Aguafuertes del tango hoy

 

Buenos Aires populosa, cosmopolita. Ciudad de cemento y medianeras, paredes sin techo que ocultan lo lindante. La radio que se oye es siempre del vecino. La estación mal sintonizada escupe tangos o milongas. Aquella música irrumpe en el pedacito nostálgico que todos los porteños llevan dentro. Es una música de recuerdos, de tristezas y abandonos, de la vida que no fue y que no es: la vida del otro lado de la medianera, donde seguramente estará aquella mujer que alguna vez se alejó, o aquél amigo que, de pronto, traicionó.

Buenos Aires encantadora y milonguera, hoy en día poblada de otras historias, de otras costumbres. Ciudad donde progresan los festejos ajenos y se brinda con cerveza europea. ¿Dónde nacen, dónde crecen ahora esos instantes en que el tango sale a flote?

Aún quedan, aún suceden.

Postales del tango, en la Buenos Aires de hoy:


Café de los Angelitos


"Cuando llueven las noches su frío, vuelvo al mismo lugar del pasado". Avenida Rivadavia y Rincón, barrio de Congreso. Mediodía templado. Camino rápido pero llegando a la esquina aminoro el paso. Observo la nueva fachada del Café de los Angelitos, un albañil que participa de su reconstrucción, los marcos de madera relucientes de las ventanas, las paredes grises, impecables. Hace trece años cerró sus puertas, hace un par que se reconstruye, luego de su demolición. Pienso en el pasado: las payadas de Betinotti, las presencias de Carlos Gardel, Alfredo Palacios, Juan B. Justo, las mesas colmadas, el tango de fondo. ¿Cómo habrá sido? Sigo caminando, el recuerdo y la imaginación duran algunas cuadras. Seguramente visitaré el café reconstruido cuando esté terminado. Todavía tarareo el tango de Castillo-Razzano, todavía me pregunto donde estarán ahora esos dos angelitos de yeso que custodiaban la entrada. Sigo cantando: "¿Tras de qué sueños volaron? ¿En qué estrella andarán?".


La trampera

Suena La Trampera. "Mi tango favorito", le digo a un amigo que está a mi lado, mirando el espectáculo en plena Diagonal Norte. Sobre el escenario se despliega La Quartada, un cuarteto de jóvenes, y no tanto, que nació en el nuevo siglo. Piano, contrabajo, violín y bandoneón. La Gran Milonga sobre el asfalto, diversas generaciones compartiendo el piso, el aire, el baile y la música. Comparo lo que suena con la versión de Troilo, su creador. Esa versión que escucho en mi habitación con, tal vez, excesiva frecuencia. Un violín reemplaza a la guitarra de Grela, un piano suplanta aquél guitarrón de los años sesenta. Me gustan las dos. La gente aplaude, quiere más. Ya llegarán los bises.


Orquestas típicas

La pista está colmada. Sus alrededores también. Algunos miran a los bailarines, otros al escenario. Los Reyes del Tango, orquesta típica, comenzaron su repertorio en la noche de lunes. Séptimo festival de este género en la Ciudad de Buenos Aires. Los veteranos músicos hacen de las suyas. Trajeados, correctos, desde las gradas se ven impecables. Desde arriba también se ve el movimiento de muchas parejas que bailan: jóvenes y mayores intercalados en el piso del galpón El Dorrego. Dos generaciones distintas, las mismas posiciones sobre el escenario, sobre la pista de baile. Dos orquestas, dos estilos. Suben, para cerrar la noche, los Fernández Fierro, una típica, pero de jóvenes de pelo largo, con remeras del desaparecido Pappo, con barbas desparejas, con blue-jeans. El Chino Laborde, maestro de ceremonias de la jornada, les pregunta cual de todos es Fernández. Ninguno contesta y empiezan a tocar.


Bar el Chino

Noche calurosa en Buenos Aires. Un grupo de amigos toman cerveza en un bar de Palermo, una zona de moda. Hablan como pueden, gracias al volumen elevado de una música pop-electrónica que colma cada rincón del lugar. El tema en cuestión: bar El Chino, en Pompeya. "¿Qué día vamos a escuchar unos tangos?", oigo decir a uno de ellos. "Cuando quieran", responde una chica, desde la cabecera de la mesa, al tiempo que lanza al aire ya viciado una bocanada de humo. Quizá por haber visto la película sobre ese bar, quizá por recomendaciones de conocidos, ¿quién sabe por qué? Lo cierto es que imagino a ese grupo de amigos, de los cuales ninguno pasa los veinticinco años, sentados en el bar El Chino, mirando las paredes tapizadas de fotos sepias y blanco y negro, escuchando el cantar de un tanguero desconocido, que deja su alma en el piso-escenario del bar, sin micrófonos ni parlantes. Los imagino aplaudiendo al final de la interpretación, los imagino saliendo del bar, arreglando entre ellos que día volverán a Pompeya.


Bandoneones

Estación Callao del subte B. Es de noche. En el andén se oye llegar a una de las últimas formaciones de la jornada. Un hombre de unos setenta años me empieza a hablar:
    - Vengo de vender el bandoneón de mi cuñado. - me dijo ya con tristeza - Mi hermana lo quiso vender. Yo me lo quedaría, o lo hubiera llevado a la Casa del Tango, para que algún pibe, un principiante, lo pudiera usar.
    Lo escucho atento. El avejentado hombre acapara toda mi atención. Me habla de tipos de bandoneón, más pesados, más livianos. Subimos a un vagón y seguimos hablando. En la contratapa de un diario que sostiene una chica, frente a nosotros, se lee la noticia: Los Piojos tocaron en River. El hombre del fueye me dice, sorprendiéndome:
     - ¿El Chula Clausi tocó con Los Piojos en River no? Lo conozco hace mucho al Chula, el mejor de todos.
     - Si - le respondo - Yo estuve el sábado ahí.
    Recordé el recital. Recordé al Chula Clausi, un joven bandoneonísta de noventa y tres años ingresando al escenario del estadio colmado. La noche era de puro rock. El Chula Clausi trajo el tango, y quedó flotando por los aires hasta el fin del concierto. El último grande del bandoneón, dicen muchos, y fue un público rockero el que tuvo la suerte de escucharlo en River.

 

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