Mientras no escribo… gozo exuberancias
(o este antro sólo para locos)

 

Adivinen:

La sensación es de aturdimiento, vértigo y palpitaciones. Un sudor simultáneo en todo el cuerpo, las señales del desmayo inminente. Es un deslizarse tan sutil, tan definitivo, que se lo puede apodar pequeña muerte.

—¡El orgasmo! —dirán— ¡El orgasmo!

Y es lógico. Son épocas en que el erotismo se bajó del arte y aporta a enervar el deseo por el deseo en los mercados globales más disímiles. Leyendo la genial El perfume de Patrick Süskind encontré una imagen precisa para describir el fenómeno:

 

Y todos se sentían reconocidos y cautivados por él en su lugar más sensible; había acertado su centro erótico. Era como si aquel hombre poseyera diez mil manos invisibles y hubiera posado cada una de ellas en el sexo de las diez mil personas que le rodeaban y se lo estuviera acariciando exactamente del modo que cada uno de ellos, hombre o mujer, deseaba con mayor fuerza en sus fantasías más íntimas.

 

En ese contexto, embriagados por el perfume omnipresente del deseo de curvas y labios rojos, de sudores y músculos, es difícil considerar que una admiración parecida al orgasmo se despierte ante la belleza artística.

Por eso es bueno traer al presente una vieja anécdota de un novelista francés de viaje por Florencia. Cito una reseña viajera de Claudia Dubkin (1):

 

Pasó todo un día admirando iglesias, museos y galerías de arte y se conmovió a cada paso con el derroche magnífico de cúpulas, frescos, estatuas y fachadas. Pero de pronto, al entrar en la majestuosa iglesia de Santa Croce, se sintió aturdido, con palpitaciones, vértigo, angustia y una sensación de ahogo que lo obligó a salir para tomar aire. El médico que lo revisó le diagnosticó “sobredosis de belleza” y desde entonces ese síntoma se conoce como “Síndrome de Stendhal”.

 

Pero no hace falta viajar a la capital de Toscana para abandonarse a la sobredosis de belleza. Para el que sabe mirar, para el que sabe oír, pequeños cuadros clínicos de Stendhal pueden brotar en cualquier parte, a todo momento.

No es para cualquiera descubrir un atardecer sublime en la atestada Buenos Aires a horas pico. No es para cualquiera emocionarse hasta —casi— las lágrimas por una toma absurda en una película de los hermanos Cohen. No es para cualquiera asomarse al infinito en la grandeza de una ópera.

Justo encima del portal de La belleza hay un cartel que advierte:

 

Teatro mágico.

Entrada no para cualquiera.

No para cualquiera.

 

¡Sólo... para... lo... cos!

 

Lo mismo que lee cierto personaje que se siente un completo lobo estepario en la novela de Hesse. Y el personaje duda, tal vez se crea cualquier cosa menos loco. Sin embargo, como los locos, puede que ande solo, a rastras con su visión de la vida, o peor: acompañado pero incomprendido.

En ese deambular triste recuerda momentos que lo salvan de la chatura. En la boca de Harry Haller, Hesse describe el alma del síndrome:

 

Tocaban una antigua música magnífica. Entonces, entre dos compases de un pasaje pianístico tocado por oboes, se me había vuelto a abrir de repente la puerta del más allá, había cruzado los cielos y vi a Dios en su tarea, sufrí dolores bienaventurados, y ya no había de oponer resistencia a nada en el mundo, ni de temer en el mundo a nada ya, había de afirmarlo todo y de entregar a todo mi corazón. No duró mucho tiempo, acaso un cuarto de hora; volvió en sueños aquella noche, y desde entonces, a través de los días de tristeza, surgía radiante alguna que otra vez de un modo furtivo; lo veía a veces cruzar claramente por mi vida durante algunos minutos, como una huella de oro, divina, envuelta casi siempre profundamente en cieno y en polvo, brillar luego otra vez con chispas de oro, pareciendo que no había de perderse ya nunca, y, sin embargo, perdida pronto de nuevo en los profundos abismos.

 

Haller no comparte las diversiones en masa, los bares y su música alienante, los espejitos coloridos de oferta en las grandes ciudades. Piensa “entonces es verdad que estoy loco”. Y se adelanta unos cien años, acaso un milenio, a lo que podríamos decir hoy mismo, con tantas arquitecturas, tantos negocios, tanta política y tantos hombres de por medio:

 

¡Ah, es difícil encontrar esa huella de Dios en medio de esta vida que llevamos, en medio de este siglo tan contestadizo, tan burgués, tan falto de espiritualidad, a la vista de estas arquitecturas, de estos negocios, de esta política, de estos hombres!

 

Y no sólo un personaje de ficción es capaz de representarnos la grata exhuberancia del arte. Oscar Wilde, en uno de sus diálogos críticos, también se refiere a la música como puerta de entrada (sólo para locos, sólo para locos):

 

A veces, cuando oigo a Tannhäuser, me parece realmente ver al apuesto caballero hollar con pie ligero el césped tachonado de flores, y oír la voz de Venus llamándole desde la gruta en las colinas. Pero, otras veces, la misma música me habla de mil cosas diferentes, de mí mismo, quizás, y de mi propia vida, o de las vidas de aquellos que hemos amado y nos cansamos luego de amar, o de las pasiones que el hombre ha conocido o de las pasiones que el hombre ignora y busca, por tanto, sin cesar.

 

Muchos prefieren que hablen de la propia vida únicamente con el tono inoculado de los libros de autoayuda. Una de esas fábricas de eufemismos que le hubiesen diagnosticado al pobre de Stendhal un nada romántico “ataque de pánico”. Para ellos existe también una salida (¿sólo para cuerdos?) cuya clave también encontré a la vuelta de página en Wilde:

 

Ser bueno, con arreglo al patrón corriente de bondad, es indudablemente cosa facilísima. Con cierta dosis de terror absurdo, cierta falta de pensamiento imaginativo y cierta baja pasión por la respetabilidad burguesa, basta y sobra para ello.

 

Basta muñirse de una buena ceguera axiológica para evitar mayores sobresaltos. Se pierde el placer por las grandes obras, claro, y a cambio se obtiene un buen sucedáneo de un mundo feliz, uno en el que jamás ocurre nada malo.

Pero en ese mundo, de seguro, no habrá ideas. Ideas peligrosas, capaces de lograr que el alma transforme simples elementos en una experiencia de sensibilidad más fina, o en pensamientos incluso capaces de herirla.

Finalmente, y como no sólo del alma vive el hombre, para volver  al tema que nos ocupa vuelvo a citar a Oscar:

 

En suma, la Estética es con respecto a la Ética, en la esfera de la civilización conciente, lo que, en la esfera del mundo exterior es la selección sexual con respecto a la selección natural. La Ética, como la selección natural, hacen la vida posible. La Estética, como la selección sexual, hacen la vida amable y maravillosa, llenándola de formas nuevas y dándole progreso, variedad y mudanza.

 

De la mano de esta —ahora sí— vida amable, declaro mi selección a favor de los momentos de los Hesse, o los Süskind, o los Wilde. Sugiero despreciar el toqueteo zalamero y tenaz de los mercaderes, y sólo dejarnos tocar en la intimidad de las caricias altas, susceptibles.

Luego, me reservo una mesita en este antro sólo para locos que es el goce de la belleza.

Hay lugar para todos.

 

 

 

(1)  De www.clarin.com

 

 

luiscattenazzi@revistaaxolotl.com.ar

 

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© Revista Axolotl, Número 16