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Mientras no escribo… reviso mitologías (o de dudosa raíz helénica)
Hace unos cuantos años, la empresa de subterráneos de Buenos Aires lanzó una campaña publicitaria muy llamativa. El concepto era explicar cada uno de los aciertos de su servicio personificándolos en seres mitológicos ad hoc. A cada uno le correspondía un gran cartel en vía pública: representado con un dibujo estilo comic-épico más una leyenda con su nombre y una breve reseña de sus atributos. Vale como ejemplo un musculoso atleta de las profundidades encargado de despachar, puntualmente, las formaciones desde su caverna al laberinto de túneles. Tanto el concepto original de la campaña como su formato y las ilustraciones eran intachables. Lástima que, a los ojos de los usuarios, esta mitología de virtudes no se correspondía en absoluto con el servicio real. De modo que pronto surgió la réplica de la inventiva popular con una serie de personajes mitológicos hechos a imagen y semejanza del público usuario. De ellos sólo recuerdo a la criatura que representaba al oficinista obligado a usar el tren en horas pico. Se trata de un ser que viaja apretado en sus propios jugos como una sardina. De allí su nombre, de dudosa raíz helénica: El Minosardo. Con ese mismo espíritu, y atendiendo a la atmósfera mitológica de este número, intentaré un esbozo de seres fantásticos que en el imaginario colectivo aparecen relacionados con el arte —también fantástico— de escribir.
Historión: es uno, pero muestra múltiples caras. Se le presenta al escritor en los más variados escenarios y lo encuentra, por lo general, con la guardia baja. Es aquel que con el aspecto de un familiar o un amigo se le acerca al escritor y sotto voce lanza su lema: “tengo una anécdota ideal para que escribas un cuento”. Luego narra la anécdota prometida y vuelve a insistir: “ideal para un cuento de los tuyos, ¿no?”. Buena o mala, la anécdota así ofrecida no es atractiva para el escritor, él prefiere descubrir las historias de soslayo, ser un voyeur de realidades ajenas. Sin embargo, se sentirá obligado a intentar algo con la anécdota ofrecida. Afortunadamente para el escritor, Historión es de esos que no son de leer y pronto olvidará el anhelo de ver rescrita su historia en letra de molde. Al fin y al cabo, sabe que nadie puede contarla mejor que él.
Bohemia: se cree que esta ninfa acompaña a cada escritor, y en especial a los poetas. Es la que desarregla los peinados, la que aconseja en murmullos cómo vestirse al descuido con precisión. Y no sólo se cree en su compañía, es normal que se piense que donde está Bohemia está el talento. La regla recíproca no se ha comprobado aún, pero ante la duda muchos se disfrazan de Bohemia y consideran que con eso basta para invocar el talento.
Espontánea: hermana melliza de Bohemia, a veces la ayuda en cuestiones de vestuario de poetas y narradores. Pero su verdadera huella se lee en las páginas de sus protegidos. Todos los escritores la invocan, y son muchos los incautos que confían en ella ciegamente. Se la suele confundir con Bohemia y se mezclan sus virtudes, donde está ella, se cree, es porque hay talento. Entonces se repite la ecuación, y son varios los que aceptan que no hace falta talento ni trabajo si Espontánea los asiste.
Súfride: es el ente que habita en la sombra de cada escritor. Es el signo de la desgracia que los persigue. Todo el mundo sabe que los escritores deben ir acompañados siempre de Súfride. De otra manera no se conciben las calamidades que debe sufrir un escritor para componer sus obras. Súfride los hace taciturnos, los lleva a vidas grises al borde del abismo, los margina del mundo. Así, se explica la gente, es que pueden escribirse las grandes obras. Por supuesto nadie cree que los autores sean en realidad meros ilusionistas, amplificadores de una experiencia colectiva. Partiendo de un miedo de la niñez más tierna el escritor puede prefigurar el horror de las trincheras. El que cree en la influencia ineludible de Súfride negará con vehemencia la siguiente posibilidad: Lo que para el kioskero de la esquina es un ataque de celos, para Sábato es “El túnel”.
Y la enumeración podría seguir adentrándose en bestiarios más oscuros. Pero hay un riesgo, y es que los buenos lectores desconfíen sanamente de estos seres, que los crea parásitos del arte. Esos lectores no dudan: las verdaderas obras de arte son aquellas que derrumban los mitos.
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© Revista Axolotl, Número 12 |