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El pensamiento americano |
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Vida es detenerse en una Americano. ¿De dónde? ¿Del altiplano o de la gran ciudad? Nos topamos aquí, y muy temprano en estas líneas, con una diferencia típicamente americana, casi insalvable a la hora de querer unificarlas. ¿Cómo opera este dispar pensamiento americano? En el altiplano, allá, se cree en la magia, mientras que en Buenos Aires ya
no creemos en ella. Acá, en cambio, creemos en la realidad. Todos nos preguntamos qué es entonces la realidad
para un hombre de ciudad. Y claro, la realidad es lo que tenemos delante de nuestros ojos, sólo que algunos
vemos cemento y asfalto, y otros ven ríos y montañas. La realidad, entonces, en la gran urbe, es dura e
inflexible como sus construcciones.
Así es que, en plena puna, un viejito de piel curtida y mirada serena decide ir hacia delante, hacia donde contemplan sus ojos. Empieza a caminar despacio, pisando la tierra. Se encuentra con un arroyo y lo cruza, silbando. Un hombre de traje y corbata, impecable, a las nueve de la mañana de un precioso lunes, decide también ir hacia delante, hacia donde contemplan sus ojos. Camina dos o tres pasos y se da de narices contra la vidriera de un banco extranjero. Mira de reojo, haciéndose el distraído, a cuánto cotiza el dólar. Da media vuelta y vuelve por donde vino. Esas son las diferentes realidades de América: el habitante de la ciudad en un extremo, con su maciza realidad científica, y el habitante de la puna, del altiplano andino, con sus creencias y costumbres, en el otro. Un juego de opuestos. Si el hombre de traje
Ese hombre se pregunta qué hace allí, tan lejos, en la espalda del país, tan lejos de su realidad y de las fuertes medianeras que la representan. Él está a gran distancia de tener la vida atrapada en el altiplano. Sin embargo, a este hombre le fascina que la realidad se modifique. Le atrae que un brujo de la montaña practique su magia con su tribu, le encanta ver un mago en un cumpleaños sacando conejos de la galera. Le fascina ver su realidad, la realidad, modificada. Le gusta creer en esos actos mágicos, aunque la ciencia de su gran ciudad opine lo contrario. Este mismo hombre es el que le pregunta a los indios que danzan por la lluvia, si ellos esperan que realmente llueva. Claro que, mientras les pregunta, despliega su paraguas y se pone el pilotín, por las dudas. Rodolfo Kusch dice, en uno de sus textos, que sospecha que los árboles piensan y sienten, a pesar de la realidad inflexible y lógica que nos pintan los devotos de la ciencia. Ciencia que, continúa diciendo Kusch, no es más que el invento de los débiles que siempre necesitan una dura realidad llena de fórmulas matemáticas y deberes impuestos, porque tienen miedo de que un árbol los salude alguna mañana. Un árbol que saluda traería consigo el horror y el espanto. Los indios del altiplano no caminan solos. Sus Dioses los acompañan. Sus Dioses y sus Diablos, que son hermanos gemelos. Nosotros en la ciudad caminamos solitarios. Las calles no son nuestros hogares, y todo allí se vuelve inseguro, nada nos pertenece. Esas calles, tan reales, y tan poco mágicas, nos dan miedo. Yo soy un árbol, aquél que Kusch veía a través de su ventana mientras escribía textos de su América Profunda. Soy la realidad misma. Soy el árbol que cada mañana saluda a la ciencia, que además aprendió a escribir y lee la parte deportiva del diario todos los domingos, que ahora saldrá a caminar por las calles de Buenos Aires para acompañar a los hombres de traje y corbata a sus trabajos. Soy ese árbol que piensa y siente, para el espanto de los científicos y de los que no creen, de ningún modo, en la magia.
(*) Gunter Rodolfo Kusch, nació en la ciudad de Buenos Aires el 25 de junio de 1922. Egresó de la facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires en 1948 con el título de Profesor de Enseñanza Secundaria, Normal y Especial en Filosofía. Desde 1948 se dedicó a estudiar los problemas americanos. Falleció en Buenos Aires en 1979.
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© Revista Axolotl, Número 4 |