Hay en la historia de la literatura dos parejas que han quedado en el imaginario como los prototipos perfectos e indiscutidos del amor trágico. Una de ellas fue imaginada por Shakespeare: “Reniega de tu padre y rechaza tu nombre. O si no quieres, jura sin falta que me amas y dejaré de ser por siempre Capuleto.” La otra pareja, muy anterior, protagoniza una leyenda celta medieval tomada por varios escritores. Además de la gran cantidad de poemas medievales en los que se la menciona, hay cuatro poemas épicos —dos franceses y dos alemanes— que recogen su historia. Ellos son Tristán e Isolda.
Las dos historias fueron adaptadas a la ópera y al cine en diversas oportunidades. A Tristán y a Isolda se los asocia indefectiblemente con Wagner, al punto de olvidar —incluso— que la leyenda se remonta a varios siglos antes. El amor entre Romeo y Julieta fue, por su parte, plasmado en obras de compositores tales como Gounod, Bellini y Tchaikovsky (quien escribió una obertura inspirada en la pareja).
Familias y reinos enfrentados, elixires y venenos que desatan tragedias, el amor vivido en secreto: sólo algunos de los componentes que estas dos historias comparten. Algunas de las similitudes lo hacen a uno pensar en un Shakespeare joven leyendo alguno de los poemas épicos que narran la historia de Tristán e Isolda.
Sin
embargo, mientras Romeo y Julieta fue pensada originalmente como una
tragedia amorosa, no ocurre lo mismo con todas las versiones de Tristán
e Isolda. El mismo Eilhart von Oberg, cuyo poema épico es el único que se
conserva completo, anuncia en su prólogo que contará “cómo el noble Tristán
llegó a este mundo, cuál fue su fin y todas las proezas que llevó a cabo, de qué
modo culminó todo lo que en vida emprendió, cómo este prudente héroe conquistó a
doña Isolda y cómo ella murió por él; el murió por ella y ella por él”. El
amor, aquí no parece ser más que otro ingrediente.
En la edición publicada por Siruela —colección Biblioteca Medieval— que recoge los poemas épicos de Oberg y Strassburg, Víctor Mollet es aún más elocuente. En su prólogo a la obra de Oberg escribe: “El prototipo narrativo de la conquista amorosa que tantas veces se repite en la obra no deja de ser, pese a todo, un relato épico que expone problemas de poder”. Hace notar la gran extensión y detalle con que se narran todas las escenas de combate y entiende que Oberg está más interesado en mostrar “la conjunción del amor y el poder y los problemas que de ellas se derivan” que en contar una historia de amor. En su prólogo a Cuentos de Ise, los más antiguos documentos literarios que se conservan de Japón, Borges dice que “la historia del Japón ha sido épica, pero, a diferencia de lo acontecido en otras naciones, en el principio de la poesía no está la espada”. La literatura medieval europea se inicia con la espada y Tristán e Isolda es prueba de ello.
El hecho de que en la historia haya perdurado el amor de la pareja sobre la espada, sobre las hazañas de Tristán, se debe probablemente a la ópera de Wagner, basada a su vez en el poema de Strassburg, de una carga amorosa mucho mayor. De hecho la ópera de Wagner se saltea todas las hazañas previas del héroe y comienza en la escena del barco donde Tristán traslada a Isolda para entregarla al Rey Mark.
A
poco de iniciarse la ópera, los dos jóvenes toman la poción que los enamorará:
una poción mágica que los enlazará irremediablemente. El uso de este
recurso sería prácticamente impensado en la narrativa actual, al punto de que en
la adaptación cinematográfica de Kevin Reynolds la escena es eliminada y el amor
surge de manera espontánea entre los protagonistas, durante la primera estadía
de Tristán en Irlanda, cuando Isolda —ajena a la identidad
del guerrero— cura las heridas
recibidas en batalla.
Y es que la existencia de aquella pócima puede hoy —tal vez— generar un efecto distinto al que originalmente tenía: la impresión de que el amor entre Tristán e Isolda no es genuino, que les es impuesto por el azar, que no es verdadero. Resulta llamativo que no se piense lo mismo de Romeo y Julieta, cuando durante todo el primer acto de la obra de Shakespeare se nos muestra a un Romeo enamoradizo, embobado con una tal Rosalinda —que bien podría ser cualquier otra mujer— a extremos tales que el posterior encuentro con Julieta pierde intensidad. ¡Cuánto más fuerte resultaría el amor entre Romeo y Julieta si no hubiera una Rosalinda!
Del mismo modo que Rosalinda sobra en la obra de Shakespeare, hay quien alegaría que el elixir bebido por Tristán e Isolda también está de más. Pero no será así si se lo interpreta en el sentido que pretende tener: un símbolo de la irrupción del sentimiento en el hombre; el amor que siempre se presenta de manera fortuita, inesperada; un amor definitivo que no sabe de espadas.
© Mariana Alonso
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