Policial con ritmo de jazz

Si nos piden que le pongamos música a los libros de Raymond Chandler o de Dashiell Hammett, lo primero que se nos cruzará por la cabeza aún a contramano de las películas protagonizadas por Humphrey Bogart es una melodía envolvente de piano o el sonido melancólico de una trompeta o de un saxo. Hoy, el policial negro suena a jazz.

Probablemente no exista otro género que haya hecho tan propia una música cuyos orígenes poco tienen que ver con los propios. Acaso este romance se deba a que el jazz tiene un aura de misterio y traspira seducción. Acaso el jazz deba parte de su misterio al policial. Prefiero pensar que hay un poco de las dos cosas.

Fue, de hecho, gracias al cine noir que el jazz se ganó un lugar de importancia en la industria cinematográfica.  Tanto en el cine francés como norteamericano se recurrió a la música de artistas como Gerry Mulligan, Art Blakey y sus Jazz Messengers como banda sonora de muchas de las películas policiales de los años 50.

Pero el jazz y el policial negro no sólo se han encontrado en el cine, sino también en los escenarios de broadway.

Para la época en que Poe escribía “Los crímenes de la calle Morgue”, comienza a gestarse en Estados Unidos un género musical tildado, al igual que el policial, como “menor”. Se comienzan a dar los primero pasos hacia la comedia musical. 

En 1840 se desarrolla en la primera forma de teatro musical de factura íntegramente norteamericana: el minstrel show.  Hombres blancos se pintan la cara con corcho quemado, se visten como esclavos e imitan el canto y baile de los negros, ridiculizándolos. Con todo lo desagradable que resulta en su concepción, el mistrel show es una de las primeras fuentes de trabajo para afroamericanos después de la guerra civil, que se unen a muchas compañías. Incorpora, de algún modo, melodías y ritmos de África, aunque la influencia negra se hace más evidente en el baile que en la música, introduce la síncopa y prepara el camino para el surgimiento del ragtime, el jazz y el blues. Muchos músicos negros de jazz se inician en los mistrel shows.  Pero su influencia no se hace palpable sólo en la música. Los estereotipos impuestos por estos espectáculos se ven luego en el cine –la primera película sonora, “El cantante de jazz”, es un mistrel show- y en las primeras animaciones de Disney y de Warner Bross.

El mistrel show tendrá su pico de popularidad después de la guerra civil y continuará existiendo hasta 1950, pero durante la segunda mitad del siglo XIX perderá su popularidad y tomará su lugar el vaudeville, influenciado también por el varieté, otro espectáculo de entretenimiento construido a partir de números musicales, baile, humor y actos circenses.

La comedia musical tal como la conocemos hoy se remonta al año 1878 de la mano de Harrigan y David Braham, con una serie de espectáculos ofrecidos en Broadway en los que se mostraba la vida cotidiana de las clases bajas de Nueva York. A lo largo de su historia, este nuevo género musical recogerá no solo elementos del vaudeville, sino del burlesco, de la ópera, del ballet, del cabaret, del ragtime y de otros ritmos populares. Pretende con ello acercarse a un público más amplio, a personas de distintos estratos sociales. 

Con la llegada del siglo XX se da un cambio radical en la música norteamericana. Para el año 1920, las grandes bandas de swing se han hecho populares y han, incluso, trascendido las fronteras. Hemos entrado en la era del jazz. Y, como era de esperarse, su influencia se hace notar también en los teatros. Toman elementos del jazz compositores tales como Kurt Weill y los hermanos Gershween.

  Transitamos, por esa misma época, un camino paralelo en la literatura estadounidense: el del policial negro. Se trata de aquellas historias pensadas por Chandler y Hammet, y protagonizadas por detectives duros, gangsters y mujeres hermosas al estilo de Marlene Dietrich. Se trata del mundo de Marlowe y de Maigret, con gusto a whisky y aroma a cigarro. Un mundo de seducción y peligro.  En Inglaterra, mientras tanto, se sigue la corriente iniciada por Poe y se inclinan por el policial deductivo. Es el policial de los acertijos, de detectives racionales y sorprendentemente inteligentes, como el Sherlock Holmes de Conan Doyle y el Padre Brown de Chesterton. Sherlock Holmes cruzó el océano y llegó a Broadway en 1965, con la comedia musical Baker Street. Pero, poco fiel a la obra de Conan Doyle, no tuvo gran éxito.

El jazz y la comedia musical se cruzan, sin embargo, algunos años antes en Readhead, un musical estrenado en 1959, con música de Albert Hague y libreto de los hermanos Dorothy y Herbert Fiels y Sidney Sheldon. Ambientado en el Londres de principios de 1900, cuenta la historia de una joven que ayuda a su novio a resolver un caso de asesinato que recuerda al famoso Jack el destripador. Las coreografías de la puesta original estuvieron a cargo de Bob Fosse, director de las películas Cabaret y All that Jazz (traducida al español como Empieza el espectáculo), y coreógrafo de diversas comedias musicales, entre ellas Sweet Charity.

Acaso Bob Fosse sea uno de los coreógrafos de Broadway que mejor represente la inclusión de la danza jazz en la comedia musical. Es también el libretista y el coreógrafo original de una de las comedias musicales más famosas de la historia: Chicago. Fue estrenada en 1975 y duró tres años. Volvió a cartelera en 1996. La reciente película de Bob Marshall dio un nuevo impulso a esta obra en todo el mundo, si bien desde su reestreno hace ya 11 nunca dejó de representarse en Estados Unidos y en Londres. La obra, como no podía ser de otro modo, se abre con la famosa canción “All that Jazz”, en honor a la película homónima de Fosse. Y así es: empieza el espectáculo, un espectáculo montado por sus personajes, para hacer pasar sus crímenes por actos heroicos. La obra gira en torno a un crimen, aunque en lugar de resolverlo (cosa que ocurre apenas comenzada la obra), el desafío consiste en disfrazarlo. Chicago tiene, si bien no por su trama, muchos ingredientes del policial norteamericano, cuyo mayor aporte será la ironía. También se verán reflejados muchos de sus estereotipos, el del policía y el abogado, pero especialmente el de la mujer fatal, en todos sus matices: desde la avasallante y sexy Velma Kelly hasta la “ingenua e inocente” Roxie Hart.

© Mariana Alonso

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