atormentándose.
© Miguel Sardegna |
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