Sacrificios de sangre |
El brillo en las pupilas, la copa de malbec calentándose en su mano. Miguel me hablaba como si hubiera descubierto un mundo nuevo, y de alguna manera era así, era verdad: había atravesado la puerta que lo enfrentaba con su forma más primitiva, dejándose arrastrar hacia un espacio místico y feroz. Si no lo hubieran echado del casino, me dijo, todavía andaría deambulando por sus mesas, entre parias y gente abacanada, perdedores que se resistían a sentirse perdedores, ganadores que volvían para despilfarrar lo que habían ganado, como si la plata les quemara.
Hacía meses que Miguel había pasado de los dados y la ruleta a un juego más salvaje y elemental: el de las riñas de gallos. Y yo recién me enteraba esa noche cuando vino a comer a casa. No sólo se limitaba a hacer apuestas, además era dueño de dos gallos. ¿Cómo era posible que frecuentara esos rituales? Pero cuando me invitó a ver una riña le dije que sí, que lo acompañaría. No podía dejar pasar la oportunidad de asomarme a ese círculo de instintos y pasiones. Ya me prefiguraba el próximo titular de mi columna: Riñas de gallos, sacrificios de sangre.
Miguel dejó la copa sobre la mesa y dijo:
—¿Sabés cuántas peleas lleva ganadas Relámpago?
El apodo, Relámpago, me recordó el de un joven boxeador de la zona oeste, fallecido el año anterior.
—Ni idea —respondí encogiéndome de hombros.
—Siete.
—¿Y el otro bicho? —quise saber.
—Ahí anda el Colorado —Miguel negó con la cabeza—, casi me lo comen crudo la última vez.
Las riñas se llevaban a cabo en un pueblo situado en el partido de Mercedes. Un sábado fuimos para allá. La luna sobresalía redonda sobre nosotros. Doblamos por una calle de tierra, dejando atrás la Ruta 5. Algunas casas y quintas apenas hacían bulto en ese territorio a medio poblar, lo mismo que sus típicos almacenes y los puestitos de quesos y salamines al borde del camino. Estacioné donde me indicó Miguel. Tres restoranes se disputaban el protagonismo de la cuadra con sus lucecitas de colores. Uno que otro galpón brotaba en el horizonte.
—Relámpago ya está adentro —Miguel señaló el lugar y luego miró a un costado, hacia una Chevrolet—. Esa es la camioneta del entrenador.
Entramos en una cantina con techo de madera a dos aguas. De un tirante colgaba la tristeza: hilachas de una guirnalda sin vida. Cruzamos el salón comedor, semivacío. Era evidente que no vivían de servirles tallarines a cuatro gatos locos cada fin de semana. La forma de las baldosas, los manteles a cuadros y los faroles me trasladaron a otro siglo. Nos metimos por un pasillo largo, como por un pasadizo que nos conduciría a otra dimensión o a un tiempo remoto, anterior incluso al que yo había percibido en el salón. El hombre apoyado contra la puerta del fondo nos miraba con soberbia, a la manera de un guardián. Y eso era en definitiva. No bien lo tuvimos enfrente, pasó por alto nuestro saludo y nos pidió la contraseña. Miguel se la dio.
—A este no lo conozco —dijo el tipo sin sacarme de encima la mirada.
—Yo avisé que vendría con un amigo —aclaró Miguel—. Es de confianza.
La puerta se abrió y aparecimos en un galpón iluminado por intensos reflectores. Un grupo de hombres se amontonaba en torno a un cuadrilátero de arena. Nunca hubiera imaginado que detrás de una cantina de campo fuera a encenderse, cada fin de semana, un ritual tan milenario como salvaje.
—¿Sabe de esto la policía? —le pregunté a Miguel.
—A vos qué te parece —dijo en un tono más de exclamación que de pregunta.
—No sé. ¿Y si cae esta noche?
—No seas ingenuo —hizo el gesto de frotar entre los dedos un billete imaginario—. Hay mucha plata en juego.
Nos unimos a la ronda y observamos el combate, que recién empezaba. Era el segundo en lo que iba de la noche. No habrá durado más de tres minutos. En apenas tres minutos, después de bambolearse en su agonía, uno de los gallos quedó tendido en la arena, el pescuezo manchado de rojo. Miguel me agarró del brazo y fuimos al fondo del galpón. Varias jaulas de alambre —algunas vacías, otras con un gallo adentro— abultaban una esquina. Me señaló una sobre la que estaba sentado un viejo de boina y alpargatas. Al vernos, el viejo se levantó y arrojó el pucho que tenía en la mano.
—¿Todo bien, Molina? —le preguntó Miguel.
—Bien, señor —el viejo Molina sacó del bolsillo unas chapitas que resultaron ser espolones de acero. Se dio vuelta y miró hacia la jaula sobre la que había estado sentado—. Acá está su guerrero, listo para dar batalla.
Miguel preguntó por su otro gallo, el Colorado.
—Recuperándose, señor. Mañana retoma el entrenamiento, capaz que lo tengamos en condiciones para el sábado que viene.
Detrás de nosotros, en torno al picadero, ya empezaba a gestarse otro combate, a juzgar por las apuestas lanzadas a viva voz. Miguel volvió a mirar la jaula de Relámpago. El gallo ni se movía, sereno en su cautiverio. En ese estado de aparente docilidad, no pasaba de ser un bicho del montón. Miguel lo liberó y, en cuclillas, cobijándolo entre las piernas, le acarició el lomo y le habló en un tono cariñoso, como a un hijo. Ahora que estaba fuera de la jaula pude apreciarlo en toda su belleza: una magnífica criatura negra y dorada, de aspecto desafiante.
Molina le colocó los espolones.
—Pensar que dentro de este cuerpo menudo —dijo Miguel contemplando a Relámpago— late nada menos que el alma del boxeador Villegas.
Sonreí, sin entender.
—¿Qué decís?
Algún dato conocía yo de José María Villegas. Oriundo de Mercedes, había ganado varios torneos a nivel nacional. Su nombre llegó a sonar como una gran promesa del boxeo. En una de las tantas noches de farra a la que Villegas estaba acostumbrado, lo tendieron de una puñalada. Ocurrió cuando salía de un cabaret de mala muerte, valga la ironía. La noticia salió en todos los diarios.
Un par de coincidencias, y la gente ya empieza a atar algunos cabos, a imaginar más de la cuenta, las especulaciones se transforman en certezas y de ahí ya no hay vuelta atrás, porque el mito no se razona ni se discute. Pero yo debía saber cómo era que un joven boxeador había quedado reducido a la talla de un gallo de riña, la fuerza de los puños concentrada en un pico duro y filoso.
No me fue fácil escarbar en el origen de este mito. Llego al punto menos verosímil del relato. Les pido, al menos, fe literaria.
Apenas días después de la muerte de Villegas, uno de los gallos de don Eugenio, habitante de Mercedes, escapó de su jaulón y destrozó a dos gallinas a picotazo limpio. Al comprobar la locura del animal, don Eugenio le encajó una patada y el bicho fue a parar al zanjón que bordeaba la calle. Anduvo maltrecho el gallo, hasta que cayó en manos de unos muchachos que pasaban por ahí. A diferencia de lo que podría esperarse de una patota de adolescentes, no se ensañaron con el animal, no le arrojaron piedras ni le arrancaron las plumas, sino que lo adoptaron y lo trataron de manera respetuosa, como a un dios venido a menos. Los tipos andaban con el corazón blando porque habían perdido a un amigo que era a su vez un ídolo del boxeo. A uno de ellos se le ocurrió ponerle de nombre Relámpago, apodo del amigo muerto.
La necesidad de contar con un ídolo en el pueblo, de mantenerlo vivo, era tan fuerte que aquel gallo de riña, agresivo por naturaleza, representaba de alguna manera las agallas del boxeador.
Conocer por qué caminos se desplazan las noticias es un misterio difícil de resolver. De una cosa estamos seguros: siempre viajan por la vía más veloz. Un pueblo, en particular, es un manojo de emociones, los rumores van y vienen de una punta a la otra en cuestión de minutos. Lo cierto es que entró a rodar la noticia de que aquel animal cobijaba en su magro cuerpo el alma de José María Villegas.
Lo que a nadie se le ocurrió era que podía pelear, es decir, seguir peleando desde su nueva fisonomía. En una especie de revelación, Miguel vio un negocio y más que eso. Debió desembolsar unos cuantos billetes para quedarse con el gallo. Los muchachos le asignaban un valor sentimental, pero al final, como se sabe, el dinero hace aflojar hasta al más tozudo.
Diez riñas componían el programa de la noche. Llegó el turno de Relámpago. Parado en medio del cuadrilátero, Molina lo sostuvo entre sus manos a la espera de un contrincante de igual peso y fortaleza. Dos hombres se le acercaron con sus gallos, pero no llegaron a concretar nada. Relámpago no había perdido nunca y eso complicaba el asunto. Nadie estaba dispuesto a sacrificar a su animal. Los acobardaría el invicto o la idea del alma reencarnada o ambas cosas.
Molina mantuvo una breve discusión con el dueño de un gallo de plumas cobrizas. Llegaron al acuerdo de colocarle a Relámpago los espolones en un ángulo menos ventajoso, cosa de que la pelea fuese lo más pareja posible, ya que el contrincante, si bien se mostraba aguerrido, tenía la pinta de un sobreviviente, aparte de que pesaba un cachito menos.
Se ultimaron las apuestas. A la señal del gordo que oficiaba de juez, los gallos saltaron a la arena del picadero desde las manos de sus entrenadores. Solo al principio se movieron con cautela, uno frente al otro, haciendo gestos similares, como un único gallo frente a un espejo. Después, la pelea devino en un enredo de plumas, cloqueos, picotazos. No había modo de seguirla, a diferencia del boxeo, más claro y contundente. La gente gesticulaba bajo un silencio de hechizo, parecían repetir los movimientos de los animales. Puede resultar extraño, pero al buen aficionado le gusta ver la riña en silencio, olvidándose por un rato del dinero de la apuesta. Los gallos se separaron; alguien los azuzó y volvieron a enfrentarse. Un picotazo profundo, y el cobrizo no se movió más.
El dueño del cobrizo masticó una puteada, levantó el cuerpito inerte y lo revoleó contra la pared, como a un trapo sucio. Miguel cobró lo suyo y sacó a Relámpago del campo de batalla. La atención de la gente ya se concentraba en los preparativos de la siguiente riña, como si vivieran en un eterno presente.
—¿Te convenciste, Dani? —dijo Miguel—. ¡Es Villegas!
No le contesté. El viejo Molina revisó a Relámpago y le hizo algunas curaciones antes de meterlo en la jaula. Miguel se frotó las manos.
—Suficiente por esta noche—dijo—, mejor no exponerlo mucho.
Miguel se sentía a gusto entre el fervor de toda esa gente. Había caído en un entorno más elemental, lejos de las fichas de colores, la música de moda, las copas de champaña. Pero en definitiva era lo mismo, otra manera de llenar sus noches para no pensar en su soledad.
El último combate terminó poco antes de la medianoche. A punto de abandonar el galpón, Miguel se detuvo a mirar un gallo muerto. Era el cobrizo que había despanzurrado Relámpago y que luego fue a dar contra la pared. Ahí, en la pared, a metro y medio por encima del animal, había quedado un garabato oscuro, un sello de sangre.
—Qué lindo para el puchero —dijo Miguel, agachándose—. Si tuviera una bolsa…
Molina apoyó por unos segundos la jaula de Relámpago en el suelo y sonrió.
—Dejate de joder, Miguel —dije—. Salgamos.
Y salimos.
A los pocos días tuve un sueño que había empezado a germinar en sueños anteriores, en noches prematuras que me mostraron plumas cayendo del cielo raso y también gallos paseándose por toda la casa. En el sueño en cuestión, Miguel estaba sentado al extremo de una mesa circular sobre la que se desplazaba Relámpago. Yo los miraba desde la puerta del lugar, una habitación honda y espaciosa. El gallo graznó igual que un cuervo. Miguel, extrañado, lo atrajo hacia él y se puso a examinarlo. “Está ciego”, dijo. En efecto, el gallo tenía las cuencas de los ojos vacías. De pronto la bestia lanzó un picotazo sobre la cara de mi amigo. Miguel se levantó y se tambaleó hasta donde yo estaba. Entre los dedos con los que se tapaba la herida le brotaba un hilo de sangre. Desperté con el pelo pegado a las sienes, las sábanas mojadas por el sudor, la luz matinal entrando por las rendijas de la persiana.
A la semana volvimos a adentrarnos en ese mundo clandestino, ritual donde las bestias se baten a muerte o hasta que una de las dos sale corriendo por la puertita que permanece abierta en un ángulo del cuadrilátero. Había mucha gente ese sábado, más que la vez pasada. Me sorprendió ver tantos jóvenes. Molina nos estaba esperando con Relámpago y el Colorado.
—¿Cómo están mis criaturas? —preguntó Miguel.
—Bien, señor. Por ahí andan un par de gallos tuertos, así que el Colo ya tiene rival.
—¿Tuertos? —quise saber, y me acordé del sueño.
—Le falta un ojo al Colorado —me explicó Molina—. Un tuerto solo puede batirse con otro tuerto, son las reglas del juego.
El Colorado saltó a la arena. Su rival era un viejo gallo de riña lleno de cicatrices pero en carrera todavía. La pelea se me hizo larga, interminable. El Colorado llegó mal herido al entretiempo. Al reanudarse la pelea, le bastó al otro unos segundos para despacharlo. Quiero decir con esto que el Colorado no se levantó más. Miguel no se quejó: permaneció callado, la mirada fría, aunque yo sabía que su procesión iba por dentro. Fue entonces cuando me anunció su futuro. Me dijo que con la plata que ganaría esa noche viajaría al Noroeste para hacer pelear a Relámpago en regiones de grandes aficionados a las riñas.
Después de descartar a cuatro o cinco, Miguel encontró al adversario de Relámpago. Se trataba de un gallo apodado Kaiser. Ambos tenían igual peso, muy buena preparación, un pasado breve y glorioso. También físicamente se parecían bastante: guerreros de formas magras y estilizadas, plumaje brillante y patas robustas. Supe que la cosa iba a ponerse interesante, y cuanto más interesante, más fuertes las apuestas. Lo confirmé cuando entraron en el picadero. Se midieron con la mirada, subiendo y bajando la cabeza al mismo tiempo, como en una danza extraña. Relámpago batió las alas y le asestó al contrario dos o tres picotazos en la cabeza. No fueron golpes decisivos, ya que el Kaiser, como si de pronto se hubiera despabilado, saltó sobre Relámpago y le ensartó un puazo en el ojo. Hasta ahí pude seguir el duelo sin problemas, después todo fue un poco caótico. En realidad, mantuve los ojos cerrados un buen rato. Cuando volví a espiar, noté que los dos sangraban y habían perdido fuerzas.
En el entretiempo, Miguel lo vio tan mal a su gallo, que se metió en la boca la cabeza del animal y sopló en un intento por reanimarlo. No creí que ese arranque desesperado fuese a resultar, pero Relámpago pareció revivir. Al armarse de nuevo el combate, los bichos se confundieron en un amasijo de plumas, garras y picos. Sacando fuerzas de flaqueza, como suele decirse, el Kaiser le asestó su estocada más feroz.
Relámpago quedó temblando, apenas podía respirar; tenía un ojo destrozado y le silbaba la garganta inundada de sangre. Hincado en la arena, Miguel lo acunó contra su pecho, y ya no supe si era un gallo lo que abrazaba, un boxeador o el final de un sueño.
© Daniel De Leo