Óleos de rincones salteños

 

Óleo uno

 

El relámpago irrumpe en el valle que se abre debajo. Superamos las nubes de la tormenta y las miramos desde arriba. El camino polvoriento serpentea entre curvas incontables. Sobre las montañas negras de la medianoche, la camioneta es minúscula a cinco mil metros de altura. Instintivamente miramos al cielo: el perfume a lluvia del agua cercana desentona con el manto estrellado y con la luna, que ilumina el paisaje.

Vamos camino a Nazareno, un bello pueblito que aparece y desaparece entre laderas verdes de una sierra salteña. Atravesamos, descendiendo esta vez, las nubes tormentosas y divisamos las luces de la calle principal. Sin embargo, aún quedan treinta y dos curvas por recorrer, un par de horas más de este viaje noctámbulo.

Hace largo rato, con los últimos reflejos del atardecer, subimos al vehículo en el mercado de La Quiaca. Nos trajo el carnicero del pueblo, acompañados de varios vecinos y dos medias reses. Cerca de la una de la madrugada pisamos, al fin, una de las callecitas, la principal del poblado, empedrada y barrosa, como en todo febrero. Podremos dormir en el piso superior de la municipalidad, allí nos aguarda una larga pieza impecable.

Nazareno amaneció húmedo. El verde se reproduce en las montañas que absorben el paisaje. El aire serrano conmueve, se respira lindo. Las nubes siguen bajas, como la noche anterior, y la llovizna acompaña cada paso. El pueblo se despertó más temprano que nosotros, las personas que pasan nos miran las caras somnolientas, consecuencia de un despertar cercano. Compramos algunos víveres en el almacén y salimos en caminata rumbo al sur, a conocer los alrededores.

Poblados ausentes de los mapas, capillas en lugares extravagantes, cóndores planeando por los valles, canchas de fútbol de medidas profesionales: pinceladas que se atraviesan en el paisaje pintoresco. Ya dejamos atrás San Marcos y llegamos a Cuesta Azul. El pueblo dormita allá abajo, a unos trescientos metros de descenso en espiral. Nos detenemos al lado del camino y contemplamos. Sobre una pampita, al costado de las construcciones de adobe, perdido entre terrenos delimitados por pequeñas pircas, está escrito el nombre del pueblo. Se ve una iglesia derrumbada y un puñado de casas, impasibles, a la espera de que algo pase en la mañana silenciosa.

Sentados en un declive, ante una vista panorámica, nos distanciamos por completo el uno del otro. Aguardamos, al igual que las casas, que algo suceda. Las nubes van y vienen, los cóndores también. Se acerca lentamente, por el camino, una mujer con sus hijos a cuestas. Una vaca desde las alturas nos observa fijo, parece quieta hace años, quizás atrapada por alguna piedra que le oprime las patas.

Cada centímetro que la nubosidad concede al subir es un regalo que agradecemos. Se revelan, en la sierra de en frente, algunas casitas y otras construcciones, lunares de la vegetación abundante. El valle finalmente se descubre de nubes y el sol se filtra en cada rinconcito. Cuesta Azul está más verde que nunca. Nos ponemos de pie, echamos un último vistazo, y comenzamos el retorno.

El viaje de vuelta no carece de sorpresas. Nos amontonamos en la caja de una Ford antigua, con algo de asombro y con algo de nauseas. Tenemos suerte, nos protege de la helada una cúpula con ventanillas. A mitad de camino hacia La Quiaca el conductor se detiene y nos pregunta si queremos bajar a ver el paisaje: una alfombra de nieve recubre el cerro en pleno febrero.

Nadie lo imaginó así, que fuera a resultar blanca la última pincelada del óleo.

 

Óleo dos

 

Bienvenidos a Santa Victoria Oeste, el valle del silencio, indica el cartel blanco que corona la entrada al pueblo. Luego de casi cinco horas de empinado trayecto de cornisa, arribamos al fin de los caminos. Saltamos, desde la camioneta que nos trajo, a la plaza adoquinada que hace centro en la confluencia de los valles. Porque ahí, en ese sitio, se acarician tres, cuatro, o quizá más quebradas que se tropiezan, que se estrellan suavemente en una esquina.

A Santa Victoria Oeste se llega desde La Quiaca. Encapuchados en las alturas, aguantamos la embestida fría del atardecer en el último tramo. Con un paisaje formidable, dejamos atrás Yavi, Inti Cancha y RodeoPampa, pueblitos que se mecen a un costado de la ruta, se dejan ver sin nada que ocultar.

A un lado de la plaza la municipalidad, administrada por opositores al gobernador, pintada de un claro amarillo, de un color que también da la sensación de silencio. Está custodiada por un busto de Güemes, que observa expectante los acontecimientos, como en aquellos años de la independencia. Enfrentada a la casa de gobierno, blanca, gigante entre las viviendas bajas, se destaca la iglesia. La torre del campanario a su izquierda, un extraño tapiz en el centro, y detrás, como una inmensa catedral, la montaña, colosal, verde, naturalmente silenciosa.

Conseguimos habitación, quizá la única disponible en este sitio desconocido para el turismo. La ventana da a un patio repleto de gallos, gallinas, perros y algún caballo perdido. Se ven agitarse las ramas y las hojas de los nogales en los alrededores. El viento sopla, la noche cae, la idea de caminar se traslada al día siguiente.

Las callecitas son lastimadas en su centro por canaletas que llevan el agua de la lluvia hacía los ríos que rodean el pueblo. Si uno se aleja de Santa Victoria hacia el este, cruza un puentecito colgante sobre un riacho cristalino. Da una vuelta, rodeando el cementerio colorido desde el último día de las almas, colmado de flores de plástico rojas, amarillas y azules. Atravesamos otro pequeño puente, esta vez sobre un río marrón, revuelto, y nos topamos con un sendero. Miramos a lo lejos y el valle se angosta, se asfixia en la distancia. Un hombre a caballo nos comenta que hacía esa dirección, a nueve kilómetros, se encuentra Acoyte, sitio de cruenta historia. Alguna vez, por el año 1818, en ese lugar se libró una batalla entre patriotas y realistas.

El caminito es apacible, sosegado. La calma solo se quiebra cuando un niño invade el sendero en una curva, con sus tres decenas de cabritas inquietas y curiosas. Dos perros pastores nos quitan del medio a puro ladrido. El niño sonríe y continua su camino, con el mismo paso que tenía antes de cruzarnos. Un hilo de humo nos da la señal de que estamos cerca, las primeras construcciones adornan la entrada al pueblo.

Llegamos a Acoyte entre truenos lejanos. La plaza, despojada de verde, guarda en su centro un mástil desnudo. Dos caballos, de marrones diferentes, aguardan atados allí en el centro. Acoyte es un lugar de pocas casas y de pocas palabras. Techos de barro a dos aguas, paredes blancas en algún pasado, oscuras ahora de tiempo y de viento. Por la disposición de las viviendas, el poblado da la sensación de cuartel antiguo. Con tanto para ver, casi ninguna casa tiene ventanas. Una escuela con techo rojo de chapa bordea la plaza. Ese tono carmín rompe con la monotonía blanca y marrón del lugar. Algunas pintadas de la lista 501 sobrevivieron desde las últimas elecciones.

Se nos acerca, hasta un costado del mástil, un hombre del pueblo, encargado, a falta de cura, de las misas en la pequeña capilla. Compartimos mates y algunas galletitas, forjando una charla de variados temas. Nos cuenta sobre el lugar, sobre como subsisten en tan lejano paraje. Nos pregunta como es que llegamos hasta ahí. Al rato se pone de pie. Es hora de llamar a misa golpeando la campana con una roca. La piedra descansa en lo alto de la torre para ese único fin.

Entre gente que se arrima a la capilla, nos despedimos de nuestro amigo. Hay que recorrer los nueve kilómetros que nos separan de Santa Victoria, antes de que se largue la lluvia de febrero. Sospecho que no haremos a tiempo.

El sonido de las gotas golpeando la tierra, y la algarabía de los truenos resquebrajando el cielo, serán culpables de romper el silencio de este valle. Nosotros retomamos el sendero de vuelta, sin decir una palabra, caminando en puntas de pie.

 

Texto y fotos Martín Di Lisio

martindilisio@revistaaxolotl.com.ar

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© Revista Axolotl, Número 6