Crónica de viaje: BOLIVIA

 

 
 
Primeros Pasos
Miramos hacia atrás: pisábamos suelo boliviano. Delante nuestro se mostraba Villazón, un pueblo de frontera al otro lado de La Quiaca. El cruce nos llevó veinte minutos, entre las declaraciones de las cámaras fotográficas y el firmado de papeles. En alguna de las casas de cambio, que abundan en Villazón, conseguimos Pesos Bolivianos. Con las mochilas al hombro caminamos en subida a la terminal de ómnibus. El tren saldría en media hora pero ya no quedaban pasajes. Conseguimos seis asientos en un micro a Tupiza. Era sábado a media tarde y comenzamos a viajar.
En suerte me tocó el primer asiento, a centímetros del ventanal que nos mostraría todo el camino. Circulaban los comentarios de un trágico choque de micros en las cercanías de Oruro. Transportarse en micro por Bolivia parecía ser una aventura peligrosa.
El camino de tierra se mostraba dócil. El ómnibus avanzaba veloz entre subidas y bajadas. Con frecuencia paraba cuando la gente le hacia señas desde el costado del camino. Comenzó a llenarse. Cholas con canastas, obreros, militares y hasta una mujer con un pastel recién horneado eran parte del pasaje. Abarrotado, el micro avanzaba entre murmullos y charlas de café. Recuerdo un túnel, un arroyo que cruzaba el camino y una lluvia inoportuna. A las dos horas llegamos a Tupiza, "municipio saludable" según profesa su cartel de bienvenida.
Allí debíamos conseguir transporte hacia Uyuni, una pequeña población en las puertas del salar homónimo, el más grande del mundo. Una camioneta en la que viajaríamos trece personas fue la opción. Nos instalamos en la Toyota. Impacientes llamamos con un bocinazo al conductor, quién charlaba animadamente a varios metros. Un policía enfurecido nos llamó la atención: tocar bocina en la terminal estaba terminantemente prohibido.

 

Uyuni y el salar
Siete horas de viaje hasta Uyuni. Llegamos a la una de la mañana y nos instalamos los seis en el garaje de un hostal. A esa hora el cansancio nos ganaba a todos.
A la mañana siguiente recorrimos el pueblo buscando alguien que nos llevara de excursión al Salar. El regateo capitaneaba las negociaciones. Finalmente, cerca del mediodía, partimos.

En la entrada al Salar se encuentra Colchani, un minúsculo pueblito que se dedica a la explotación artesanal del desierto blanco. La camioneta avanza: un punto oscuro transitando los diez mil kilómetros cuadrados de sal. El mismo casete giraba y giraba en el estéreo de la Toyota (siempre Toyota). Despedía cumbias y canciones brasileras. "Música DJ" pide Marino, el conductor. Héctor, el acompañante, técnico mecánico de la Universidad de Sucre, cocinero (y ahora DJ), acata el pedido y vuelve la música, una y otra vez.
En las "costas" de la isla de Incahuasi almorzamos milanesas de llama a pleno sol. Esta isla, un mundo de cactus de hasta casi diez metros de altura, se levanta en el medio del salar de Uyuni. Desde lo alto de la isla se ve su ribera bañada de sal. Se puede observar el llegar de las camionetas con turistas, como si fueran barcos que se arriman a un puerto. Desde allí se ve también el volcán Tunupa. A lo lejos espera, solitario y paciente, con su cráter rojizo y grisáceo. Nos separan kilómetros de pentágonos blancos que debemos recorrer para llegar al pie del espléndido volcán.

El camino a Coqueza es deslumbrante. Las lluvias sobre el salar acumulan varios centímetros de agua. Transitar sobre lo inundado da la sensación de recorrer el cielo. Todo en el horizonte se ve doble, pisamos un inmenso espejo que parece no romperse frágilmente. El cráter del Tunupa nos impacta desde cerca. Los rojos y los grises son más intensos. Un camino marcado indica la entrada a Coqueza, el agua tapa todas las huellas de los vehículos.
Al descender de la camioneta giramos sobre nuestros pies para contemplar la belleza de los cuatro costados. Hacia el norte el volcán. Hacia el sur el salar. Al este y al oeste el pasto, las casas, las llamas, los arrieros, las pircas. En Coqueza hay paz. Una iglesia, una escuelita y un puñado de casas lo forman. Alrededor de cien personas componen su población.
Salimos a recorrer. El hostal estaba a unos doscientos metros de la orilla del salar. En este espacio pastan las llamas, los burros y las mulas. Algunos flamencos paseaban por el lugar .Los pájaros rosas huían al acercarnos. El atardecer llegaba y el sol, un oscuro círculo naranja, hacía de Coqueza una postal única. El volcán seguía mirándonos mientras el sol se escondía en las aguas del Salar y el frío recrudecía.
De vuelta en Uyuni, caminamos por sus callecitas. Nos detuvimos a un costado del gacebo de la “calle-plaza” principal. En una esquina la alcaldía, un edificio antiguo, color amarillo. En la otra esquina la estación de tren. A las cuatro de la tarde, según se anunció con altoparlantes desde una camioneta, una movilización partirá desde la estación hacia la alcaldía, pasando por todo el pueblo de Uyuni. Desde donde estábamos veíamos el llegar de los primeros manifestantes y oíamos los primeros morteros. Un grupo de cholas con una bandera de Bolivia ya estaban apostadas en el lugar. Nos acercamos.
Se había formado una prolija columna, de tres personas por fila. Cuatro hombres tomaron la delantera llevando su bandera patria. Sacamos algunas fotos y un hombre nos gritó: "Váyanse gringos, si no los echamos a patadas!". "Somos argentinos!", le respondimos. "Entonces únanse a la movilización", fue la respuesta. Y nos unimos.
La gente pedía por la nacionalización de los hidrocarburos y protestaba contra el "gasolinazo", un aumento en los combustibles que el presidente Mesa había dispuesto días atrás. En todo Bolivia se repetía el reclamo, pero en Uyuni reclamaban por más. Por agua potable, por un camino asfaltado a Potosí (en el altiplano boliviano la red de carreteras es asfaltada desde Potosí hacia el norte, y es de tierra de Potosí hacia el sur), por estudiantes asesinados en represiones y otras cuestiones. La movilización terminó, precisamente, en el gacebo desde donde habíamos partido. Allí se escuchó a los oradores dar un duro discurso.

Salar de Uyuni

 

 

 

 

Coqueza: Volcán Tunupa

 

 

Vale un Potosí

 

Llegamos a Potosí después de seis horas de camino de cornisa. El conductor del pequeño micro donde viajábamos no dudaba en ir a toda velocidad por las curvas de las alturas. La entrada a la ciudad se da entre calles adoquinadas en desnivel: nada es llano en Potosí. El cerro Rico todo lo vigila. La ciudad a sus pies se mueve intensa.

Cerro Rico de Potosí

Caminamos en subida buscando un hostal que nos recomendaron. La marcha es lenta, el aire falta, el peso de la mochila se multiplica a cuatro mil metros de altura. El uso de las bocinas es frecuente, cada tantos segundos se escucha alguna a nuestro alrededor. El andar de los vehículos es frenético. Las calles de Potosí parecen un anillo de Moebius donde los autos jamás se detienen. Encontramos el hostal, a unas seis cuadras de la plaza principal. No dudamos en dejar nuestras cosas en las habitaciones y salir cuanto antes a descubrir esta ciudad colonial, un pueblo minero que sufrió las locuras de la conquista, el saqueo incesante del imperialismo europeo.
Atrapados por los relatos de Galeano (todos sus libros se consiguen en todas las librerías de Bolivia) quien dice que el cerro Rico tragaba indios, esa montaña de la que manaba plata invitaba a los mineros a ingresar a sus socavones. "De cada diez que entraban, solo tres salían vivos". Estos condenados a la mina generaban la fortuna de los banqueros italianos, españoles y alemanes. Ahí teníamos, delante nuestro y tapados por su sombra, a ese cerro ahora hueco. Sentados en los bancos de la plaza "10 de Noviembre", en una ronda de mate, lo observábamos. A la ronda se acercaban distintos curiosos. Niños con la excusa de limpiarnos las zapatillas se quedaban a compartir las charlas. Abuelos que querían probar la yerba mate Argentina nos contaban algunas historias de la ciudad de las mil iglesias.
Caminar por Potosí deslumbra. En cada vuelta de esquina se ve algo nuevo. La arquitectura colonial, los balcones y los diversos colores de los edificios construyen un espacio pintoresco. Atardece y los mismos balcones son los únicos que retienen al sol. Nadie asoma por sus ventanas, pero al contemplarlos uno puede imaginar la historia, como fue Potosí durante los siglos que pasaron. Caminamos la ciudad por sus desniveles hasta que llegó la noche.
A la mañana siguiente partimos hacia el cerro Rico. Visitaríamos una de las minas, un socavón de donde se extrae estaño y zinc, administrado por una cooperativa. De cerca el cerro parece aniquilado. Sus laderas destruidas exhiben más colores que el mismo arco iris. Las maquinarias lo rodean. Con el atuendo correspondiente nos adentramos en la mina.
Los mineros mueren jóvenes. Los pulmones no aguantan. El guía nos habla de las diferentes tareas dentro del socavón. Los perforadores, los carrileros, los jefes. El túnel es interminable. Caminamos por dentro cientos de metros, esquivando a los trabajadores que sacan una tonelada de mineral en sus pequeños vagones, y después de subir por unas escalerillas de madera llegamos a una perforación vertical. El ruido es atronador el polvo hace toser. Dos mineros perforan hacía arriba, en busca de una nueva veta. Mascando coca, el perforador sostiene la pesada máquina. El otro ilumina el nuevo agujero con la linterna a kerosene de su casco. Ellos dos, como todos los mineros, mastican coca, les quita el hambre y el cansancio.
Instantes después visitamos al tío Jorge, quién protege a los mineros bajo tierra, mientras que la pachamama lo hace sobre la superficie. Todos los viernes los trabajadores de la mina realizan un ritual donde le llevan ofrendas al tío, a quién vemos rodeado de cigarrillos, hojas de coca y alcohol. Llevamos dentro de la mina unas dos horas. El poco tiempo dormido y el cansancio que provoca el encierro se hacen sentir. Pasaron quince minutos del mediodía. El guía nos hace detener en el cruce de tres túneles. Es la hora de las detonaciones, las dinamitas no tardarán en explotar y por precaución hay que esperar allí. "Van a sentir un poco de olor a gas, pero no se preocupen". Fueron tres las detonaciones. No fue el ruido sino el movimiento de la tierra lo que nos sorprendió. Sentimos la vibración de la explosión dentro de nosotros. El polvo empezó a aparecer junto con un olor extraño.
Ver como se trabaja allí adentro es una experiencia inolvidable. La expresión de los rostros de los mineros, de los cuales sabemos algunos apodos como "El asesino", "El terrorista" o "El choco", quedan grabadas. Sus pómulos inflados por la coca, sus palabras lentas. Luego de las detonaciones caminamos hacía la salida de la mina. Afuera llovía y había huelga de transporte. Caminamos hasta el hostal desde el cerro, pensando en todo lo que habíamos visto adentro, y en todo lo que no pudimos ver.

Universidad de Sucre

 

 

Sucre

La Plata, Charcas, Chuquisaca, Sucre
Desde Potosí partimos hacía la ciudad de los cuatro nombres, Sucre en la actualidad. Enclavada en el departamento de Chuquisaca, es la capital nacional constitucional. Aquí se declaró, en 1825, la independencia del Alto Perú formando la República de Bolivar y luego Bolivia. A causa del terremoto de 1948 se construyeron en Sucre estructuras modernas y calles amplias. A dos mil ochocientos metros de altura todo es más verde.
Desde la terminal caminamos buscando un lugar donde hospedarnos. Finalmente conseguimos un hotel barato en una zona donde abundan los negocios callejeros. Los puestos se multiplican por las cuadras que rodean al mercado. Caminar sin chocarse con nadie es una tarea difícil. Desde allí, preguntando en cada cuadra, nos dirigimos hacia el centro de la ciudad.
La plaza central, "25 de mayo", es impecable. Se respira un aire templado y tranquilizador. Todo en Sucre parece estar tranquilo. Mirando los edificios que rodean la plaza se puede descubrir que la huella colonial está intacta. Si se camina hacia arriba por cualquiera de las calles y se contempla la ciudad se ve un mundo de tejas rojizas, una vista preciosa desde las alturas.
Ingresamos a la universidad de Sucre, la tercera universidad de América. Era sábado al mediodía y teníamos pocos minutos para recorrer su patio y sus galerías tras lo pasos de los primeros revolucionarios americanos, como Mariano Moreno o Bernardo Monteagudo. Bajo el lema "Libertad, Igualdad y Fraternidad" absorbían las ideas de la revolución francesa. Se siente algo especial en aquella universidad. La fuente en el centro del patio, las aulas, los adoquines, las columnas. Imposible no imaginarla en otros tiempos.
Hablando de tiempo, era tiempo de mate y la tarde lo pedía. Sentados nuevamente en el banco de la plaza central, pero en otra ciudad, nos pasábamos la infusión de mano en mano. De pronto una tormenta amenazaba con empaparnos. Corriendo al gacebo nos amontonamos con el resto de la gente que paseaba por el lugar. Un grupo de músicos aprovechó la ocasión y mientras la lluvia torrencial y la inundación de la plaza no nos permitían salir del gacebo, nos brindaron un repertorio de lo más variado, con palmas y coros de nuestra parte. Dejamos Sucre con esa impresión: una ciudad bellísima y apacible

 

Lago Titicaca
Nos despertamos ingresando a La Paz. Seguramente el frío nos forzó a abrir los ojos. Cuando por la ventanilla vimos el agua-nieve sobre el pasto y los coches, confirmamos la sospecha de que estaba realmente fresco. Desde lo alto veíamos la gran olla que es la ciudad, construida entre montañas en el medio de un valle, con los nevados de la Cordillera Real de fondo. La inmensa colina que enmarca a La Paz, atestada de construcciones desparejas, forma el barrio El Alto. Este barrio fue construido por los indígenas que huían de la pobreza del campo. El Alto es, hoy en día, el sitio más combativo de Bolivia.
Solo estuvimos de paso por la megalópolis. En la terminal tomamos un micro hacia Copacabana, situada en las orillas del lago Titicaca. Este es el lago navegable más alto del mundo, a tres mil ochocientos metros de altura.
El domingo se presentaba lluvioso en Copacabana. El micro nos dejó en una esquina de la plaza. La basílica de la Virgen Morena del Lago (o Virgen de la Candelaria), patrona de Bolivia, es lo primero que llama la atención. Es impactante. Esta basílica es visitada por miles de peregrinos todas las semanas. Era domingo y la gente llevó a bendecir sus vehículos. La cola de autos, camionetas y camiones adornados con cientos de flores y guirnaldas, daba vueltas a la plaza. El cura bendice uno por uno, y hasta se saca fotos con el dueño del coche si este lo requiere. La fe de los creyentes que se acercan a este pequeño pueblo es asombrosa.
Conseguimos hospedaje en un hostal colorido. Adornado con piedras y mosaicos de todos los colores, se llega por un largo pasillo al patio central. Es administrado solo por mujeres: una familia de cholas. Las charlas con ellas se dan en cualquier momento del día. La amabilidad está siempre presente, como en todo el recorrido.
Caminando por las callecitas de Copacabana se puede leer en los carteles de los diferentes restaurantes cual es el plato típico: la trucha. Trucha a la plancha, trucha tomatada, trucha al verdeo, la lista es interminable. Dentro de estos lugares de comida se suele escuchar folklore boliviano, música de quenas, sicus y bombos en la dulce espera del almuerzo o la cena.
Bajando, a cuatro cuadras de la basílica, se llega al lago. La costanera está repleta de distintos tipos de embarcaciones: canoas, botes a remo, veleros, catamaranes. Recorrimos la costa por cientos de metros. El lago Titicaca, amplio y azul, es el escenario de la leyenda que explica la existencia de los Incas. De sus profundidades emergió el soberano Manco Capac junto a su hermana Mama Occlo, hijos del dios Viracocha, el creador de todas las cosas. Los hijos del sol dieron sus primeros pasos sobre la Isla del Sol, situada en el medio del lago. Desde allí, el Manco Capac y su hermana se dirigieron a Cuzco donde fundaron la capital del imperio.
A un costado de Copacabana se levanta el monte Calvario. Su nombre surge de las construcciones que guarda en su cima. Sentados en un bote muerto, sobre la playa del lago, esperamos el atardecer.
La noche en Copacabana resultó tener algo más de movimiento que en el resto de los lugares. Un bar de argentinos estaba abierto hasta la madrugada. Allí se tomaba cerveza, particularmente espumosa, y se escuchaba rock de todo tipo. Las charlas sobre el viaje se multiplicaban. Al salir del bar, la odisea de volver a cualquier hora se repetía. Golpear la puerta del hostal durante un largo rato, cerrada desde las once de la noche, era un clásico. Dormidas, las cholas nos abrían la puerta y ante mil perdones nos íbamos a dormir.
La primera mañana, en un catamarán, salimos hacia la Isla del Sol. Una bonita vista de Copacabana se gana desde el lago. A la izquierda del pueblo el monte Calvario, a la derecha la inmensa bahía.

El barco avanza lento y el sol nos da de lleno. El Titicaca es bellísimo. El agua azul contrasta con la flora verde de las costas y con las diversas aldeas que rodean el lago. Llegamos a la parte sur de la Isla del Sol. Botes de totora descansan en la orilla. Debemos cruzar toda la isla hasta la parte norte. Allí pasaremos la noche. Sabemos que son varias horas de caminata, pero el paisaje ameniza todo esfuerzo.
La escalera del Inca es lo primero que se ve al descender del catamarán. Cientos de escalones altos hay que subir apenas empezado el recorrido. Dos nenes nos ofrecen una foto con su llama al llegar arriba. Las palabras no salen, el aire se nos acabó en la escalera.
En las costas de la isla el agua es color Caribe. Celestes, verdes y turquesas bordean las riberas. Desde lo alto se ven los diferentes colores, las playas de arena blanca, las casitas desparramadas por todo el lugar. Al costado del camino, que dura kilómetros, descansan las terrazas de cultivo de cereales y maíz, y los animales pastan sin inmutarse. Caminamos unas cinco horas hasta llegar al lado norte. Antes pasamos por la piedra de los sacrificios y por la Chincana, unas construcciones Incas que forman terrazas mirando al lago. También soportamos una lluvia intermitente y oímos una extraña melodía que surgía de una pequeña quebrada.
En el norte nos esperaba un pueblo. Su plaza parece haber sufrido un bombardeo. Su piso es de tierra. Parados en el centro de la misma podemos mirar a nuestro alrededor: una iglesia cerrada, casas de dos plantas que nos recuerdan el lejano oeste, una construcción derruida, que solo mantiene una pared y una puerta de doble batiente, y nuestro hostal, de paredes verdes, intensas.
Pasamos la noche en el hostal y nos levantamos temprano. Queríamos conocer las playas, aprovechar el sol de la mañana antes que el catamarán pase a buscarnos. A veinte minutos del pueblo encontramos una pequeña bahía. Una aldea junto con terrenos cosechados, enmarcaba el paisaje. Un caminito descendía hasta la arena blanca, hasta el agua turquesa. A lo lejos, en línea recta, se veía una diminuta isla. A los costados, las paredes de la bahía formaban cuevas donde sólo el lago entraba. Silencio. Únicamente el ruido del oleaje, en ocasiones, lograba romperlo.
El catamarán llegó y nos llevó a la Isla de la Luna para luego regresar a Copacabana. A los pocos días emprendimos el regreso en un micro que nos dejó en Villazón.

Playa de la Isla del Sol

 

 

 

Playa de la Isla del Sol

 

Cuando cruzamos la frontera, ya del lado argentino, palpé mis bolsillos. Estaba seguro de que no me quedaban Pesos Bolivianos por cambiar. Pero ahí estaba: un billete naranja y gastado de nada menos que cien “bolivianos”. Era tarde para cambiarlo, lo guardé sabiendo que no dentro de mucho tiempo volvería a Bolivia. Quedaba, todavía, mucho por recorrer.

Texto y fotografías: Martín Di Lisio

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