Mientras no escribo… juego sustituciones
(o el mecanismo más antiguo del humor)

  

Sin embargo, ha habido corsarias: mujeres hábiles en la maniobra marinera, en el gobierno de tripulaciones bestiales y en la persecución y saqueo de naves de alto bordo.

Una de ellas fue Mary Read, que declaró una vez que la profesión de pirata no era para cualquiera, y que, para ejercerla con dignidad, era preciso ser un hombre de coraje, como ella.

Esta frase de absurdo coraje bucanero podría haber formado parte de alguna puesta en escena de los primeros Les Luthiers. Tal vez, se me ocurre, la vuelta gloriosa a España —a merced de los piratas— del conquistador Don Domingo Díaz de Carreras con sus carabelas plenas, luego de la negociación con los nativos, de montañas y montañas… de baratijas.

Incluso puedo imaginarlos, la cadencia de la narración con sus voces entonadas, algún acompañamiento musical con esos instrumentos trasnochados que causan risa sólo de verlos y cierto pavor cuando realmente suenan como instrumentos.

¿Pueden imaginarlo?

Bueno, olvídenlo. Resulta que, en realidad, Mary Read algo tiene que ver con “La viuda Ching, Pirata”, una de las travesuras de Borges en su Historia Universal de la Infamia.

Y no hay fina ironía borgeana en el párrafo simpático que cito. Simplemente hay un reemplazo inesperado, donde uno buscaba una cosa, de pronto ha encontrado otra distinta. Señores, con ustedes: la sustitución, el mecanismo más antiguo del humor.

La idea no es mía, e ignoro su verdadero origen, pero llegó a mis oídos por primera vez una tarde de televisión (que sí, a veces educa). Me atrajo la cara de circunstancia del conocido Rowan Atkinson. Si no lo conocen seguramente pensarán que es un actor del estilo de Ewan McGregor o algún otro galancete escocés.

En cambio, si lo conocen, saben que hablo del actor que encarna a Mr. Bean, una de esas caras inglesas que vistas por primera vez se olvidan para siempre1, digno exponente de la belleza británica (o mejor llamarla flema) y, según algunos (irónicos o no según sean o no sus detractores), digno sucesor de grandes humoristas como Buster Keaton.

Creía estar viendo uno de sus sketch cuando descubrí que se trataba de un documental acerca del humor. Lamentablemente al día de hoy ha sido imposible volverlo a ver (eso sí sucede en la televisión cuando realmente nos interesa algo) así que sólo me baso en mis recuerdos distorsionados por los años.

La idea que mejor conservo es la de la sustitución. Mr. Bean explicaba con ejemplos elocuentes el mecanismo. En particular, la sustitución más efectiva es sustituir una cosa por… nada. La desaparición súbita de algo que estamos viendo siempre nos causará gracia. Prueben si no de mantener la seriedad la próxima vez que alguien tropiece y de golpe se esfume de la visual. Ni siquiera hace falta ver lo destartalado del tropezón o ser uno de esos de los que disfruta con el mal ajeno, lo realmente gracioso es que alguien que estaba allí, de “golpe y porrazo” ya no está.

Esto tiene aplicaciones en la vida social además de reírnos de los hematomas de los demás. A los que nos gusta hacernos los simpáticos con los bebés, sabemos que hay una manera fácil de hacerlos reír. Basta “escondernos” detrás de una mano. Más nos escondemos más gracia causamos. El bebé necesariamente tiene que sospecharnos detrás de nuestra mano, pero por un momento nuestra mirada, la conexión, ha sido sustituida por nada.

Un bebé no entiende de ironías, no se ríe por que sí de las malas palabras (algunos adultos, afortunadamente, tampoco), no sabe leer, duerme demasiado para disfrutar a Dolina en la radio y le quedan años de inocencia antes de entender chistes políticos. Así y todo, un enorme adulto escondido detrás de cinco exiguos dedos le causan tanta gracia como sendas cosquillas en el ombligo.

Me gusta pensar que ese mecanismo fue forjado en los primeros tiempos del ser humano, hace quinientos mil años como aventura Vicente Battista: “Ya había división del trabajo entre hombres y mujeres. Hacía poco habían hallado el fuego, que era razón para reunirse en torno a él. Todos alguna vez nos reunimos en círculo alrededor del fuego. Luego vino la televisión, y fue el semicírculo2. Ensayo una respuesta para aquel que se pregunta cuándo ocurrió la primera risa, madre de las que nos diferencian del resto de los seres sobre la Tierra:

El primer narrador a la orilla de la hoguera se quedó sin historias —o bellas mentiras— para distraer a sus compañeros de caverna, ideó cacerías absurdas. Sustituyó una presa cierta por alguna bestia de carne magra o algún otro animal fuera de lugar (acaso porque en aquel entonces no se acostumbraba cargar con una suegra).

Pero llegó el día en que el ingenio bromista del narrador se agotó. Entonces fue que se le ocurrió utilizar una sustitución, pero en otro sentido. Donde había la presa ahora improvisó una bestia invencible, un monstruo. Con el mismo mecanismo logró convertir la risa en una mueca de horror.

El bebé se ríe en tanto aparecemos una y otra vez por detrás de nuestra mano. Para hacerlo llorar nos basta con escondernos un tiempo más largo, hasta que su paciencia se agota, y se pierde el encanto, y sobreviene el miedo ante la ausencia de lo conocido.

Esa es la delgada línea que divide el humor del horror, por eso algunas comedias románticas nos provocan espanto y otras muchas películas de terror nos hacen llorar de la risa, tanto que en su género aparte se clasifican sin tapujos de la clase B a la Z.

La literatura no cuenta con ese margen, los libros de clase Z no arrastran clubes de fans, y nadie en su sano juicio acepta que en un Corin Tellado se descuelguen vampiros de las azoteas, por más galantes que puedan parecerle al ama de casa.

Por eso la sustitución debe ser manejada con cuidado, en las dosis justas, como todo recurso del alquimista sabio. La pericia del narrador determinará si se busca causar gracia o inquietar. Sin olvidar a Wilde (que, según Borges, usaba siempre la sustitución como mecanismo ingenioso para hacer humor con lo obvio3): “El arte es la única cosa seria del mundo. Y el artista es la única persona que nunca es seria”.

Finalmente, y como reaseguro por si el sentido último de esa nota se ha diluido entre tanta digresión, quiero cometer el capricho de citar a un autor que algo sabe de este asunto. Los remito al texto original de Fernando Sorrentino: Informe del Seminario de Crítica Literaria «Texto, Contexto, Pretexto», del Grupo de Semiología Trinchera Popular, dirigido por la licenciada Obdulia Trabucchini. Pero cito aquí una reflexión que bien vale como corolario para una nota de humor (incluso para cualquier otra nota de humor):

 

Relexicados los tres sememas, podemos intentar el rescate semantémico de conjunto en un solo mensaje antimovilizador:
La clase dominante = [Racing capo].
no permite que se expresen las ideas cuestionadoras = [Boca puto].
de la instancia revolucionaria = [Rojo botón].

 

Aquí termina (provisionalmente) este trabajo de campo de nuestro seminario, que tuvo lugar desde el 1º de abril hasta el 30 de junio: fueron tres meses de apasionantes discusiones en su seno, que concluyeron muy fructíferamente con el desciframiento de estas tres frases terriblemente reaccionarias:

 

Racing capo, Boca puto, Rojo botón.

 


1 y 3: parafraseo palabras de Borges acerca de Wilde en una entrevista que le hiciera Roberto Alifano.
2: Vicente Battista, en un ejercicio de imaginación, evocó cómo pudiera haber sido el inicio del género cuento durante el seminario “Los narradores tienen la palabra”, que reunió a los jurados de cuento del Premio Casa de las Américas 2006. Parafraseando su propio microcuento “Nacimiento”, publicado en revista Noticias, año XXI, N 1130, 22/8/98; recogido en la antología "En frasco chico" (Ediciones Colihue, 2004).

 

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© Revista Axolotl, Número 14