Mientras no escribo… percibo canelas
(o asomos de infinito)

 

 

Luego, abandona todo recaudo y siente la atracción imposible del sarcófago. La curiosidad, el pecado original del hombre. Toca esa tapa cerrada que lo ha esperado cuatro mil años a él. Quizás hasta lo gana la fascinación por respirar el aire que encierra, siquiera el vaho muerto de aquella jungla que supo ser el desierto del Sahara.

 

El arqueólogo se enfrenta al vértigo de un descubrimiento. Algo buscado por siglos. Siente la taquicardia, le transpiran las manos... ¿qué es lo que lo conmueve tanto?

En la era de la competencia podríamos pensar que simplemente ha logrado su objetivo, que se trata del vértigo efímero del éxito. Pero prefiero pensar algo distinto.

En la película Moebius un protagonista sentencia: “Nadie puede enfrentarse al infinito sin sentir vértigo”. Y hay asomos de infinito en abrir un sarcófago, en desenrollar viejos papiros, en sopesar un jarro que ayer nomás usaban en Pompeya poco antes del cataclismo.

Por un instante se establece un puente de oro: en el descubridor reviven los hombres que fueron la estirpe del objeto. Por fin el embalsamador ha logrado trascender al polvo, el escriba ha legado su mensaje.

 

Ahora es el lector quien se enfrenta al vértigo de un descubrimiento. Hay un libro no leído en la biblioteca (la propia desconocida, o la ajena que parece aguardarlo). Se sienta en un sillón de terciopelo verde, de espaldas a la puerta para evitar cualquier interrupción.

Abre el libro.

Igual que ese lector sopeso yo el encuadernado. Ojeo la contratapa exigua, los datos del editor. Alguna vez leí que las páginas viejas, bien cuidadas, van adquiriendo el olor de la canela. Un perfume de cortezas ásperas.

Si el libro es bueno, si me gana la ilusión novelesca y me pierdo en las horas hasta la página última, entonces, por un instante, camino por el puente de oro. Puedo hasta creer que Stevenson o Verne, Maupassant o Borges siguen vivos. Pienso: “¡Cómo escribe este muchacho!”, olvido que ya no escribe hace unos cuantos años, o siglos (al menos no en este mundo, tal vez sí en un paraíso de máquinas de escribir imaginado por Asimov).

Parafraseo a Battista cuando digo que la genética ha sido mezquina con nosotros: nadie nace sabiendo La Divina Comedia. Entonces no nos queda más que buscar el puente que nos conecte con todos los hombres que fuimos antes. No hace falta recurrir al espiritista de turno, basta con abrir un libro donde Bioy juega en la isla de Wells, o un Adán Buenosayres que parafrasea a Joyce que a su vez nos embarca directo a la Odisea, o una cadencia de Shakespeare que haga eco —en el idioma de los bárbaros— de máscaras griegas.

Sin embargo, pronto respiramos realidad y el puente de oro se desdibuja en la bruma. El libro, portal a infinitas dimensiones, retorna a su angostura. Entonces, podemos pensar que no cabe tanto en tan poco, como cree cierto personaje de Bioy en La Obra, una de sus “Historias de amor”:

 

Casi todo el mundo comparte el afán por sobrevivir en obras, en hijos, de cualquier modo. Sin duda nos mueve un instinto y en ese punto al menos igualamos en inteligencia a dos insectos, la hormiga y la abeja, y a un roedor, el castor o castor fiber. Si reflexionáramos un minuto acerca de la inmortalidad deparada por libros, obras de arte, inventos, función pública, saborearíamos la amargura de quien se dejó atrapar en una estafa. Yo anhelo la inmortalidad de mi conciencia y no soy tan vanidoso para contentarme con sobrevivir en media docena de volúmenes alineados en un anaquel…

 

Esa media docena de pilares del puente que podemos llevarnos cualquier día de estos al sillón de terciopelo verde. Son sólo libros, ¿no es cierto? Sin embargo el personaje de Bioy —igual que nosotros, y acaso el propio Bioy— duda:

 

…, pero desde luego me aferro con uñas y dientes a esa inmortalidad de la media docena, mi robusto bastión contra los embates del tiempo, y no es menos verdad que me hago cruces, metafóricamente hablando, ante quienes día a día se afanan en trabajos que día a día se desvanecen.

 

Siguiendo la pista del libro objeto tropecé con una reflexión de Kawabata en su metaliterario Lo bello y lo triste. Resalta la belleza de los antiguos manuscritos japoneses, el cómo influyen en el lector las letras y el papel, el saber que se trata de una obra de siglos.

Pero también se entristece por esos viejos manuscritos, ya elementos de colección, ya víctimas fáciles del esnobismo que rebaja lo antiguo a modernos adornos.

Tal vez por eso Kawabata, en la voz de Oki Toshio, prefiere destacar la belleza de las letras que serán su media docena inmortal. Hay una responsabilidad en el legado, un cuidado en ese mínimo ladrillo que habremos de agregar al puente de oro.

 

Cuando se publicó su primer trabajo en una revista, él había quedado atónito ante la diferencia de efecto entre el manuscrito y la tinta impresa. Con el tiempo adquirió experiencia y comenzó a anticipar el efecto de sus palabras en la página de imprenta. No es que escribiera pensando en ello; nunca lo recordaba. Pero la brecha entre manuscrito y obra publicada comenzó a desaparecer. Había aprendido a escribir para que sus palabras se publicaran.

 

Y que en mil años nos exhume un amable lector, nos sople de encima las pelusas de los siglos y disfrute por nosotros el aroma sensual de la canela.

 

luiscattenazzi@revistaaxolotl.com.ar

 

 

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© Revista Axolotl, Número 15