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Martín Di Lisio |
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Concierto Los amagues del rock vibrante se escuchaban a la distancia. Esos acordes productos de un capricho de empezar o no empezar, de simular un comienzo de canción y dejar palpitando a los corazones ansiosos. No me molesté en apurar el paso. Fumando el penúltimo cigarrillo de la caja me sobraba tranquilidad. Ni la mejor guitarra del mundo sería capaz de arrancarme saltos para oírla de cerca. Cada vez menos luces brillaban a mi alrededor y la oscuridad coronaba el escenario mayor, no el de los músicos, sino el que yo pisaba, donde la gente avanzaba a mi lado, donde la entrada en la mano era ritual y anécdota a la vez. Solitario me acercaba al estruendo musical que se avecinaba, a los golpes del tambor, al griterío generalizado, a la voz ronca de algún cantante contemporáneo, a los graves y agudos de aquél estadio tan poco acústico pero tantas veces visitado. Acoples adrede me retumbaban en los tímpanos. Esos juegos peligrosos del nuevo rock. Sabían evitarlos, pero igualmente los generaban. Tiré la colilla cerca del pie de una mujer. El cigarro gastado colgaba todavía de una leve humareda. La bella criatura pisó en círculo matando las señales antiguas y osó mirarme con demasiada sensualidad, como invitándome a bailar su danza, aquella danza de música por venir, un futuro baile eléctrico entre nuestros cuerpos que a todo se entregarían aquella noche. Sus ojos felinos me intrigaban. Me arrastró dentro del estadio y fluí como dentro de una burbuja comandada por sus dulces manos, una burbuja que vuela lento gracias a sus susurros. Amontonados en la multitud intenté besarla y el estallido sonoro nos separó en milisegundos. Mis besos llenaron el aire de desesperanza y desasosiego. Los saltos comenzaron a poco iniciada la melodía diabólica. Todo empezó a resultarme extraño, y aquella gente que me rodeaba no me daba la confianza habitual, ¿qué estaba mal en aquél sitio? Terminó la primera canción y los reflectores se encendieron. Poco tardé en darme cuenta de que me encontraba en el mismísimo infierno. Los demonios no eran sólo sonoros, acaparaban todos los sentidos. Me tranquilicé al comprobar que no desentonaba, que yo era uno de ellos y que tendría la eternidad entera para buscar a la mujer que asesinó mi última pitada. La música recomenzó, las luces se apagaron, el concierto acababa de nacer. © Martín Di Lisio |
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