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Mientras no escribo… exploro el deja vù (o “he estado antes aquí”)
Un hombre se mezcla entre la gente en el mercado callejero. Los árabes no paran de regatear a voz en cuello. Él se mantiene ajeno a los mercaderes, camina y observa. A la entrada de un callejón estrecho le llama la atención la postura ausente de un anciano. Se acerca y se pone de cuclillas ante el viejo. Ve que está ciego, los ojos como piedras turbias en las cuencas arrugadas de la cara. Sin embargo el viejo nota enseguida la presencia del extraño y sin aviso se suelta a contar su historia. Al fondo de ese mismo callejón, cientos de años atrás, una secta terrible perpetraba los más fantásticos sacrificios humanos. El anciano le describe en detalle esos ritos antiguos y salvajes. Y calla súbitamente. El hombre oye arengas en las sombras, pasos urgentes, un grito desesperado. Se acercan. Se acercan. Él se pone a salvo justo a tiempo: una turba, una procesión demencial, surge desde del fondo del callejón. Desde el fondo del tiempo.
Igual que el hombre del mercado, alguna vez me tocó mezclarme entre las tentaciones voz en cuello de las páginas de un libro nuevo, un cuento que alguien me había recomendado, alguna copia recibida por casualidad. Igual que el hombre del mercado, cuando surge la historia desde el fondo de las páginas, tengo la sensación de conocerla de antemano. Como si un viejecito a la entrada del callejón me hubiese adelantado alguna clave. Y que la historia ocurre en ese instante, viva. “He estado antes aquí”, pienso entonces. Lo sentí por primera vez cuando me atreví a asomarme a Borges. Me dejé arrastrar a cada cuento por la sorpresa y el deleite, pero siempre, incluso ahora, respiro el fino vapor del deja vú. Ante uno de esos cuentos que acaba de mostrarme un otro universo no hay una revelación, la sensación es de reencuentro. Esas páginas, qué duda cabe, me han estado esperando. No me sucede lo mismo con ningún otro autor. Aunque hay variantes por el estilo: identificarme con algún sórdido personaje, o envidiar esas historias que “querría haber escrito uno”. Pero únicamente con Borges siento que sigo un camino que marcan las iniciales JLB, como aquellas otras que guiaban a los personajes de Verne en su viaje al centro de la Tierra. A veces puedo pensar que estoy del lado malo del túnel. Así como el personaje de Sábato se arrastra entre las sombras y atrás del vidrio brilla la vida del resto del mundo. O puedo mirar con recelo a ese ciego que vende hilo y agujas en la estación Catedral del subterráneo. Otras veces, vuelvo a un viejo amor: la ciencia ficción. Y descubro una y otra vez que Phillip K. Dick no nos ha dejado ni un solo argumento virgen. Cualquier cosa que puedas escribir entre los quince y los veinte acerca de ciencia ficción posiblemente resulte una reescritura de Dick. Y si uno logra dar con una buena historia posiblemente ya la haya escrito Bradbury con mejor prosa. Valgan estos ejemplos elocuentes de identificación y vieja sana envidia (será que ahora me dedico a otros géneros, querido Ray…).
Finalmente, si busco explicación al gozoso deja vù que me produce Borges sólo puedo esbozar una teoría digna de algún profesor loco alla Welles. Antes de leer a Borges uno posiblemente ya ha leído a varios autores argentinos más o menos contemporáneos. En todos ellos, hasta en los que reniegan de él, creo que hay Borges. Hay cadencias y palabras, citas involuntarias, homenajes. ¡Hasta en Roberto Arlt a veces creo ver un guiño a Borges antes de Borges! Así las cosas, me gusta pensar que en nuestro ADN literario llevamos una herencia de los dones. Borges fue una manifestación superlativa, pero sería genial que además de las aburridas siglas del genoma, corran por nuestra sangre algunas J, algunas L, algunas B…
Nota del autor: La historia que encabeza esta columna es una reescritura propia de un argumento que leí alguna vez. Suponiéndolo de Borges lo busqué en sus Obras Completas, pero fue en vano. De todos modos, así como Borges gustaba de citar libros jamás escritos, yo me tomo la libertad de parafrasear un cuento que acaso Borges jamás escribió.
luiscattenazzi@revistaaxolotl.com.ar
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© Revista Axolotl, Número 11 |