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Aguafuertes del tango hoy |
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Buenos Aires populosa, cosmopolita. Ciudad de cemento y medianeras, paredes sin techo que ocultan lo lindante. La radio que se oye es siempre del vecino. La estación mal sintonizada escupe tangos o milongas. Aquella música irrumpe en el pedacito nostálgico que todos los porteños llevan dentro. Es una música de recuerdos, de tristezas y abandonos, de la vida que no fue y que no es: la vida del otro lado de la medianera, donde seguramente estará aquella mujer que alguna vez se alejó, o aquél amigo que, de pronto, traicionó. Buenos Aires encantadora y milonguera, hoy en día poblada de otras historias, de otras costumbres. Ciudad donde progresan los festejos ajenos y se brinda con cerveza europea. ¿Dónde nacen, dónde crecen ahora esos instantes en que el tango sale a flote? Aún quedan, aún suceden. Postales del tango, en la Buenos Aires de hoy: Café de los Angelitos "Cuando llueven las noches su frío, vuelvo al mismo lugar del pasado". Avenida Rivadavia y Rincón,
barrio de Congreso. Mediodía templado. Camino rápido pero llegando a la esquina aminoro el paso.
La trampera Suena La Trampera. "Mi tango favorito", le digo a un amigo que está a mi lado, mirando el espectáculo en plena Diagonal Norte. Sobre el escenario se despliega La Quartada, un cuarteto de jóvenes, y no tanto, que nació en el nuevo siglo. Piano, contrabajo, violín y bandoneón. La Gran Milonga sobre el asfalto, diversas generaciones compartiendo el piso, el aire, el baile y la música. Comparo lo que suena con la versión de Troilo, su creador. Esa versión que escucho en mi habitación con, tal vez, excesiva frecuencia. Un violín reemplaza a la guitarra de Grela, un piano suplanta aquél guitarrón de los años sesenta. Me gustan las dos. La gente aplaude, quiere más. Ya llegarán los bises. Orquestas típicas La pista está colmada. Sus alrededores
también. Algunos miran a los bailarines, otros al escenario. Los Reyes del
Tango, orquesta típica, comenzaron su repertorio en la noche
Bar el Chino Noche calurosa en Buenos Aires. Un grupo de amigos toman cerveza en un bar de Palermo, una zona de moda. Hablan como pueden, gracias al volumen elevado de una música pop-electrónica que colma cada rincón del lugar. El tema en cuestión: bar El Chino, en Pompeya. "¿Qué día vamos a escuchar unos tangos?", oigo decir a uno de ellos. "Cuando quieran", responde una chica, desde la cabecera de la mesa, al tiempo que lanza al aire ya viciado una bocanada de humo. Quizá por haber visto la película sobre ese bar, quizá por recomendaciones de conocidos, ¿quién sabe por qué? Lo cierto es que imagino a ese grupo de amigos, de los cuales ninguno pasa los veinticinco años, sentados en el bar El Chino, mirando las paredes tapizadas de fotos sepias y blanco y negro, escuchando el cantar de un tanguero desconocido, que deja su alma en el piso-escenario del bar, sin micrófonos ni parlantes. Los imagino aplaudiendo al final de la interpretación, los imagino saliendo del bar, arreglando entre ellos que día volverán a Pompeya. Bandoneones Estación Callao del subte B. Es de noche.
En el andén se oye llegar a una de las últimas
formaciones de la jornada. Un hombre de
unos setenta años me empieza a hablar:
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© Revista Axolotl, Número 2 |