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La cultura Toba |
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Clemente, un cacique Toba, acomoda las artesanías trasladadas en un flete desde Derqui. Delante de él, una treintena de estudiantes de la Universidad de Buenos Aires aguarda expectante la charla. A sus espaldas, escrito con tiza en el pizarrón, se lee Daviaxaiqui, el nombre de la comunidad instalada desde hace diez años a cincuenta kilómetros de la Capital Federal. Clemente contará leyendas y anécdotas, hablará sobre la cultura de su pueblo. Del impenetrable a Fuerte Apache, cambio brusco de geografía a raíz de la pérdida de sus tierras en el Chaco. Se comenzó a parcelar y a alambrar el suelo donde habitaron toda su vida. Hoy están en proceso de recuperación de su hogar, del pulmón de la madre tierra, el impenetrable, y de sus brazos, el río bermejo y el bermejito, donde pescan lo necesario para alimentarse, ni un solo pez de más. De un universo sin puertas y sin llaves, a una ciudad de rejas e inseguridad, de habitaciones diminutas y polución. Clemente empieza a repasar sus vivencias y su historia.
Día de la raza
Recuerda el 12 de octubre. El día de la raza celebrado en América, el día del comienzo del genocidio conquistador. Nos cuenta de los españoles buscando en las aldeas indígenas a las mujeres embarazadas, separándolas del grupo donde vivían y atravesándolas con lanzas. De chico, en su escuela, también se celebraba la conquista. La jornada anterior, entre los Tobas, se conmemora el último día de la libertad. Clemente concurría al colegio primario con toda esa carga del acto del 12 de octubre, hasta incluso lo “vestían” de indio y lo hacían actuar. Un grupo de alumnos representaba a los conquistadores, otro a los indígenas. Sobre el escenario escolar los alumnos vestidos de indios debían dejarse aniquilar. El acto concluía con los indios acostados, la espalda en la tierra, en la madre tierra, y los españoles triunfantes pisaban el pecho de los derrotados. Atreverse a leer, durante un acto, una carta en donde explicaba sus razones por las que no quería actuar, le costó varias horas de sol chaqueño primaveral estallándole sobre la cabeza, parado al lado del mástil, en el patio de la escuela. También le costó días sin su mate cocido correspondiente. La maestra no solo no quiso entender las razones, tampoco las quiso escuchar.
Buenos Aires
La comunidad Toba Daviaxaiqui se instaló en la gran ciudad. Las primeras épocas las pasaron en Fuerte Apache, donde organizaron una cooperativa. Allí continuaron trasmitiendo su cultura, sin perder su identidad indígena. No se deja de ser indio, le decía Clemente a la clase, y le dijo alguna vez a sus hijos, quienes en Buenos Aires habían comenzado a asistir al colegio. Al tiempo de empezadas las clases, Clemente fue citado por la maestra de su hijo mayor. Ella le describió lo que, para su entender, era un problema del alumno. El niño terminaba la tarea en clase antes que todos sus compañeros. Sin pedir permiso, abría la puerta y salía del aula, para ir hasta el grado donde estudiaba la hermanita. Allí se sentaba a su lado, y los dos hermanos permanecían juntos. No estaban acostumbrados a estudiar separados, a la división de grados por aulas y paredes. En el Impenetrable no había puertas, los niños no pedían permiso para entrar o para salir. Durante la charla Clemente contaba que cuándo un niño Toba comete una falta o hace una travesura, los mayores le llaman la atención con un reto. Jamás les pegan, se los mira a los ojos y se les da un suave consejo, para que el niño entienda, sin miedo, el error que cometió. La diferencias entre las enseñanzas hace difícil la adaptación del niño Toba a los colegios de la Capital. Sin embargo optan por mantener sus raíces vivas.
Tabúes
Los Tobas tienen, como todas las culturas, numerosos tabúes. Estas prohibiciones rituales contienen gran cantidad de información sobre la ideología de la sociedad a la que pertenecen. Muchas de estas prohibiciones quedaron en el pasado, otras se mantienen vigentes Algunos de éstos tabúes son exclusivos de las mujeres. Durante la época del período menstrual eran consideradas impuras por lo que eran separadas de la comunidad. No podían comer grasa o carne animal, no podían tener relaciones sexuales, ni tocar o cocinar los alimentos traídos por el hombre. Este tabú, que se hacía presente durante el período, se extendía a los hijos y al marido. Ellos no podían salir de caza, ni zambullirse en aguas profundas debido a que la impureza de la mujer podía traer consigo desgracias para toda la familia. Durante el embarazo, las prohibiciones preventivas aumentaban. La mujer no podía ingerir alimentos sucios, y así evitaba que el niño naciera con problemas en la vista. Tampoco podían mirar a los animales de feo aspecto ni a las personas muertas, previniendo, de esta manera, la parálisis infantil y los problemas cardíacos. Sobre el marido de la mujer embarazada regía la prohibición de ejercer violencia ante cualquier ser vivo. Matar animales significaba la muerte o algún defecto físico en el hijo que estaba por nacer. También existían tabúes generales, que recaían sobre todos los integrantes de la tribu. Un ejemplo de ello son las enfermedades y plagas que no podían controlar, tenían prohibido pronunciar el nombre de estas. La peor de todas era Ralogo, la cual mataba rápidamente. Esta era traída por la voz humana y los niños eran castigados si llegaban a pronunciarla. Este tabú del silencio iba más allá del nombre de las enfermedades. Entre los Tobas era apreciable guardar silencio o hablar solo lo necesario. Levantar la voz entre los ancianos era motivo de castigo, los discursos estaban reservados para los mayores o los jefes. Cuando un integrante de la tribu fallecía, su nombre se transformaba en tabú, y hasta incluso estaba prohibido mencionar su parentesco. Esta prohibición terminaba cuando un niño tomaba el nombre del fallecido. La palabra, entre los Tobas, tiene un poder especial, la misma trasciende la función de comunicación y adquiere nuevos significados. Los Tobas eran lúcidos observadores del cielo. Con excepción de los ancianos, tenían prohibido señalar el arco iris, creían que éste era una persona que mataba gente y secuestraba niños. Tampoco podían contar las estrellas, ni mirar de frente a la luna, su brillo enceguecía a las personas que lo hicieran. También tenían una explicación para los numerosos días de lluvia que azotaba la selva chaqueña durante el mes de marzo, a fines del verano. Durante ese período de nubes, cambiaban de lugar al sol, empujándolo hacia el norte.
Los estudiantes salen en silencio, pensando en la clase. Algunos se llevan un volante con la dirección y el teléfono de la comunidad, querrán seguir escuchando, querrán saber más. Todos agradecen que la noche de Buenos Aires esté nublada. El cielo se esconde detrás de las nubes grises del otoño. El clima pesado, denso, impide ver a la luna y a las estrellas. Se oye un tren en las cercanías, muchos miran al cielo. Saben que en esa noche otoñal no hay peligro de contar las estrellas ni de mirar de frente a la luna, simplemente porque las nubes no las dejan ver.
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© Revista Axolotl, Número 5 |