Y si el llanto te viene a buscar... |
Vi llorar a un hombre en el baño de un restaurante. De esto hace dos o tres semanas. Estuve tentado de preguntarle qué le pasaba, pero me contuve. No era asunto mío y no quería quedar como un chismoso. Me arrimé al mingitorio y oriné lo más rápido que pude, para no molestarlo, como si fuese yo el que se comportaba de manera extraña. El llanto verdadero es estallido, es descarga, es liberación, es catarsis. Vemos a un tipo llorando y lo más probable es que tratemos de disimular, de ignorar la situación, aunque, seamos honestos, la desgracia ajena despierta en nosotros una curiosidad perversa. Al ver a ese hombre contra los azulejos me figuré lo peor, una enfermedad terminal o algo por el estilo. Claro que no tiene por qué existir un motivo tan dramático para soltar dos lagrimones. Se puede llorar por cualquier pavada, la gente está en todo su derecho. En ciertos casos el motivo resulta insignificante, pero detrás de esa insignificancia se esconde, tal vez, algo oscuro. Una carga. El llanto espontáneo y en apariencia sin sentido puede ser consecuencia de la acumulación de frustraciones, de la fatiga por tanto remar y remar. Remar hasta que uno se da cuenta de que no ha avanzado nada, de que ha luchado en vano, de que los años se suceden y uno sigue en el mismo punto, como si caminara sobre una cinta que corre en dirección opuesta a la de nuestros pasos. Y después del desahogo, la serenidad, que llega acompañada de la reflexión. Nos limpiamos la cara, salimos de nuevo al mundo ―cansados pero tranquilos― para seguir remando y no acabar como una rama devorada por la corriente.
Por suerte ahora existe un lugar exclusivo para llorar, una especie de boliche donde pasan buenos tangos y la gente se emborracha hasta ablandar el corazón. La Mocosa. Así se llama el lugar. Se lo recomendé a un amigo, el arquitecto Ibáñez, que andaba nervioso y con mil problemas en la cabeza. Le dije que podía resultarle flor de terapia. Se echó a reír. Pero cuando le confesé que yo iría nuevamente, por segunda vez, no tanto para indagar como para desahogarme en comunión, le picó la curiosidad y aceptó acompañarme.
“Parece que cualquier excusa es buena para llorar”, me reprochó el arquitecto Ibáñez, mientras caminábamos rumbo a La Mocosa. Anochecía. Por la tarde, la temperatura había trepado a los cuarenta grados. El sol destilaba ahora una luz promiscua, sucia, como si se replegara lamiendo los rincones, cargándose de hollín. Aquel color inflamado se alejaba en pantuflas hacia otras latitudes, un sol muerto de sueño pero tranquilo, muy tranquilo de saber que todo quedaría en buenas manos, a merced del sosiego que trae la noche. Una patota de cinco perros mugrosos cruzó Rivadavia con un trotecito alegre, mejor dicho, un trote que parecía alegre pero que delataba desconcierto o ansiedad. Iban con la lengua afuera, acorralados por el cemento y los bocinazos. Buscaban su olor, su territorio, al resto de su tribu. Buscaban lo remoto de un mundo que desde hacía rato había dejado de existir.
Apenas tres mesas desocupadas. Nos ubicamos en el centro del salón, bajo la esfera de espejitos que esparcía escurridizos lunares de colores. Pedimos whisky. La gorda de la mesa de al lado gimoteaba como loca y cada dos por tres se soplaba fuerte la nariz. Desde el modesto escenario emplazado en un rincón, la cantante, vieja y recauchutada, se aferraba al micrófono como a un Cristo de metal. Entonaba el clásico Mi noche triste. Linda voz, pero por momentos se le perdía entre los sollozos de la gente. El humo de los cigarrillos se condensaba en el techo. Todos lagrimeaban, salvo nosotros.
El arquitecto miraba a un lado y a otro, desconcertado, sin animarse a aceptar la idea de que debía aflojarse, de que debía empezar por aflojarse el nudo de la corbata y después aflojar los hombros y el pecho. Y eso que yo le insistía, le decía que no tuviera vergüenza. Con la voz quebrada se lo decía. Pero él continuaba mirándolo todo con ciertas reservas, erguido en la silla como si lo estuvieran aguijoneando desde atrás, sin dejarse caer contra el respaldo.
En eso, me di cuenta de que también yo lagrimeaba.
“Lo que pasa es que usted es un romántico ―me dijo el arquitecto Ibáñez sosteniendo el vaso de whisky, haciendo bailotear el hielo―. Un loco lindo y sentimental”.
“No, no es eso ―le explicaba yo―, es este sitio, la gente, la música. Son esas cosas las que me ponen así”.
La cantante entonaba ahora Tomo y obligo, de Gardel.
“¿Se da cuenta, arquitecto? ―dije al ver que se le humedecían los ojos―, ya se está ablandando usted también. Si no fuera por este tango, que le ha tocado las fibras más íntimas, como quien dice, si no fuese por este tanguito y por esta especie de hermandad acuosa que nos une, seguiría usted con ese nudo en la garganta, esa pelota de angustia y de tristeza que nos nace de muy hondo. Es bueno llorar de vez en cuando, llorar a lágrima viva. Llore, llore. Menos mal que existen lugares como este, ¿no le parece?”.
El arquitecto pudo comprobar en carne propia la comunión de la que le hablaba. Una noche de corazones puestos en remojo, hombres y mujeres desnudando el alma en la penumbra, entre tangos, hipo, humo y alcohol.
En tanto, el piso y las paredes se iban mojando también, y no precisamente por la humedad. Llovía. Dentro del boliche llovía. Desde arriba, nuestro llanto nos mojaba. No sé cómo, pero así ocurrió. Éramos nosotros que nos llovíamos.
© Daniel De Leo