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Juan
Carlos Vecchi |
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Calibre 38
ABRIÓ la puerta y gatilló dos veces casi sin mirar el bulto que le daba la espalda, el mismo bulto que preparaba el almuerzo, una vez más. La primera bala calibre 38 mató la cacerola de acero inoxidable que se fragmentó mil veces desparramando el peligro sobre la mesada, la mesa, las tres sillas, el delantal, la pollera de largas flores y el piso de baldosas negras y blancas. La segunda, la que a duras penas se desvió por el temblor de la mano, entró por el ojo derecho del abuelo que aún sonreía desde la fotografía colgada sobre la pared, entre la heladera y el lavaplatos. La fotografía que ella misma había colgado algunos años antes con tanto cariño y cuidado. Ella misma es el bulto del principio y a esta altura la presentaré como la mujer que está girando su asustada cabeza hacia la puerta para mirar detrás de las lágrimas al hombre que la sigue apuntando. Lo mira y le pregunta: - ¿Tan mal cocino, Esteban? ¿Tan mal? © Juan Carlos Vecchi |
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