Contrapunto entre capitales

 

 

En tu baraje gringo, ciudad mia,
vas perdiendo tus zarzos y tu brillo.
Tu malevaje esta en la taqueria
y apoliya en orsay tu conventillo.

Edmundo Rivero.

Una tarde Habanera
linda hechicera
como su mar.

Trío Matamoros.

 

Durante noviembre muchos rincones de Buenos Aires se tornan rosas y violetas. Florecen las Santa Rita y los jacarandaes, la ciudad se vuelve aún más cosmopolita en sus tonos. Caminar por un sendero con piso y techo violáceo es una práctica casi surrealista, unido al humo de la contaminación y las bocinas, el ejercicio compromete a todos los sentidos. Pararse bajo uno de estos árboles, abrir los brazos en cruz, extender la palma de la mano hacia arriba y esperar a que una flor de color nos caiga sobre las líneas de la vida, el amor y los negocios es en vano. Las flores no se entregan así nomás, eluden a los ingenuos que se paran bajo ellas y acuden a mezclarse en el piso con las otras. Cualquiera podrá juntarlas del piso después.

 

A mis espaldas estalla una ola y salpica. La ola llega desde el norte y embiste contra el avejentado malecón. El aroma de la sal se mezcla con la estela de humo que cuelga de un habano recién estrenado. Un hombre moreno, de unos sesenta años, me sonríe sin detener su marcha y se entrega a otra pitada. Atardece en La Habana y la ciudad caribeña seduce desde todas las esquinas. Giro para mirar al sol en sus últimos minutos, justo en el instante en que un carguero lo parte al medio, allá en el fondo del mar. Mientras el barco arremete me decido a tomar un ron, es hora de empezar a festejar que esta ciudad existe.

 

Buenos Aires es una ciudad numérica. ¿Qué más lindo que recorrerla en colectivo? En todas las cuadras se ve un colectivo colorido con su número correspondiente. El fileteado, el decorado de las unidades, el mal humor de los chóferes. Sobre esos transportes la vida porteña transcurre como espejo de la calle, de las casas y de las oficinas. Hombres que duermen, miradas que se cruzan, amores que nacen entre la última fila de asientos y el estribo delantero, el colectivo como espacio a compartir en ocasiones, y de la intimidad en otras. Parejas, abuelos, personajes solitarios que leen en calles empedradas sin marearse ni un poco. Niños que rompen en llanto si no les dejan tocar el timbre dos o tres veces. El chofer que se pasa de la parada, los insultos, las quejas, y las sonrisas cómplices. Eso es el colectivo, es más que mirar la ciudad a través de las ventanillas, es una suerte de ritual que se multiplica por miles cada día. Viajar parado o sentado da lo mismo, lo importante es que cada uno de nosotros debe saber que el amor de nuestras vidas alguna vez aparecerá por la puerta delantera, y se bajará una parada antes que la nuestra, sin invitarnos a descender por la puerta de atrás.

 

La Habana nació para ser recorrida a pie. Caminarla significa encontrarle el sentido, el encanto, el placer de pisarla. Las calles, todas, se encuentran llenas de gente que va, viene o está. Niños en bicicletas, madres que les advierten que es hora de la merienda, balcones atestados de ropas de todos los colores, colgadas, secas hace rato. Desde esos mismos balcones se asoman personas que conversan a los gritos de casa a casa, atravesando la calle con sus palabras, por encima de las cabezas que allí transitan. A la vuelta de las esquinas, entre el bullicio habanero, se cuela a todo momento el aire marino. La Habana es el caribe florecido, mezcla de charlas, mares y gente alegre que la transita.

 

En cierta milonga de San Telmo se baila el tango. Es día de semana a la medianoche y el salón está repleto. El color negro recubre gran parte del patio de baile que recibe a un bandoneón, también negro, y a una orquesta típica que ameniza la velada. Las parejas bailan lindo y el cuadro sensual es digno de fotografiarse. El tango llora un amor perdido y los bailarines abrazan más fuerte a sus compañeras del dos por cuatro, tal vez por miedo a padecer lo que alguna vez padeció el autor de la canción. La madera cruje por los tacones altos, que ni se inmutan por los dolores del suelo, y persiguen a toda velocidad el ritmo, mitad candombero, mitad milonguero, que los lleva de acá para allá, en un vaivén constante que no se detiene. Eso es el tango, dicen algunos, otros no están tan de acuerdo. Aseguran que el tango es un café porteño al atardecer, con hombres solitarios que fuman en los rincones, miran por la ventana el caminar ajeno, piden otro trago más y silban “Cafetín de Buenos Aires”.

 

El piano es la compañía perfecta. Una descarga habanera detiene el tiempo en un bar esquinero del casco histórico de la ciudad. Un mojito recién servido espera en la barra de madera. El murmullo de la plaza de armas aún se hace notar en la noche cubana. La descarga dará paso a un son. El aire se renovará con la música nueva, alegre en su sonar pero triste en sus estrofas. El son le ruega a una mujer sin nombre que vuelva de una vez. Todos los hombres del bar se miran entre sí. Todos parecen conocer a la misma mujer que los abandonó de a uno en cierta noche de verano. En un momento se sobresaltan en silencio, creen haberla visto pasar caminando frente al bar. Engañados por el son, o por el mojito, se dan cuenta que no era ni siquiera parecida.

 

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